Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo
No hay otro modo, en el contexto de la pandemia que golpea severamente, que ejercer plenamente el principio de autoridad y la ley para evitar el contagio del Covid-19. Si no es a buenas, tendrá que ser con decisiones duras, firmes y sin recular. Decirles a los propietarios de discotecas, centros de diversión y restobares que no permitan la concentración de gente es como pedirle a un ladrón avezado que te devuelva las pertenencias arrebatadas con una actitud de súplica e indulgencia. En el Perú, no funcionan “las buenas maneras” en momentos críticos y de excepción, sino la multa, la papeleta, la detención por flagrancia, suspensión de licencia o clausura total. Esto refleja la calidad de ciudadanía y el grado de responsabilidad social.
Si los centros de diversión son focos efervescentes de contagio con el virus mortal, por qué al día siguiente continúa vigente la licencia de funcionamiento. Las autoridades y la ley para eso, no hay otra salida. De lo contrario, en Huánuco habrá más pacientes en UCI de allí (excepto un milagro) al cementerio o al crematorio. Por ese lado, qué más pueden hacer los médicos y los hospitales para salvar la vida de ancianos y hoy de jóvenes que también han ingresado a la estadística de infectados y entubados. No hay camas UCI, no hay oxígeno suficiente, no hay médicos especialistas, no hay espacios en los hospitales. Es comprensible el clamor de Pelo D’ambrosio que suplica ayuda y asistencia urgentes del gobierno para Huánuco. No es momento de buscar responsables ni chivos expiatorios, sino de enfrentar con coraje esta segunda ola que arrecia.
A diario muere gente en Huánuco por el COVID-19. Todos los días nos enteramos que un amigo, un vecino, un personaje importante fallece víctima del virus. No porque sean pobres o vivan en sectores urbano marginales, sino que no hay oxígeno o la enfermedad ha avanzado incontenible y ya no se puede hacer nada. Por su puesto que la economía tiene que reactivarse, no puede haber más cuarentena, no podemos vivir con una economía paralizada, pero con las medidas estrictas de bioseguridad. A más de un candidato a la presidencia de la república se la ha visto como en tiempos de normalidad, haciendo campaña en medio de aglomeraciones, bailando, degustando comida al paso, quitándose la mascarilla por un momento, cogiéndose de las manos y abrazándose con el elector. ¿Algún día la política tendrá un fin de “bien común” o de encauzar la voluntad del ciudadano hacia el “bienestar de los pueblos”? A los políticos, poco o nada les interesa el contagio, con tal de hacer campaña y ganar votos.
Si un perro come la basura dejada por un vecino, quién tendría mayor responsabilidad. ¿El perro o el vecino? Esta analogía puede servir para explicar que cerrar una discoteca resuelve parcialmente o de momento el problema. Si nadie asistiera a divertirse y beber licor en esos centros de jarana y contagio, qué pasaría. Por más que estuvieran abiertos las 24 horas del día, no tendrían clientes. La responsabilidad está en el ciudadano. Comparto la tesis del periodista Rubén Valdez Alvarado, quien sostiene que la crisis sanitaria, provocada por el COVID-19, ha demostrado que, en Huánuco y el Perú, la precariedad ciudadana e institucional es un problema grave, cuyas evidencias “más notables” son las cifras cada vez más ascendentes de fallecidos, hospitalizados, en UCI, hospitales colapsados, sin plantas de oxígeno o con producción insuficiente para atender la demanda.
A esto se suma el relajo irracional de los ciudadanos al uso de la mascarilla, las salidas urgentes de casa, reuniones familiares y de amigos, distanciamiento social, lavado de manos. Basta una vuelta por el perímetro del Mercado Modelo para constatar que la gente hace su vida normal, solo que lleva la mascarilla y si se la quita o la usa debajo de la nariz no pasa nada. Nos entra la advertencia del contagio por un oído y sale inmediatamente por el otro. Se habla y habla, como un disco rayado, sobre las medidas de bioseguridad, protección y cumplimiento de protocolos, pero a mucha gente le importa un carajo, como si fuera invencible, inmunizada, invulnerable al virus. En Huánuco hay más de mil muertos desde el inicio de la pandemia. ¿Cuántos más morirán hasta cuando recibamos la vacuna contra el coronavirus? El oxígeno se ha convertido en una mercancía preciada y carísima. Obviamente, un paciente de economía escasa hará todos los esfuerzos posibles para comprarlo. ¿Y si no tiene recursos? Solo queda esperar un milagro o la llegada inminente de la muerte.
Retar al virus es una brutal insensatez cuya factura es la muerte y, por consiguiente, la tragedia familiar. No hay un Cristo vivo hoy que pueda resucitar muertos. Los que quedamos soportamos, como un filósofo estoico, la ausencia, el dolor físico y espiritual. Los muertos están bien muertos. Es deprimente saber que el pariente o amigo nunca más tendrá otra oportunidad para vivir en la Tierra. En esta pandemia hagamos lo que nos corresponde hacer responsablemente: cuidarnos personalmente. Las autoridades públicas y los profesionales de salud, sin duda, no van a abandonar el barco que amenaza naufragar ni el frente de batalla. Contra la intransigencia de incumplimiento de la ley, sólo queda ejercer, sin que las manos tiemblen, el principio de autoridad que, en buena cuenta, fortalece la institucionalidad y la legitimidad. Las autoridades políticas han sido elegidas, precisamente, para velar por la integridad y el bienestar de los ciudadanos. Esta es una oportunidad para actuar con firmeza. Así se combatirá la anomia social, la viveza y el contagio con el coronavirus. Actuar con cálculos políticos es otra insensatez.




