Bryan Johnson, fundador de Blueprint, buscó control mediante acuerdos de confidencialidad.

La longevidad, un anhelo ancestral, ha encontrado en Silicon Valley un terreno fértil para la innovación. Sin embargo, el control que ejercen las figuras más destacadas de este movimiento comienza a desmoronarse. Este es el caso de Bryan Johnson, un gurú de la longevidad conocido por sus auto-experimentos, quien enfrenta críticas crecientes respecto a ciertos acuerdos. Recordemos que, en los últimos años, la inversión en biotecnología y salud preventiva ha crecido exponencialmente, atrayendo la atención de inversores y medios de comunicación por igual. Este interés económico ha generado un debate ético sobre los límites de la búsqueda de la vida eterna y la accesibilidad a estos tratamientos.

Según la investigación publicada por The New York Times, Bryan Johnson, un ex empresario tecnológico convertido en gurú de la longevidad, saltó a la fama tras un documental en Netflix emitido en enero, donde detallaba su rigurosa rutina matutina. Esta rutina incluía un seguimiento exhaustivo del sueño, terapias auditivas y capilares, una hora de ejercicio y la ingesta de 54 pastillas acompañadas de una bebida llamada “Green Giant”.

En el mismo documental, Johnson presentó Blueprint, su start-up dedicada a la longevidad, que comercializa suplementos nutricionales, equipos para análisis de sangre y otros productos basados en su dieta y recomendaciones personales. Uno de los objetivos principales de Blueprint, según Johnson, es “alcanzar la menor edad biológica posible”. Afirmó que su régimen de salud había logrado “revertir mi edad biológica en 5.1 años”. Johnson ha buscado activamente la atención mediática y ha construido una considerable base de seguidores en redes sociales, acercándose a los cuatro millones.

La notoriedad de Johnson ha impulsado el éxito de Blueprint. En enero, el empresario declaró que su empresa era “una de las compañías de más rápido crecimiento en el mundo, impulsada por el boca a boca”. Sin embargo, tras la fachada cuidadosamente construida, tanto la figura de Johnson como el negocio de Blueprint empiezan a mostrar fisuras, particularmente en relación con el uso de acuerdos de confidencialidad. El tema de la confidencialidad en el ámbito de la investigación y desarrollo en salud es crucial, pues busca proteger la propiedad intelectual y la información sensible, pero su uso excesivo puede generar desconfianza y limitar la transparencia.

Además de su dieta y suplementación, Johnson ha captado la atención por procedimientos como la recepción de plasma sanguíneo de su hijo, de entonces 17 años, y la aplicación de descargas eléctricas en su pene para mejorar la función eréctil. Estos procedimientos, aunque controvertidos, forman parte de su búsqueda por desafiar el envejecimiento. Este tipo de experimentación personal ha provocado reacciones diversas, desde admiración hasta escepticismo, generando un debate público sobre la ética y la validez científica de sus métodos.

El caso de Bryan Johnson y Blueprint pone de manifiesto la creciente popularidad de la búsqueda de la longevidad en Silicon Valley y el auge de la biotecnología. Sin embargo, también subraya la importancia de la transparencia, la ética y la necesidad de rigor científico en un campo que promete, quizá de forma prematura, desafiar los límites de la vida humana.