ARTE RUPESTRE DE HUANCANYACU

Partimos a las 7:30 a.m., una hora después llegamos a Huancanyacu. El equipo de investigación del Roosevelt School, dirigido por Alí Cabello y Andy Espinoza esperaba las indicaciones antes de ascender para observar el panel de pintura rupestre. 

Relave es el nombre primigenio del anexo Huancanyacu, en el distrito de Cayrán, que cobrara notoriedad, décadas atrás, cuando se advirtió que en unas cuevas laberínticas “correteaban” marcianos, hombrecillos escurridizos, extraterrestres. La noticia atrajo rápidamente a periodistas, curiosos y ufólogos. Unos 300 habitante se dedican a la agricultura y a promocionar pintura rupestre, cerca discurre el río Huancanyacu, que, aguas abajo, toma el nombre de Huancachupa, desemboca en el Huallaga. La carretera, afirmado primario, que pasa por Huancayacu, llega a Libertad, en el distrito de Chaulán, girando hacia la izquierda llega hasta la carretera central, a la altura de Unguymarán. “Aquí ha sido una zona donde vivieron dinosaurios”, dice un lugareño. Doña Agripina Peña, antaño tejedora diligente, es la mujer más longeva de Huancanyacu, con 105 años. Ascendimos la montaña sin el “pago a la tierra”.  Por fortuna merecimos indulgencia. 

El propósito del equipo de investigación del colegio Roosevelt, el sábado 10 de agosto, es preciso: colocar un cartel en la carretera y otro en el campo deportivo, abrir sendero para trepar con rapidez la cuesta empinada para llegar al panel en el cerro Tucuguañán (“el búho que llora”), conservar y restaurar técnicamente con agujas, cepillos, guantes quirúrgicos, mascarillas, mandil blanco y ácido ascórbico de la piña; recoger, con los cuidados de salud respectivos, la basura dejada irresponsablemente por visitantes. Al final de la jornada, más de quince kilos de desechos sólidos estaban dentro de varias bolsas de plástico, que dos funcionarios del distrito de Cayrán y las autoridades de Huancanyacu se encargaron de gestionarlos. Se encontraron pañales, vasos y platos descartables, botellas de plástico, cartones incinerados, cidíes rotos. Felizmente las aguas del río Huancanyacu aún están libres de relave minero o residuos hospitalarios. La abundancia de mosquitos se debe a que la deposición de huevecillos ya no se realiza en la ribera del río, sino en las hendiduras de la corteza de los sauces frondosos, que en temporada de lluvias y mayor creciente funcionan como natural defensa ribereña. 

Una veintena de estudiantes y docentes empezamos la jornada, con la consigna que el patrimonio cultural paleolítico de millones de años de antigüedad se debe conservar y valorar como parte de nuestra identidad cultural huanuqueña. Nos dividimos en cuatro grupos: los que colocan los carteles, los que abren el sendero para llegar a las pinturas rupestres, cruzando el río, que atraviesa el más cruel estiaje, los que van a restaurar los dibujos y los que registran los hechos para informar posteriormente el trabajo de campo.

En la parte alta del “panel iconográfico” abunda la cabuya verde y al frente arbustos de tara, chamana, y un par de gigantuyes. Los dibujos se mantienen intactos, excepto algunos donde visitantes inescrupulosos (¿adolescentes o adultos?) han escrito nombres, siglas y grafitis con Liquid Paper (corrector líquido). La sustancia blanquecina ha penetrado corrosivamente los poros y grietas microscópicas de la roca pleistocénica.  Quitarla, sin dañar los “dibujos rojo ocre”, es una tarea que demanda paciencia y expertiz de cirujano, cuidado y espera, el ácido ascórbico debe disolverla, las agujas quitar la sustancia y, finalmente, las figuras quedan pulcras y visibles. Otro grupo quita de encima de la roca el musgo impregnado como la rémora en la espalda de los cetáceos. Luego de tres horas descendemos por el sendero abierto. Queda por intervenir la pintura rupestre en la Cueva de los Marcianos, un laberinto estrecho en la roca, refrigerado inexplicablemente, con basura en el trayecto. 

Entre las páginas 91-93 del libro Qillqa. Mensajes de piedras y montañas (2018. Edit. San Marcos, 2018. Págs. 239) de Víctor Domínguez Condezo, se aprecia el arte rupestre de Wankanyaku. En siete fotografías nítidas muestra la composición del arte rupestre paleolítico en un panel de 4 x 2 m. Vedoco ha identificado “dos runas de alta jerarquía con rostros serenos”, “una cabeza de ave”, “manchas de difícil comprensión”, “fuente de agua brotando de la roca y formando cascadas”, “una comunidad ascendiendo a las montañas de Wilash, Qorishuyshuna, Pichqawillca”, “imagen de un runa con plumaje escalando el cerro”, “figuras que asemejan a árboles”, “cabeza de ave”, “runas (…) en dibujos logrados”, “dos aves grandes (cóndores) que emprenden vuelo o están parados”. Nosotros también vimos lo mismo.          

Se ama lo que se conoce yendo “al campo”, aterrizando “la teoría en tierra firme”, convirtiendo “las palabras en acción”. La pintura rupestre (símbolos ocres pintados en las paredes de las cuevas y las rocas) constituye también nuestra identidad cultural. La tierra donde vivimos hoy, valle del Huallaga y del Higueras, ha sido habitada por el Homo sapiens hace miles de años a.C. El libro Qillqa de Vedoco debe ser lectura necesaria para especialistas y ciudadanos de a pie. Los estudiantes no solo deben leer literatura.