Carta para un amigo

Las Pampas, octubre del 2025
Jacobo Ramirez Mays

Ewer, recordado amigo:
Hace rato quería escribirte, pero ya tú sabes cómo es esto de andar mostrenqueando, haciendo mil cosas y dejando nostalgias por ahí. Pero hoy me siento con calma y con ganas de decirte cosas que uno no siempre dice: por pudor, por costumbre o porque los silencios también se vuelven hábito.


Te escribo porque te aprecio, carajo, y eso hay que decirlo mientras uno puede, mientras se puede abrazar sin tocar, y brindar, aunque sea con palabras. Porque tú, Ewer, eres más que ese profe de filosofía que todos respetan en la Universidad Hermilio Valdizán. Eres de esos hombres con mirada honda, de los que escuchan más de lo que dicen, y cuando dicen, hermano, se siente que hay pensamiento y corazón.


A veces te he visto —no lo sabes— medio solo, como en pausa, como buscando algo en el fondo del vaso o en el último humo del cigarro ajeno. Y me da pena, pero también te entiendo. Porque quienes piensan tanto, a veces cargan demasiado, y tú piensas mucho, y la cabeza pesa, sobre todo cuando también el alma se pone filosófica y no hay respuesta que calme.


Me gusta imaginarte rector algún día. No por el título, no por el escritorio ni las corbatas (que a ti poco te importan), sino porque sé que harías de ese cargo un lugar digno, humano, necesario. Porque los buenos no deben quedarse solo en las aulas: también tienen que llegar a las alturas, aunque no les guste el vértigo del poder. Y tú, con un wiskycito entre manos y ese pensamiento claro y decente, podrías ser el rector que escuche, que mire a los estudiantes a los ojos, que le devuelva a la universidad un poquito de alma.


Ewer, amigo, no estás solo. Yo te tengo aprecio de verdad, no solo por lo que eres como académico, sino por lo que eres como tipo, como pata, como hombre que a veces duda, a veces calla, pero nunca traiciona y eso, en este mundo de máscaras y carreras por trepar, vale oro.


Brindemos, aunque sea desde lejos, por la amistad, por la filosofía, por los silencios que compartimos sin palabras y por ese futuro donde, quizá, tú estés sentado en la rectoría, con la misma sencillez con la que ahora te tomas un trago en la soledad de una noche cualquiera.


Te abrazo, Ewer, desde lo más hondo, con respeto y con la risa cómplice del apóstata que igual cree en sus amigos. Con todo, tu amigo,

El Apóstata.