BARBA BLANCA

BARBA BLANCA

Por Jacobo Ramírez Mays

Nosotros no nos llamamos los malditos de tal o cual lugar. No, señor. Nosotros sabemos que si somos malandros no tenemos que mostrarnos como malditos. Nuestro barrio tiene 24 calles y todos los que viven en ese espacio merecen nuestro respeto y protección. Si alguien se mete con ellos, se las tiene que ver con nosotros. Los wiscos, la manchita de supuestos maleantes del otro barrio, son señoritos, tienen dinero, se visten bien, pero fuman igual que cualquier fumón que conozco. Como son la cremita de la ciudad, piensan que nosotros tenemos que tenerles miedo y ser sumisos ante ellos. Esos hijitos de papá y mamá, en su gran mayoría son traicioneros, hipócritas, son engendros por descuido; y, cuando ven que la sangre corre, se esconden como ratas perseguidas. Es más, el jefecito de ellos quería tener el control de todo el negocio, pero, como ves, le salió el tiro por la culata.

«¡Luis!, anda a ver qué fue ese sonido». El jovenzuelo sacó su pistola de la cintura y se acercó cautelosamente a la ventana. «¡Viejo!, creo que están plomeando a alguien». «Alcánzame mi ‘fierro’, y aléjate de ahí». Se acercó sigilosamente, movió las cortinas y asomó su cabeza, cual felino observa a su presa. «¡Mierda, es el negro Velázquez, le están persiguiendo para enfriarlo. Tengo que ayudarle». Te acompaño, viejo. «¡No!, quédate. Sabes que si me enfrían tú tienes que encargarte del negocio».  Bajó las escaleras como un animal salvaje, se ubicó estratégicamente detrás de un carro viejo y destartalado, rastrilló su arma y vio al negro pasar casi volando con dirección al final del callejón.

Segundos después, dos  tipos, con armas en mano, se acercaron por media pista. Pasaron por donde estaba escondido el viejo y apuntaron al negro que, sin querer, se había metido a ese callejón sin salida. El perseguido, dándose cuenta de que ya no podía escapar, volteó para mirar, por última vez, los rostros de sus verdugos y también para ponerse de cara a la muerte. En esos segundos, se acordó de que su compadre vivía en una de las casas de esa calleja, y, usando el poco aire que le quedaba, gritó pidiendo ayuda. Ambos jóvenes escucharon el nombre que imploraba el negro, intercambiaron miradas, levantaron la vista y observaron que todas las casas estaban pintadas del mismo color, que todas las ventanas tenían la misma cortina, pero se percataron que una estaba semiabierta; entonces levantaron sus armas, apuntaron y se escuchó dos disparos en medio de la tarde silenciosa.

Velázquez cerró los ojos y segundos después los volvió a abrir y vio que sus seguidores estaban tirados en el suelo. Barba Blanca, que así era como le conocían en todo el barrio al viejo que les cuidaba y protegía, se acercó a los jovenzuelos y, a cada uno, con un certero tiro en la cabeza, los silenció para siempre. «¡Compadre!, corre a tu casa y escóndete, después hablamos» dijo con su voz gangosa. No se despidieron, el negro corrió por donde entró y el viejo apresuró sus pasos, entró a su casa, se sentó en su sillón viejo y desgastado, prendió un cigarrillo y botó el humo como si estuviera botando su delito. Miró a su visitante que temblaba y, soltando una sonrisa sarcástica, le dijo: «Este es pan de cada día acá, doctor, así que ya tiene alguito más de información». En eso apareció una mujer que tenía el cabello amarrado con un pañolón rojo, de piel morena, y llevaba puesta una blusa escotada y un vestido largo que le llegaba hasta los tobillos. Puso una cerveza a cada uno, le dio un beso a Barba Blanca, le felicitó por ayudar a su compadre y se fue por donde vino.

«¿En qué nos habíamos quedado?Ah, en que los pituquitos querían que les respetemos, pero debe saber usted que nosotros nunca doblamos nuestras rodillas ante nadie, que esperamos a la muerte de pie, y que tenemos la protección y el cuidado de la Sarita Colonia». Diciendo eso, movió sus manos como si estuviera haciéndose la señal de la cruz. «Ya vio usted cómo me ayudó hace unos minutos, ¿verdad?».

Fue en ese tiempo que Kicho, el más, más del barrio de carros de último modelo me llamó para hacer un pacto. Sobre este tema es lo que usted viene a preguntar. Entonces me apresuro a contárselo. Un mediodía apareció en la entrada del callejón un chibolo flacuchento, con la ropa desencajada, los ojos hinchados y los labios resecos, que indicaba que estaba más duro que piedra de río. Llamó por mi nombre varias veces. Como se debe dar cuenta, yo solo salgo por algunas circunstancias. Entonces, a tanta insistencia,  uno de mis secuaces lo agarró del cogote y me lo trajo. Levantando la voz, y como para que escuche todo el vecindario, me dijo que Kicho Argandoña quería encontrarse conmigo a solas para hacer las paces.

«¡Hola!, pensé que no ibas a venir, pero veo que eres bien macho». «Tú sabes que yo no tengo miedo ni al mismo demonio, porque soy engendro de él. ¡Habla!». «Mira, Barba Blanca, todos los días está muriendo gente de ambos bandos, nos estamos aniquilando. Qué tal si nos ponemos de acuerdo para que esta vaina no continúe. Piensa, Barbita, esos jóvenes, que podrían llegar a ser presidente de este país de mierda, están terminando con sus sueños tendidos en los basurales, en las calles, en los rincones, destrozada la cabeza o perforado el pecho. Creo que debemos hacer una tregua». Mientras hablábamos contemplando las luces de la ciudad, los malditos secuaces de Argandoña estaban matando a mis socios que se encontraban reunidos en una casa esperando mi llamada y que habían sido delatados por un soplón que ahora está pudriéndose en un cementerio, junto a su mujer y a sus dos hijos pequeños.

«Estoy de acuerdo», le dije. «Pero quiero pedirte algo más, Barbita», le dije mirando el cielo que estaba acompañado de la luz tenue de la luna. «Quiero que me dejes vender mi mercancía, por un año, en el lugar donde tú vendes». «Tú estás bien huevón, no sabes lo que me costó ingresar ahí, las coimas que tuve que pagar y que gracias a ello ahora muchos de esos tienen casas finas en buenos balnearios de nuestra ciudad. No quiero». «Si no quieres a la buena, compadre, entonces será a la mala», me dijo como para asustarme. Mientras estábamos conversando, mi celular vibraba constantemente en mi bolsillo, no quería sacarlo porque pensaba que Argandoña pudiera especular que tenía un arma. Pero como era constante le pedí permiso para contestar. Con su consentimiento, saqué mi teléfono y leí un mensaje del negro Velázquez. Nos están cagando, enfriaron a todos, logré escaparme. Miré a Argandoña y le dije que se me había presentado un incidente y que tenía que dejarlo y que le iba a buscar para seguir conversando.

Salí de ahí como un endemoniado y cuando llegué donde estaban mis socios el lugar estaba rodeado de policías. Me retiré sin levantar sospechas y cuando me encontré con mi compadre Velázquez me dijo: «Fueron la gente de Argandoña, nos rodearon y metieron plomo por todas partes, no tuvimos tiempo para reaccionar, ese cabrón es un traicionero».

«Fue por eso, doctor, que matamos a todos esos pituquitos, incluyendo a la familia completa de Argandoña, a quién yo mismo le di el tiro de gracia».

Ahora que le he contado todo con lujo de detalles, haga su reportaje, pero si me menciona con nombre, apellido, apodo o con alguna referencia, recuerde que sé dónde vive, con quién anda y en qué diario trabaja. Baje las escaleras con cuidado y camine tranquilo que nadie le hará daño. No se olvide de publicar sobre esos muertitos que están abajo. Hasta la próxima».