El debate sobre la relocalización industrial en Estados Unidos ha resurgido con fuerza, impulsado por la propuesta del expresidente Donald Trump de forzar a gigantes tecnológicos como Apple a fabricar sus productos dentro del territorio nacional. Esta iniciativa busca, en teoría, impulsar la economía local y crear empleos, pero plantea serias interrogantes sobre la viabilidad y las consecuencias económicas de revertir décadas de globalización en la cadena de suministro. Recordemos que la administración Trump ya implementó políticas proteccionistas, como aranceles al acero y al aluminio, que impactaron diversos sectores industriales. Asimismo, iniciativas similares han sido exploradas en otros países, evidenciando una tendencia a reconsiderar la dependencia de cadenas de suministro internacionales, especialmente en bienes estratégicos. La complejidad de la situación se agudiza en un contexto donde la inflación global y las tensiones geopolíticas ya ejercen presión sobre los precios y la disponibilidad de productos electrónicos.
Según la investigación publicada por Gestión, la propuesta, que incluye la imposición de aranceles de hasta el 25% a productos que no cumplan con este requisito, podría tener un impacto significativo en el precio de dispositivos como el iPhone, un producto emblemático de la innovación estadounidense, pero cuya fabricación depende en gran medida de cadenas de suministro asiáticas.
La relocalización completa de la producción del iPhone en Estados Unidos, según estimaciones de analistas de Wedbush Securities, podría elevar su precio hasta los US$ 3,500, superando en más del triple su costo actual. Este aumento drástico se justifica por los mayores costos laborales, logísticos y de infraestructura que implicaría la reconstrucción de la intrincada red de proveedores que Apple ha establecido en Asia durante décadas. La dificultad radica en replicar la eficiencia y la especialización de las fábricas asiáticas, que se han beneficiado de economías de escala y una mano de obra altamente capacitada.
Un análisis más prudente, realizado por el banco UBS, sugiere que incluso trasladar únicamente el ensamblaje final del iPhone a Estados Unidos, manteniendo la producción de componentes en Asia, generaría un incremento de entre el 20% y el 54% en los costos de fabricación. Este escenario, aunque menos extremo que el anterior, también implicaría un aumento en el precio final al consumidor, lo que podría afectar la demanda y la competitividad de Apple en el mercado global. La empresa se enfrentaría al dilema de absorber parte de los costos o trasladarlos al consumidor, afectando sus márgenes de beneficio o su cuota de mercado.
Adicionalmente, Morgan Stanley ha calculado que un arancel del 25% sobre los iPhones ensamblados en el extranjero añadiría aproximadamente US$ 110 al precio de cada unidad. Si bien esta cifra podría parecer menor en comparación con el precio total del dispositivo, representa una presión inflacionaria considerable en el mercado tecnológico, que ya se encuentra bajo la lupa por el aumento generalizado de los precios de componentes y materiales. Este incremento podría desencadenar una reacción en cadena, afectando los precios de otros dispositivos electrónicos y contribuyendo a una mayor inflación en el sector.
Ante este panorama, Apple ha optado por una estrategia de diversificación, trasladando una parte de su producción a la India. Las exportaciones de iPhones desde la India hacia Estados Unidos crecieron un 76% interanual en abril de 2025, alcanzando alrededor de 3 millones de unidades. Sin embargo, esta cifra aún es insuficiente para satisfacer la demanda del mercado estadounidense, que se estima en más de 20 millones de iPhones por trimestre. La India se presenta como una alternativa viable a China, pero aún enfrenta desafíos en términos de infraestructura y capacidad productiva.
En conclusión, la idea de una producción nacional de Apple no parece factible a corto plazo, según los expertos. Más allá del impacto en los precios, una medida como la propuesta por Trump demandaría años de inversión, desarrollo de infraestructura y capacitación laboral, en un entorno global cada vez más competitivo y descentralizado. La apuesta por la relocalización podría tener consecuencias no deseadas, como la pérdida de competitividad y el encarecimiento de la tecnología, lo que pondría en riesgo la posición de liderazgo de Estados Unidos en el sector tecnológico.




