CALDO DE CULTIVO

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo 

Podrá haber reactivación económica que permita ingresos y consumo, pero la segunda ola del Covid-19 está a la vuelta de la esquina. No hay que ser sabio ni perito para advertir la inminencia de este riesgo fantasmal. La primera ola nos cogió con los pantalones abajo. Hoy, si bien, hay implementación de hospitales, aún con limitaciones logísticas y de personal, para atender pacientes infectados en UCI, sin embargo, en una segunda ola las consecuencias podrían ser catastróficas. ¿Habremos aprendido la lección? A veces el burro tiene que patear varias veces para aprender bien lo que tenemos que aprender. La muerte no otorga dos oportunidades para vivir; es una sola y acabó nuestra merecida o intrascendente existencia en la Tierra.

Cientos de ciudadanos hacen colas kilométricas en los bancos para cobrar o realizar alguna transacción financiera. Ahí se mandó al carajo el distanciamiento social. Entre uno y otro usuario hay menos de 20 centímetros, suficiente espacio para que el Covid-19 pueda ingresar victorioso al sistema respiratorio en el momento menos esperado. ¿Quién vigila o hace cumplir los 2 metros de distancia? Confiar en la responsabilidad social es una ilusión, excepto quienes valoramos la vida y respetamos las normas de bioseguridad.  Mientras esperan 6 o 7 horas, a veces bajo la lluvia, el viento y el calor sofocante, comen, chatean, conversan, duermen, bostezan, estornudan, beben refresco. Al final, la calle queda repleta de basura hasta que la municipalidad se dé cuenta del hecho y efectúe la limpieza respectiva. Ojo al piojo: ahí está el riesgo grande de contagio masivo. Claro, cuando eso suceda, la Diresa y Essalud tienen que atenderlos con lo que tienen. ¿Existe algún otro modo para que los beneficiarios de los programas sociales cobren el bono, que no sea haciendo cola en los bancos? Algunos pernoctan haciendo cola desde el día anterior. En algunas tiendas comerciales, el letrero de aforo es una calcomanía de carnaval o campaña electoral.    

El Covid-19 tiene perfecto caldo de cultivo en la irresponsabilidad social de los ciudadanos, ni qué decir de la indisciplina. El contagio es directamente proporcional a la carencia de responsabilidad y disciplina sociales. Hacer reuniones de cumpleaños, piñatas, polladas furtivas, “echarse unos tragos con féminas” clandestinamente, reencuentros caseros es, realmente, un despropósito mayúsculo, una muestra fehaciente de desgobierno emocional para tomar decisiones correctas. ¿Alguien ha muerto por dejar de festejar un cumpleaños con amigos, trago, comilona y pachanga? La vida es una sola, hay que cuidarla. Ya habrá mejores tiempos para hacer lo que queramos, con libertad y sin miedo. ¿La Navidad deja de ser tal, si dejamos de visitar a los familiares la noche del 24 o al día siguiente?  El 2021 tendremos tiempo suficiente para colgar fotos en el Facebook. La vanidad, el consumismo feroz, la banalidad y el deseo de visualizarse tiene más poder que la prevención contra el Covid-19. Felizmente el director de la DRE, oportunamente, ha sido categórico y firme al decidir la suspensión total de las fiestas de graduación y promoción. ¿Quién controla el aforo? Al ingresar a una institución pública o privada o centro comercial te miden la temperatura y, a veces, rocían alcohol en las manos. Ahí termina el control. Si el aforo dice 40, cuántos están en el interior haciendo compras y pagando en caja. Hay casos en que no existe la señalización para el distanciamiento. Prevenir va a resultar siempre mejor que atender pacientes infectados, con el Covid-19, hospitalizados o en UCI.

En el Perú, los contagiados casi llegan al millón y más de 36 mil fallecidos por el Covid-19. Al 31 de diciembre, sin duda, estás cifras aumentarán. Una sociedad informal, con anomia social y viveza colectiva tiene que, necesariamente, pagar un alto costo por la irresponsabilidad e incumplimiento de los protocolos de bioseguridad.  

¿Y la vacuna cuándo?  Ojalá no sea después del millón y medio de contagiados y más de 50 mil muertos. Es decir, llegamos, como siempre, con el agua cuando el incendio ha devorado todo.  Estamos esperando que el rebrote sea exponencial e incontrolable, antes que prevenir y prohibir ferias navideñas donde es inminente la aglomeración y concentración masiva de compradores, a pesar de los controles y vigilancia. Un millón de contagiados es más que la población total de la región Huánuco o casi todo San Juan de Lurigancho en Lima.  Hago mía la precisión política de Augusto Álvarez Rodrich (La República, 19-12-2020): “Peor que todo el mal causado por la pandemia del Covid-19 es no haber sido capaces de obtener la vacuna, como expresión de irresponsabilidad política e incapacidad de gestión”. Los ciudadanos responsables debemos optar por el autoconfinamiento flexible, salir de casa solo para lo necesario, hasta que el Covid-19 deje de ser una amenaza diaria y un índice de mortalidad. Al viernes 18 de diciembre de 2020, 8:00, según la Diresa, en Huánuco hay 117 hospitalizados, 20 en UCI y 858 fallecidos. Por ahora, nos guste o no, debemos utilizar obligatoriamente la mascarilla que cubra nariz y boca, lavarse las manos, evitar visitas innecesarias y respetar el distanciamiento social. ¡Guerra avisada no mata gente!