Por Arlindo Luciano Guillermo
Estimado Mario:
Le escribe un obstinado lector. Usted es inmortal para la literatura, sus libros le dan esa garantía. Aquí en Huánuco vive Samuel Cárdich. Su poesía, cuentos y novelas lo impresionarían, provocarían asombro y gusto estéticos. No es santo de su devoción, pero reconoce su vocación, trascendencia y calidad literaria. Le dije que cuando muera no voy a escribir nada sobre él, ya se lo dije todo en vida; solo lloraré su ausencia. Lo mismo le digo a usted. Estoy a la espera de su última novela: Le dedico mi silencio. ¿A quién dedica “su silencio”? ¿Silencio es complicidad o indiferencia? Ese pronombre “le” es respeto; no dice “te”. Los novelistas usan artificios para complicar la vida a los lectores y provocar curiosidad de críticos literarios. La novela Los genios de Jaime Bayly cuenta el puñetazo (solo usted sabe por qué) a su amigo y compadre Gabo. No merecían una novela así. Siempre estoy pendiente de sus textos periodístico en El Comercio y El País. Vivo en Huánuco donde sucede un pasaje de su novela Lituma en los Andes. Mi padre sabía de la casa verde en Piura. Era un curtido camionero que viajaba por esos lares del norte. Cuando le conté de La casa verde me dijo que conocía ese prostíbulo en el arenal.
¿Cómo escribió novelas notables, portentosas, totales, de gran cobertura social e histórica como Todas las sangres, La violencia del tiempo, País de Jauja o La huida del inca? Es talento, trabajo, disciplina, lectura, investigación y fabulación. Historia de un deicidio convirtió a Gabo en un dios creador. Grandes sus ensayos sobre Arguedas, Onetti, Tirante el Blanco, García Márquez, Víctor Hugo, Camus, Sartre, Pérez Galdós, Gustavo Flaubert. Dedicó tiempo y estudio a Flaubert. Escribió La orgía perpetua. La ciudad y los perros y La tía Julia y el escribidor son el traslado de la biografía a la ficción. Me causó gracia cuando Julia Urquidi publicó Lo que Varguitas no dijo. Yo conocí a Juan Manuel Ochoa, el Jaguar; estuvo en Huánuco. En la juventud fue comunista, epígono de Sartre, sus amigos le decían El Sartrecillo Valiente. En El pez en el agua nos hizo saber su frustración e indignación por las elecciones de 1990 y el 5 de abril de 1992. Compartí su enojo; además, su relación conflictiva con su padre. Antes de retirarse definitivamente de la literatura escribirá un ensayo sobre Sartre, filósofo y escritor francés que tanto lo fascinó y decepcionó.
Dos veces lo vi de cerca. En la Universidad de Lima lo escuché leyendo un capítulo de Cartas a un joven novelista: “La parábola de la solitaria. En la FIL 2019 logré estrecharle la mano derecha. Hola, Mario, le dije; usted me respondió, hola. Leí Los cachorros en el colegio. Quedé impresionado con la historia de amigos de barrio y colegio hasta la adultez y el mordisco en los testículos de Cuéllar por el perro Judas. Luis Mozombite, gran lector y crítico literario, cuando yo era estudiante universitario, me prestó Pantaleón y las visitadoras, novela de humor y crítica sobre la prestación sexual a las guarniciones de militares en la selva por prostitutas. Luego vinieron lecturas mayores. La guerra del fin del mundo fue una hazaña. Si va a dejar de escribir a sus 87 años, su legión de lectores y los que aprendieron a escribir novelas como usted, lo extrañaremos; nada dura para siempre, Mario.
Ahora que anuncia su retiro de la literatura, me afecta sinceramente. Desde La huida del inca (a los 15 años) hasta Le dedico mi silencio han trascurrido más de 70 años. Usted sí que ha dedicado su vida entera, aparte de ser hijo, padre y marido de Julia, Patricia e Isabel, a escribir novelas, periodismo, ensayo y teatro. Es disciplinado y riguroso y abnegado como Flaubert, a quien toma como modelo de escritor y vocación literaria, abstemio, investiga minuciosamente antes de escribir sus novelas. Me imagino indagando, leyendo fuentes escritas y recogiendo relatos orales para escribir Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo, Tiempos recios, La fiesta del Chivo, El sueño del celta o El paraíso en la otra esquina. De usted aprendieron los fabuladores literarios que una novela exige un narrador idóneo, historia sólida, capacidad de persuasión, estructura y el lenguaje pertinente. Leí sus novelas con el mismo interés que un pastor evangélico lee la Biblia antes del sermón. Festejé su otorgamiento del Premio Nobel, lo defiendo cuando lo critican por sus posiciones políticas, “me alegra” que no haya ganado las elecciones en 1990, admiro su sinceridad política y ese deseo pertinaz por hacer apología por políticos de derecha. No soy liberal, coincido en que la democracia es participación de partidos políticos, vigencia de derechos civiles, legalidad, inversión privada, pluralidad ideológica, alternancia del poder; detesto las dictaduras y a líderes mesiánicos. Sus libros de periodismo son lecciones de lenguaje competente, argumentación, contextualización, lucidez ideología y contrastación de información. Ha escrito sobre la conflagración en Irak, el interminable conflicto entre Israel y Palestina, la invasión de Rusia a Ucrania como un corresponsal de guerra. Su posición ultraliberal e intelectual está clarísima en El llamado de la tribu y La civilización del espectáculo. Leí las 786 páginas de El fuego de la imaginación, paradigma de periodismo cultural. Reí a carcajadas con La chunga; Ojos bonitos, cuadros feos junta crítica de arte y homosexualismo sin repelerse.
Leí sus novelas con brutal interés, sin importar frío, precariedad económica, calor, hambre, sed y obsesión. Recuerdo que La ciudad y los perros fue prohibida en un colegio de monjas donde enseñé literatura. Dijeron que la Pies Dorados era un agravio contra la mujer. Una estudiante leyó a escondidas Los cuadernos de don Rigoberto. Muchas de sus novelas las compré en Quilca; ahora voy a Crisol y la FIL. Le cuento que perdí el ómnibus de Lima a Huánuco por leer concentradamente El hablador; no me desenganché de Mascarita. Si cumple su palabra, la última novela que leeré es Le dedico mi silencio; me voy a desvelar leyendo con café, libreta de apuntes y lápiz. Usted algún va a morir. Sus novelas van a sobrevivir al tiempo. Pasarán muchos años y seguiremos leyendo sus libros y recordando la frase del periodista Santiago Zavala, su alter ego: “En qué momento se había jodido el Perú”.
Descanse de escribir después de miles de páginas de ficciones y cientos de periodismo. Soy su lector incondicional, no su lacayo ni caricatura. Tengo pendiente la lectura de Un bárbaro en París. Cuánto me gustaría que visite Huánuco, ciudad con historia y tradición literaria. No es perfecto; lo sé. Me alienta la vida leer sus novelas, sus artículos periodísticos refuerzan mi espíritu y tolerancia democráticos. Sé que está feliz en la Academia Francesa. Nada está escrito en piedra, Mario.
Su lector que siempre lo admira.




