BOLERO PARA MARIO

POR: Jacobo Ramírez Mays
Las Pampas, 27 de agosto del 2025
Querido Mario,
Te escribo esta carta porque he entendido que algunas palabras, si se guardan demasiado, terminan como papa olvidada en costal; se pudren y después ya nadie las quiere tocar. Así que antes de que mis pensamientos empiecen a oler raro, prefiero soltarlos aquí, como quien abre una cerveza en plena madrugada.
Me acuerdo de tu libro Pecos Bill y otros recuerdos. Cada vez que lo abro, siento que alguien me agarra del hombro y me dice: «vamos, carajo, que todavía se puede volver a la infancia, aunque ya no te entre el pantalón corto». Ese libro tuyo no es solo tinta y papel, Mario; es como un álbum de fotografías escondido en el cajón más íntimo. Uno lo abre y ahí está la infancia, los rostros que ya no vemos, las risas que el viento se llevó; uno lo lee y duele, pero también agradece, porque en medio de tanta fugacidad, alguien tuvo el valor de dejarlo escrito.
Pienso en ti como en esos cantores de bolero que se daban el lujo de llorar en público y encima les aplaudían. En tus páginas hay algo de eso; uno lee y se le humedecen los ojos, aunque uno jure que es culpa de un sucio que entró traído por el viento. Tus historias no necesitan adornos porque ya vienen con esa hondura de quien ha vivido y se ríe, aunque sea para no llorar.
Y claro, entre párrafo y párrafo, aparece Rosita. No puedo nombrarte sin pensar en ella, tu socia vitalicia, tu abogada defensora en juicios de sobremesa, tu compañera de discos viejos y de silencios modernos. La imagino allí, con esa paciencia que solo tienen las mujeres que saben escuchar el mismo cuento por décima vez sin llamar a la policía. Rosita, Mario, es como esos boleros que uno tararea, aunque no se sepa la letra completa siempre está, siempre acompaña.
La amistad contigo, hermano, es como un bolero de esos que nunca pasan de moda;puede que suenen en un tocadiscos viejito, pero igual se sienten en el alma. Esa amistad contigo, Mario, nació en unas escaleras de la universidad, cuando todavía me sobraba pelos en mi cabeza y me faltaba plata en los bolsillos y, aunque el tiempo se nos escapecomo agua entre los dedos —o como sueldo entre cuentas por pagar—, yo agradezco haber coincidido contigo, porque en este camino de la vida pocos se quedan hasta el último trago en un bar.
Hoy me gana la melancolía, Mario. Pienso en los cafés que nos faltaron, en las caminatas que no hicimos y en las cervezas que todavía nos debemos, y sin embargo, sonrío porque tus libros, tus palabras y tu amistad tienen ese extraño poder de curar la nostalgia con más nostalgia.
Si pudiera, te regalaría algo más que estas letras. Te regalaría un bolero completo, con guitarras, piano y cantantes afinados (no como nosotros cuando cantamos borrachos). Te regalaría también unas rodillas nuevas para que camines ligero, te regalaría un bolero entero, para que lo escuches con Rosita en una tarde de lluvia, pero ya sabes: yo solo tengo palabras, y a veces ni eso, porque se me enredan.
Mario, hermano: gracias por ser escritor, pero sobre todo gracias por ser humano. Y humano de los buenos, de esos que sangran y acarician en la misma página. Estoy seguro de que la vida todavía nos dará más encuentros, más charlas, más risas y unas cuantas cervezas para que el bolero no suene tan triste.
Con la gratitud y la sonrisa wicsha de un amigo que te abraza desde Las Pampas,
El Apóstata