BUISCHA

Llego a la casa y me encuentro con mi hijo, está todo pelucón porque ya es alumno universitario y con sus dos patas del alma, Meza y Tejada. Los saludo, uno me pregunta: «Doncito, cómo era Huánuco cuando usted era niño». Entonces vienen a mi memoria diferentes momentos, y no sé por dónde empezar. Me siento a un costado de ellos, y les digo: «Jóvenes, Huánuco va a cumplir 480 años de fundación española, por supuesto que no he vivido todo ese tiempo, aunque pareciera, pero les voy a contar algunas anécdotas de mi chiquititud. A esta ciudad, alguien que debe haber recorrido todo el mundo, la ha bautizado como la del mejor clima del mundo, y aunque no lo crean, pareciera que es así. Recuerdo que en mi niñez íbamos al río Huallaga, especialmente en el verano, a bañarnos con frecuencia». «¿Y cómo lo pasaban?», dice de pronto uno de ellos.

«Pues verán, les respondí, en sus aguas cristalinas, que así las tenía hace muuuuuchos años atrás, casi todos los chiuchis del barrio íbamos a bañarnos, buscábamos pequeñas playas donde las aguas del río estaban más quietas y, sacándonos la ropa, todos galaruksos, nos metíamos a nadar. Algunos cruzaban el río de unas cuantas brazadas, otros éramos arrastrados unos metros más abajo, pero casi siempre lográbamos nuestro objetivo. En cierta oportunidad, encontramos a unos chiuchis tragamocos de otro barrio en el lugar donde nadábamos siempre; entonces, el más revejido de nuestra mancha nos ordenó que arrojáramos las ropas de los renacuajos al río, a lo que todos hicimos caso. El río, como si también participara del juego, comenzó a llevarse las prendas de casi todos los que estaban en sus aguas; estos amenazándonos con pegarnos, comenzaron a nadar río abajo para rescatar, aunque sea un calzoncillo. Algunos no lo lograron, y ya pasada la tarde, y tiritando de frío, los vimos entrar a la ciudad todo galasikis. Mientras que nosotros nos reíamos, sus padres los carajeaban para que la próxima vez tengan más cuidado. También gustábamos de ir a cachpear, y sacábamos a esos peces prehistóricos de debajo de las piedras, y hacíamos con ellos el famoso chilcano, y lo tomábamos con ají verde. Ahora, si ustedes quisieran hacer lo mismo, no podrían, porque sus aguas están más contaminadas que el cerebro de muchas autoridades y políticos de nuestro país». «Buischa, doncito, ustedes sí que eran pendejos», dijo uno de ellos, riéndose.

Entonces aproveché para contarles cómo era la feria en mis tiempos de adolescencia:  «Esperábamos el 15 de agosto con ganas. Ahorrábamos nuestras propinas para invertirlas especialmente en los juegos que llegaban. Era de nuestra preferencia jugar fulbito de mesa y tiro al blanco, con esas escopetas que tenían un cañón más torcido que nuestras narices, pues, aunque apuntáramos con todas nuestras energías, nunca dábamos en el blanco; salvo algunos champeros, a quienes, cuando daban al blanco, los mirábamos asustados. A todos los que no acertábamos, nos decían pajeros; y entonces, sonrojados, agachábamos nuestras cabezas para que nadie se dé cuenta de nuestra condición.

Pero, como casi nunca acertábamos, muchos de nosotros llevábamos escondidas hojas de    Gillette y, sin que los vendedores se den cuenta, las insertábamos en los corchos y disparábamos dos o tres al mismo tiempo. Entonces, si pescábamos a la cajetilla de cigarros, esta caía y todos, escondidos, nos íbamos a fumar por Puelles. Algunas veces, le dábamos al hilo del que colgaba todos los premios, lo que los hacía caer, y el dueño del establecimiento se daba cuenta. Lo único que nos quedaba era correr por medio de la gente hasta confundirnos con ellos, y liberarnos así de una segura tanda de cocachos de los que, como verán ustedes, no llegué a recibir muchos.

Algunas veces, íbamos a probar suerte en el palo encebado, con nuestros cuerpos que más que admiración daban lástima. Nos desprendíamos de nuestras ropas, nos quedábamos en trusas y así comenzábamos a subir ese palo con la esperanza de sacarnos ese billete que flameaba en la punta; como monos maquisapas, intentábamos una y otra vez, mientras que la gente nos alentaba y reía hasta ya no poder. De esos y otros juego disfrutábamos cada 15 de agosto. Lamentablemente, ahora las ferias se han convertido en un inmenso mercado, en el que encontramos lo mismo que si fuéramos a comprar a la bodega del barrio o a la tienda de ropa de la esquina. Y si encontramos alguna novedad, es de puro milagro. Y ya que hablamos de milagros, milagro será que, después de finalizada la feria por el aniversario de Huánuco, nuestras competentes autoridades municipales rindan las cuentas como se debe, y no terminen tirándose la plata como cierta autoridad pasada cuya incompetencia en el ejercicio de sus funciones logró el milagro de que lleguemos a “extrañar” al chichero, que, en comparación con aquel inepto, al menos algo hizo». «Viejito, cada tiempo tiene su gloria», me dijo mi pelucón, mi querido y adorado hijo. Y la verdad es que es cierto. Entonces me levanté y los dejé con sus cosas.

Las Pampas, 15 de agosto de 2019