BAILAMOS NEGRITOS CON MEMORIA, PERO VOTAMOS SIN ELLA

Cuando la tradición permanece, pero la memoria electoral se desvanece.
Por Mg. Wily M. Alvarez Pasquel

En Huánuco sabemos bailar, y lo hacemos bien, cada diciembre, los Negritos recorren nuestras calles recordándonos que tenemos memoria, identidad y tradición. Sin embargo, pasada la música, pareciera que esa memoria se diluye cuando llega el momento de votar. Como si al colgar el chicotillo y guardar la máscara, también guardáramos —por cinco años— el sentido crítico, la reflexión y la responsabilidad ciudadana.

No se trata de murmurar de nuestras costumbres, que son motivo de orgullo, sino de preguntarnos con honestidad si esa misma pasión que ponemos en defender nuestras danzas y festividades la ponemos también en elegir autoridades capaces de gobernar. Porque mientras bailamos, celebramos y olvidamos, el país —y también Huánuco— ha vivido cinco años de crisis política, social y económica que no llegaron solas ni por casualidad.

La elección presidencial del 2021 fue, para muchos ciudadanos, un voto de protesta. Un voto cargado de hartazgo y esperanza, pero también —en no pocos casos— de escasa evaluación sobre las capacidades reales para gobernar. Elegimos más desde la emoción que desde la razón, como quien apuesta en una yunza confiando en que esta vez sí caerán los frutos.

Los hechos posteriores son conocidos, improvisación en la conducción del Estado, gabinetes inestables, denuncias de corrupción, confrontación permanente con el Congreso y, finalmente, la ruptura del orden constitucional en diciembre de 2022. El desenlace fue grave: vacancia presidencial, detención del mandatario y una ola de protestas sociales que dejó pérdidas humanas, paralización económica y un país aún más dividido.

La sucesión constitucional no logró devolver la calma. La gestión posterior quedó atrapada entre la falta de legitimidad social y una débil capacidad de conducción política. El manejo de los conflictos sociales profundizó la desconfianza ciudadana y evidenció, una vez más, la distancia entre el Estado y amplios sectores de la población. Las regiones, como casi siempre, asumieron el mayor costo: comercio afectado, turismo golpeado, proyectos paralizados y oportunidades perdidas.

En medio de protestas, fallecidos y regiones paralizadas, el país terminó discutiendo sobre relojes de lujo. No porque el tiempo no importara, sino porque parecía que algunos lo medían mejor que otros. Mientras el Perú esperaba respuestas políticas, el símbolo del poder se volvió un Rolex, recordándonos que no solo hay autoridades fuera de hora, sino también fuera de realidad.

El Congreso tampoco estuvo a la altura del momento histórico. Fragmentación, improvisación legislativa y representantes sin una visión clara de país han convertido al Parlamento en un escenario de confrontación constante, más preocupado por la coyuntura que por las reformas estructurales que el país necesita. Para Huánuco, esto se traduce en retrasos, baja ejecución y una sensación persistente de estancamiento.

Después de todo ello, protestamos, reclamamos y exigimos, como si el Estado fuera un ente ajeno. Olvidamos que ese Estado tiene rostro, nombre y apellido, y que llegó allí por decisión ciudadana. Tenemos buena memoria para las festividades, para los agravios históricos y para las disputas políticas, pero una memoria curiosamente frágil para recordar quiénes prometieron y no cumplieron, quiénes improvisaron y quiénes convirtieron la gestión pública en un experimento permanente.

La lección es incómoda, pero necesaria. Como electores no podemos seguir votando únicamente desde el enojo, el castigo o la promesa fácil. Gobernar un país —o una región— es más complejo que un discurso encendido o una consigna bien gritaba. Exige preparación, equipos, institucionalidad y una mínima comprensión del funcionamiento del Estado.

Huánuco necesita estabilidad política para desarrollarse, atraer inversión, mejorar sus servicios públicos y generar oportunidades reales para su población. Esa estabilidad no empieza cuando una autoridad asume el cargo; empieza cuando cada ciudadano decide informarse, comparar propuestas y exigir idoneidad a quienes aspiran a gobernar.

Bailar Negritos es parte de lo que somos y de lo que defendemos con orgullo. Votar sin memoria, en cambio, es una costumbre que nos ha costado demasiado. Si no queremos seguir danzando cada cinco años alrededor de una nueva crisis, quizá ha llegado el momento de cambiar el ritmo: informarnos más, exigir mejor y asumir que la democracia, como la danza, también requiere disciplina, memoria y compromiso, Todo está escrito; lo que falta es recordarlo.