AUNQUE NADA CAMBIE, SI YO CAMBIO, TODO CAMBIA

 Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

 Nadie cambia por decreto supremo ni leyes promulgadas por el congreso de la república. Siempre escuchamos por doquier que la sociedad no cambia, que seguimos igual o peor que antes. La política es un escenario putrefacto; el político, un impresentable. ¿Qué hicimos para que eso no ocurra? ¿Solo criticar desde la tribuna o del palco preferencial?  Pesimismo superlativo. Jesucristo no pudo cambiar a judíos ni romanos. Lo crucificaron en el Gólgota. Los más sabios y ejemplares ciudadanos de la Tierra hicieron grandes hazañas en beneficio de la humanidad, pero esta sigue con serios problemas de pobreza, violencia, discriminación, corrupción, egoísmo salvaje y ambiciones personales antes que los intereses colectivos. Los escasos “buenos samaritanos”, que hay aún en el mundo, no tienen la suficiente fuerza ni capacidad para cambiar el rumbo de la historia. Nos quejamos de los gobernantes, pero seguimos eligiendo a los mismos, solo con otro maquillaje, ropaje y el mismo discurso. 

 El Covid-19 nos ha demostrado fehacientemente que sin disciplina ni responsabilidad sociales nada se consigue. Atravesamos la segunda ola y esperamos que no haya una tercera. La gente temerariamente camina por las calles sin mascarilla, asiste a fiestas clandestinas donde se baila y bebe peligrosamente ¿Qué está fallando? Algo no está funcionando bien. Sin duda, la respuesta va por dos caminos: la educación familiar y la educación según el Currículo Nacional. Si la educación no sirve para educar ciudadanos responsables, disciplinados, decentes, empáticos, reflexivos, que acaten razonablemente la ley y la autoridad, estamos condenados a seguir en una situación de subdesarrollo cultural y escasas posibilidades de bienestar y progreso colectivo. El Perú es un país donde las individualidades tienen éxito; colectivamente seguimos en el atolladero de la inercia, en la esperanza de un redentor o que del cielo caiga riqueza, bonos o promesas que, finalmente, se convierten en demagogia y engaño.

 Si la sociedad demora en cambiar, el ciudadano sí puede cambiar con rapidez, siempre y cuando haya voluntad, convicción y coherencia entre la palabra y las actitudes. El mundo está repleto de profesionales con alto desempeño académico e intelectual, pero lamentablemente carecemos (salvo excepciones) de actitudes, inteligencia emocional y comportamiento ético. Dicho metafóricamente, puestos en la balanza de la coherencia, entre el corazón y el cerebro no hay equidad; el desbalance es notorio a leguas. ¿Es posible el cambio paulatino de actitudes y la conversión moral? No hablo de entregar la vida a Cristo para dejar el pasado y emprender una vida nueva. Yo sí creo que es posible cambiar conscientemente.

 El cambio personal es necesario para cambiar la sociedad y no al revés. El gato no puede ser despensero; es decir, mientras que los políticos sean los mismos, en actitud, vileza y rapacidad, la política seguirá con las mismas costumbres y taras. Si los conductores respetan la luz roja del semáforo, hemos ganado una batalla pequeña. Respetar la fila en el banco o en otra institución es señal de cambio. Ser justos con el salario de los trabajadores revela que hay empresarios que actúan de acuerdo con la ley. La puntualidad es una virtud extraordinaria que tiene tres consecuencias: admiración, respeto y autoridad ante los demás, satisfacción personal y (como siempre) la envidia y el rechazo de quienes ignoran que la hora es la hora. ¿Es difícil dejar de dispersar chismes? No, es sumamente fácil. Morderse la lengua y alejarse de gente experta en practicar el chisme como deporte. Que la maledicencia sea lo opuesto al comportamiento correcto y honesto.  

 No esperemos que la sociedad cambie ni que los demás, en masa, cambien. El cambio silencioso, personal, sincero, avanza sin cencerro ni bullicio. Un acto de cambio verdadero no se publica en el Facebook ni se hace publicidad. Vivir con la conciencia tranquila, sin remordimiento, es más valioso que vivir en un palacio faraónico sin afecto ni libertad. Cambiar la vida sedentaria por una de caminante, deportista o atleta es una decisión pertinente. Una vez al mes visito a mi madre que vive a cuatro kilómetros de donde yo vivo. Así que camino, escuchando música, mirando la ciudad, ocho kilómetros. Llegó agotado, exhausto, con hambre, sed, con los pies ligeramente ampollados y el tobillo hinchado, pero con la satisfacción de haber caminado cumpliendo los protocolos de bioseguridad. Todo es posible. Solo no se puede hacer, lo que no queremos hacer.

 La educación debe estar al servicio del cambio de la sociedad y del ciudadano. Cambiar no es solo saber leer y escribir, tener primaria y secundaria completas, ingresar a la universidad y ejercer una profesión. Ser profesional hoy es la cima del éxito. Quien no estudia, no tiene título universitario, no le dirán doctor, ingeniero, profesor, contador. Esto es una verdad a medias. Hay un ejército de ciudadanos que no han terminado ni la primaria, pero tiene éxito empresarial y económico, genera empleo y paga impuestos. Solo nos queda hacer bien lo que tenemos que hacer, respetando al prójimo, admirando a los que logran éxito. Aprender por sí mismo y de otros. Admirar a diario a los demás por sus virtudes, sus errores, sus fortalezas. No todos podemos ser Messi, Vargas Llosa o Pelo D’Ambrosio. El éxito ajeno es una motivación e inspiración para imitar y superar. Sin pasión ni respeto ni afecto es poco lo que podemos contribuir con el cambio de la sociedad.  No le niegues el saludo a nadie ni el perdón al prójimo, no condenes a la hoguera a quien se equivoca. Aprendamos a no mirar la paja en el ojo ajeno. Respeta las opiniones discrepantes, seamos tolerantes, no todos son iguales ni quisiéramos serlo. Felizmente somos únicos, irrepetibles, pero sí reemplazables, pasajeros, inquilinos en la Tierra, fugaces en esta vida.