Un devastador terremoto ha sacudido Myanmar, dejando tras de sí una estela de destrucción y un creciente número de víctimas. La tragedia se produce en un momento crítico para el país, que ya lidia con un conflicto civil en curso y una severa crisis humanitaria, complicando aún más las labores de rescate y la asistencia a los damnificados.
Según el reportaje de The New York Times, el potente sismo, con una magnitud de 7.7, cuyo epicentro se ubicó en las cercanías de Mandalay, la segunda ciudad más grande de Myanmar, ha provocado el derrumbe de edificaciones, incluyendo viviendas, monasterios y mezquitas, atrapando a numerosas personas bajo los escombros. Se espera que el número de fallecidos aumente considerablemente, con estimaciones que superan los diez mil, según el Servicio Geológico de los Estados Unidos.
Las autoridades militares birmanas han informado de al menos 1.644 personas fallecidas y más de 3.400 heridas, aunque la magnitud real de la catástrofe podría tardar meses en conocerse debido a las restricciones impuestas por la junta militar, que dificultan el acceso a la información y a las áreas afectadas. La situación se agrava por la falta de equipos y recursos para las tareas de búsqueda y rescate, que se llevan a cabo con la ayuda de voluntarios locales, quienes desesperadamente intentan encontrar sobrevivientes entre los restos de edificios colapsados.
El desastre natural ha coincidido con el aniversario del Día de las Fuerzas Armadas de Myanmar, generando críticas y frustración entre la población, especialmente tras reportes de bombardeos aéreos en zonas controladas por grupos rebeldes, incluso después del terremoto. Esta acción ha sido interpretada por algunos como una muestra de la insensibilidad del régimen militar ante la crisis humanitaria.
La respuesta internacional ha comenzado a movilizarse, con países como China e India enviando ayuda humanitaria. No obstante, las sanciones impuestas a la junta militar y la compleja situación política interna dificultan la coordinación de la ayuda y el acceso a las zonas más afectadas. La comunidad internacional enfrenta el desafío de brindar asistencia a la población birmana sin legitimar al gobierno militar.
Más allá de las fronteras de Myanmar, el terremoto también ha tenido repercusiones significativas, como el derrumbe de un edificio en construcción en Bangkok, Tailandia, que dejó un saldo de ocho muertos y un número indeterminado de desaparecidos. El sismo se sintió en países vecinos como Bangladesh, Vietnam y China, poniendo de manifiesto la vulnerabilidad sísmica de la región.



