CAFÉ

Por: Jacobo Ramírez Mays

Preocupado y deseando saber por qué tengo inclinaciones hacia muchos vicios un día mi amigo Juan Giles me explicó que muchos desenfrenos son porque lo hemos sentido o vivido cuando éramos niños. Entonces me puse a pensar en mi gusto por el café y fui a conversar con mi madre sobre ello.
Ella me contó que cuando tenía quince días de nacido mi padre que, en paz descanse y que seguramente está gozando de la presencia de Dios, me dio tres cucharitas de café cargado. Ella le recriminó dicha actitud, pero como creo que todo está predestinado en esta vida, el que yo tomara café a esa edad no iba a ser la excepción.
Dice mi bendita madre, mientras juega con su puchka, que ese día pasó sin ninguna novedad; sin embargo, al día siguiente comencé a llorar desconsoladamente. Preocupada y pensando que seguramente el café me había hecho daño me frotó con diferentes tipos de remedios mi barriga, pero mi llanto no cesaba. Me ponía a su seno para lactar, el cual después de la primera absorción rechazaba como si me estaría dando cerveza.
Ya no sabía qué hacer. Desesperada y mientras tomaba su café de las cuatro de la tarde, metió su dedo a su pocillo y después lo puso a mi boca y al instante dejé de llorar. Entonces, diciendo que era un cholito mañoso, repitió el hecho, y yo sin ningún regaño y casi con una sonrisa en la boca recibía las gotitas de café. Me cuenta que después me dio de lactar la cual recibí con mucho agrado y que me dormí, como lo que soy hasta ahora, como un dulce angelito. Desde esa fecha y a pesar de los diferentes problemas de salud del cual es y está siendo acechado mi cuerpo, tomo café.
He probado café en muchas casas y varias partes. Un tiempo he andado de velorio en velorio tomando café macho. Tanto es mi afición por él que incluso he sembrado tres variedades de ello (caturra, bourbon y la típica o comúnmente llamada de huerta) los cuales he tomado y seguiré tomándolos. La combinación de las semillas al tostarlas le da un sabor y cuando lo tomas no puedes levantarte de la mesa sin pedir yapa.
Mi amigo, un médico pediatra que es mi vecino en Las Pampas, me trae café de Chanchamayo cada vez que me visita, y la verdad es que yo ruego a los apus para que su visita sea más continua.
Últimamente mi amigo Rodolfo Meza Palacios me invitó a tomar un cafecito en uno de los cafés que hay en esta hermosa ciudad. Mientras nos servíamos me observó cómo me vaciaba toda la esencia a mi taza y me preguntó qué tanto me gusta. Le expliqué que es uno de mis vicios. Después de unos días me llamó y fue a mi encuentro a mi centro de trabajo. Mientras conversábamos metió su mano a su mochila y sacó un kilo de café molido y me lo regaló. Inmediatamente sentí un aroma especial que, a pesar del viento que corría, ambientaba al menos el espacio donde estábamos. Cuando llegué a mi casa y lo probé sentí, por decirlo así, la misma sensación que cuando tenía quince días de nacido, aunque ustedes no me crean.
Entonces le llamé y le pregunté qué tipo de café era y me dijo que era «caracolillo». Averiguando me enteré que fue esa variedad la que nos representó, por los años setenta, en un concurso en Inglaterra, donde, por el aroma y el sabor que tiene, nos otorgó un merecido primer puesto.
Ahora, parafraseando lo que alguna vez leí en un libro de Gabriel García Márquez diré que esa especie de café será la que tome por el resto de mis días y ruego al destino que la amistad con Rodolfo crezca más.
Ahora amigos, mientras sorbo las últimas gotas de café que está en mi pocillo, les invito que la consuman; aunque algunos digan que cuando toman café no duermen, yo repitiendo lo que dice mi amigo Andrés Jara, les cuento que cuando duermo no tomo café.
Las Pampas, 16 de junio del 2016.