CARNAVAL CON BALDE Y VERGÜENZA

Jacobo Ramirez Mayz

En Huánuco el carnaval ya no es carnaval, es otra cosa. Es una procesión de arrechos con banda prestada, cerveza, agua sucia, pintura que contamina el ambiente y jóvenes distraídos. Ahora salen en mancha, pintarrajeados como si hubieran perdido una pelea, avanzan por las calles con paleteo criminal, tambor que suena como lata pateada y talco y agua que vuela como si estuvieran fumigando el barrio. Se meten agua entre ellos, manosean a quien se descuide y si ven una señora con cartera también le cae baldazo. Ya no respetan ni a las viejitas. Antes uno veía una abuelita y decía: «A ella no, chocherita». Ahora le meten agua hasta que se despinte su maquillaje y a algunas se les cae hasta el botox.
Recuerdo los carnavales que viví en el barrio de Huallayco, y lo digo con orgullo de chiuchi antiguo. Antes el carnaval tenía orden, tenía reina, tenía corso. Nosotros salíamos con baldes de agua limpia, agua decente, nada de esa mezcla sospechosa que ahora parece agua con resentimiento social. Caminábamos por las calles con elegancia de barrio, cantando, riendo, pero respetando, si alguien no jugaba, no se le tocaba, era una especie de código de honor carnavalesco.
Nuestra reina iba adelante, con su banda cruzada y sonrisa de domingo. No era influencer ni necesitaba filtros, era la más guapa del barrio y punto y nosotros atrás, cuidando que ningún desubicado le malograra la fiesta.
Eso sí, travesuras había, no éramos santos. Teníamos nuestras medias de nailon llenas de talco, las amarrábamos, hacíamos una bolita compacta y cuando una chica pasaba ¡zas! golpecito en la cabeza y quedaba envuelta en una nube blanca, oliendo a talco de varón, medio mareada y medio riéndose. Eso era coquetería, no estas barbaridades modernas donde confunden carnaval con excusa para desubicarse y pintar a las chicas desde las uñas hasta la puntita de sus cabellos.
El último día era el entierro de Don Calixto, ahí el barrio se unía y acompañábamos al muñeco con ropa vieja, sombrero torcido y barriga rellena con periódicos. Lo paseábamos como si fuera difunto ilustre, la banda tocaba marcha fúnebre desafinada y nosotros llorábamos de mentira, acompañando a las viudas del difunto falso.
Luego venía la lectura del testamento, ahí Don Calixto repartía sus bienes imaginarios: «Al alcalde le dejo mi escoba para que barra su conciencia, al juez mi reloj sin pilas para que llegue puntual alguna vez, al congresista visitante le dejo mi mapa del barrio, para que aprenda dónde queda el pueblo cuando no está en campaña, a la policía le dejo mi linterna sin foco, porque igual nunca ve nada cuando debe ver, al vecino chismoso le dejo mi ataúd con ventilador, para que se refresque mientras sigue escuchando lo que no le importa». La gente reía, pero también entendía el mensaje, era burla picante, crítica con gracia.
Una vez, durante la lectura del testamento una viejita del barrio, doña Mercedes, se reía tanto que empezó a toser. Se inclinó hacia adelante y ¡plop! los postizos salieron disparados como proyectil carnavalesco, cayeron justo en el ataúd de Don Calixto. Silencio de dos segundos y luego carcajadas, hasta la propia Mechi se reía sin dientes, señalando el ataúd como diciendo: «Ahí se los dejo si quieren mascar rucuchos».
Eso era carnaval: risa compartida, burla con cariño, agua limpia y memoria de barrio. Ahora veo esas hordas modernas avanzando por el centro de Huánuco, talco y pintura baratos y manos largas, y me da nostalgia. No porque fuéramos mejores personas sino porque antes había códigos, límites, respeto.
El carnaval no era guerra civil con balde, era juego, era barrio, era comunidad. Hoy parece competencia de quién moja más, quién grita más, quién desordena más. Se perdió el corso, la reina, el testamento, el entierro simbólico que cerraba el ciclo con risa y reflexión.
Yo me quedo con mi Huallayco antiguo, con balde de agua limpia, media con talco y carcajada sincera, con Don Calixto repartiendo miserias imaginarias y doña Mercedes dejando su dentadura como ofrenda final, porque el verdadero carnaval no es manoseo ni desmadre sin brújula, es memoria, nostalgia y esas cosas no se mojan tan fácilmente.
Las Pampas, 19 de febrero del 2026