ATATAO, YA

Escrito por: Jacobo Ramírez Maiz

 Mi amigo, que es ateo, me dijo para encontrarnos el lunes que pasó en la puerta de la catedral. Y ahí estuve a la hora pactada. Pero, como él tuvo un inconveniente, se demoró un poco. Entonces aproveché para observar la Plaza Mayor, que se encontraba llena de personas que estaban esperando la llegada de un candidato. En ese momento, por una de las calles, apareció un gordito, se paró en uno de los postes, sacó una bandera anaranjada, y comenzó a hacerla flamear. Al cabo de unos minutos, siguió caminando de poste en poste ante la mirada de muchos transeúntes que estaban por ahí. «Ese gordito es un suicida», manifestó un transeúnte. Estaba al tanto de los movimientos de las personas que estaban cerca de él, y, dando pasos matemáticos, continuó con su osadía de poste en poste, hasta llegar frente a un banco que se encuentra en la plaza mayor. Allí se detuvo, seguramente sintiéndose protegido por la policía que se encontraba por esa zona, e hizo flamear su bandera naranja. Entonces, un hombre de camisa a cuadros, robusto, musculoso, aunque no tanto como yo, se le acercó y le dijo algo al oído. Me imagino que le debe haber recordado a su mamá u otras cosas más, porque hizo que el panzoncito emprendiera la retirada, moviendo su bandera por una de las calles.  

Minutos después, la gente que estaba por esos lugares se fue con destino a la Alameda de la República o el Parque Amarilis. Entonces me acerqué a un grupo de personas y, como buen chismoso, puse oídos a la conversación. Un hombre bajito explicaba a los que le rodeaban por qué deberían votar por el projue.

En eso, apareció un viejito, de esos que ya han vivido mucho y gozado de todo, marchando y gritando: «Uno, dos y tres, Alan otra vez; uno, dos y tres, Alan otra vez. ¡Que viva el APRA, carajo! Y riéndose se fue con dirección a la municipalidad.

En ese momento, una turba de personas ingresó gritando por el jirón Dos de Mayo. La gente corría, las bocinas de los carros comenzaron a sonar: ti, ti, ti, ti ti; ti, ti, ti, ti ti. Aceleré los pasos para poder ver al candidato que ingresaba a nuestra ciudad. La gente gritaba, eufórica. Muchos estaban sin mascarillas. El distanciamiento, por supuesto, no existía. Pero qué importaba, si estaba ingresando su salvador. Comencé a mirar por todos lados, y rogué que apareciera el gordito con su bandera naranja para ver qué le sucedería. Nunca apareció. Traté de alejarme lo más que pude, pero me fue casi imposible. Había tanta gente, me paro al lado de dos ciudadanos que conversan acaloradamente.

Fue en ese momento que ingresó el projue en un carro, puesto un sombrero en su cabeza, el mismo que, estoy seguro, llevaba para protegerse del sol y no quemarse las neuronas. En ese momento, me repetí mentalmente lo que me enseñó mi profesora en primaria: Periquito el bandolero, se metió en un sombrero, el sombrero era de paja y se metió en una caja, la caja era de cartón, se metió en un cajón, el cajón era de pino y se metió en un pepino, el pepino maduró y Periquito se salvó… Mientras andaba en mi monólogo, unos individuos que me hicieron recordar a los búfalos apristas pasaron empujando a algunos camaradas que estaban admirados mirando a su Mesías. Detrás de ellos, unos jóvenes debiluchos regalaban lápices a algunos transeúntes.

Mientras eso pasaba, una gigantografía, pancarta o como quieran llamarla se descolgó de una de las paredes del tragamonedas que se encuentra por ahí. «Te amo Perú, no al comunismo», decía la misma. La gente comenzó a gritar: «Cabro, maricón, baja si eres machito». Y el responsable de la idea, haciéndose el que no escuchaba, o tal vez al cojudo, contemplaba desde arriba a la multitud que caminaba dejándole como recuerdo una gran cantidad de improperios.

Uno de los hombres que estaba conversando a mi lado le dijo al otro, casi gritando, para que lo escuche: «Ese chivo sí es bien macho». Y el otro lo miraba a los ojos, al tiempo que le respondía: «Cabro es ese, atatao, ya», y sonriendo se confundieron con la gente que caminaba eufórica.

Las Pampas, 27 de mayo de 2021