Por Jacobo Ramirez Mayz
El doctor me dijo que debo caminar siquiera una hora diaria para que mi corazón funcione mejor. Como soy un hombre obediente, si no creen pregunten a mi esposa, hice lo que me dijo, y decidí hacerlo por el jirón Abtao. Comencé por el cementerio. Calles anchas, doble vía y, al centro, zona verde con árboles y abundante pashpa donde un niño juega con su padre. Dos señores corren por la vereda, no tiene nada que envidiar a alguna avenida capitalina. Recordé que alguien me dijo que el alcalde que hizo eso deseó hacerlo en todo ese jirón. Imagínense si eso hubiera sido así.
Sigo caminando, observando pequeños jardines con diferentes variedades de plantas. Les recuerdo mentalmente a sus madres a los choferes que tocan bocinazos. Cruzo, no tengo prisa, veo mi reloj, y constato que ya caminé 6 minutos. Sigo esa ruta recta. Los comercios tienen sus puertas abiertas. En mis tiempos, encontrar una de ellas en una cuadra era un milagro. De algo se tiene que vivir en esta ciudad en donde solo se mueven, por todas partes, los bajaj. Llego a las cinco esquinas, aguaito por uno y otro lado para cruzar. Lo hago shucapeando un huayno que recordé en ese momento. Pasan unas damas que, por su vestido, imagino que salen de algún gimnasio. Naturalmente, le agradezco al doctor que me haya recetado caminar.
Más adelante la vereda se hace menos ancha, hay casas que no sé si han crecido o han invadido parte de la acera por donde debemos caminar. Estoy para llegar a un pasaje, y me choco con una construcción nueva. El muro ha invadido casi cincuenta centímetros de la vereda y esta se ve como si hubiera sido bombardeada. Entonces me pregunto si el alcalde habrá autorizado esa invasión. ¿Quiénes estarán involucrados en ello? Seguro que ha corrido buena marmaja para que los responsables de supervisar esas construcciones se estén haciendo a los tuertos y no la quieran ver.
Sigo mi ruta, llevo 19 minutos haciéndolo. Camino renegando como esos viejitos cascarrabias y veo en la pista lo que queda de la ciclovía, esa megaobra de nuestro exalcalde por la cual tocó bombos y platillos. Pienso que ese alcalde no solo no hizo nada, sino que encima ensució nuestra ciudad y, seguramente como muchas autoridades, desaparecerá un tiempo para darse unas buenas vacaciones con la plata “ganada” durante su gestión. Paso por el hospital de contingencia de NoEssalud. Acelero el paso porque me pueden pedir los frascos que me dieron para llevar mis muestras de heces y orinas, y que hasta ahora no llevo. El caos vehicular es una vaina. Me pone los pelos en punta y comienzo a estresarme. Acelero el paso y un jovenzuelo camina lento delante de mí. Quiero pasarle por un lado y me cruza. Me doy cuenta de que está wasapeando. Pido a Diosito que un buzón esté abierto para que se meta ahí, o que pise las heces de los perros callejeros, que no faltan en ninguna calle.
Cuadras más adelante, me encuentro con muebles que invaden la vereda, incluso la pista, carros y motos estacionados en zonas rígidas, y uno que otro ambulante que me ofrecen sus productos. Acelero el paso, paso la Alameda de la República, llevo 45 minutos hasta el momento. Me cansé. Entro a un bar, pido una cerveza y, mientras calmo mi sed, me pregunto: «¿Qué estará pagando esta ciudad para estar de esa manera? ¿Tendrá autoridades o son solo adornos como la bolas de las árboles de Navidad? Y, si es que las hay, ¿tendrán lo que a este escriba le sobra entre las piernas? Claro que, si no lo tienen, estoy dispuesto a prestarles un par de mi racimo, a ver si así le dan solución a este anarquismo».
Las Pampas, 04 de mayo de 2023




