Caimanes del mismo pozo

Caimanes del mismo pozo

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Puestos a considerar los sucesos políticos más “importantes” de las últimas semanas, y siendo el caso de que, para variar, en el Perú los tenemos siempre para dar y tomar, existe uno que, con todo, sigue siendo aun, hechas las sumas y las restas, aquel cuya consumación debería habernos llevado, tendría que llevarnos, a observar con sospecha, si no con malicia, las verdaderas razones que habrían estado detrás de su realización y, con ello, a considerar también con suspicacia las reales consecuencias que andando el tiempo habrán de implicar para todos, independientemente, claro está, de que hayamos estado a favor o en contra de lo sucedido. Recelo en modo alguno gratuito, sino a todas luces justificable, dada la ya proverbial mala índole de los involucrados en el asunto, nuestros señores congresistas de la República. Y es que resulta imposible no caer en la cuenta de que es solo cuestión de tiempo para que comiencen a salir a la luz las componendas, los chanchullos, los contubernios, que fueron los que finalmente consiguieron lo impensable: que se eligiera al tristemente célebre escudero de los Humala, al voluntarioso exabogado de Vladimir Cerrón, al cuestionado excongresista Josué Gutiérrez Cóndor, como el nuevo y flamante defensor del pueblo.

Así, con 88 votos a favor, 24 en contra y 9 abstenciones, el Congreso aprobó, como se sabe, la designación de Gutiérrez como titular de la Defensoría del Pueblo. Hecho demás está decir que inusitado, y no ya por los serios cuestionamientos que a lo largo de los años han recaído sobre el personaje en cuestión, que a la hora de elegir a quienes tendrán responsabilidades de la envergadura de la del aludido ya quedó claro que nada de eso importa, sino porque para que fuese posible tal sorprendente desenlace se requirió que dos de las bancadas más enfrentadas desde su llegada al Congreso, dos de los grupos parlamentarios más contrapuestos en cuantas ocasiones han tenido para hacerlo, Fuerza Popular y Perú Libre, unieran fuerzas y votaran en bloque a favor de Gutiérrez, consumando una elección que, si por algo será recordada, será porque demostró una vez más que cuando existen intereses comunes de por medio, importa un maldito carajo a qué bando político se pertenezca, con tal de que se consiga lo que se quiere.

Y es que por más que a lo largo de los últimos meses las bancadas de que se trata hayan negado a los cuatro vientos, con hechos y palabras, la posibilidad de llegar a estar de acuerdo en prácticamente nada, dado dizque lo irreconciliable de sus posturas y principios políticos, a partir de ahora ya no podrán negar más que, cuando de lo que se trata es de velar por sus propios intereses, sus tradicionales colores políticos desaparecen, y sacan a relucir un único e inconfundible color: el de la mierda de que están hechos.

Que, bien vistas las cosas, no es otra la razón por la que se han puesto de acuerdo tantas y tan variadas sabandijas: por el mantenimiento de sus privilegios, por la consumación de sus impunidades, por el blindaje de sus bellaquerías. Para lo que, naturalmente, un sujeto como el susodicho viene a resultarles como anillo al dedo. ¿Hará falta decir que todavía no ha nacido el congresista que dé puntada sin hilo?

Distraídos por la renuncia de la ministra de Salud, Rosa Gutiérrez Palomino, en medio de la crisis sanitaria causada por el dengue, la peor por la que atraviesa el país después de la acarreada por el COVID-19, y también por la subsecuente designación en dicho cargo del cuestionado César Vásquez Sánchez, médico cirujano sobre quien en 2021 la Fiscalía de la Nación presentó una denuncia constitucional ante el Congreso de la República por el presunto delito de tráfico de influencias, los peruanos parecemos olvidar a veces que existen problemas de fondo que no desaparecerán con el solo movimiento de un par de piezas de ajedrez.

Con una presidente de la República incapaz de entender las verdaderas dimensiones de cargo que hoy ostenta, y, en consecuencia, incapaz también de ponerse a la altura de las difíciles circunstancias que nos toca vivir en la actualidad a todos los peruanos; con un defensor del pueblo con serios cuestionamientos por su accionar político en el pasado, y con la difícil tarea de estar a la cabeza de la institución responsable de velar por la defensa de los derechos humanos en la que decididamente la época de mayor violencia por la que atraviesa el país después del retorno de la democracia; con un Congreso una y mil veces desprestigiado a causa de su propio accionar y, por tanto, en modo alguno representativo de las masas que lo llevaron al poder; con una sociedad civil que pareciera haber llegado a un punto en el que ya nada de lo que pasa a nivel de nuestras instituciones políticas pareciese importarle en lo más mínimo, por hartazgo, desazón, hastío, o por lo que se quiera; son pocas las razones que nos podrían llevar a ser optimistas. Y quizá sea por eso por lo que no deberíamos dejar de serlo. Porque si existe un momento en que se hace necesario ser optimistas, es precisamente cuando todo apunta a que ya no vale la pena serlo. Porque aunque todo apunte a lo contrario, no puede ser posible que todos sean caimanes del mismo pozo.