César Augusto kanashiro Castañeda
La Inteligencia Artificial se está manifestando principalmente como una evolución más de la llamada sociedad de la información y del conocimiento, del desarrollo del Internet de las cosas, del Big Data y de la economía de los datos, todo ello fruto de la Inteligencia Humana.
Obviamente la IA representa una enorme oportunidad de desarrollo económico y social para todos los sectores económicos y productivos, desde el agrario y agroalimentario, pasando por la industria del transporte (con la idea del vehículo teledirigido de forma segura), hasta la redefinición de las propias tecnologías de la información y de la comunicación, que están siempre en continua evolución.
Hay pocas dudas de que sectores clave como la sanidad, la educación, la banca o los sectores energéticos, liderados por organismos públicos o grandes empresas, acabarán más tarde o temprano de explotar todo el potencial de la inteligencia artificial (IA) que la legislación permita y el entorno mundial imponga. Pero lo realmente crucial en torno a la IA quizá sea la creación de una cultura digital receptiva que permita a las pequeñas y medianas empresas (pymes), a los sectores tradicionales y a la población en general abrazar su potencial.
Avances en el reconocimiento de imágenes son ya explotadas en multitud de sectores desde la conducción automática, pasando por la medicina, los controles de seguridad o la ropa hecha a medida. Se fijan ambiciosas metas a la hora de predecir y anticipar el comportamiento de los mercados y los gustos de los consumidores, incluso la capacidad de personalizar para cada individuo los productos y servicios. Otras empresas como Airbnb, Netflix o Amazon emplean el aprendizaje autónomo para segmentar audiencias y recomendar productos lo más adecuados posible a cada tipo de consumidor, generando un marketing cada vez más personalizado, que aprende sobre cada individuo de forma individualizada. Y tampoco podemos obviar el uso de la IA para la seguridad y detección de fraudes, o para la gestión de recursos energéticos, e incluso para gestionar logísticamente una fábrica.
Como vemos, existen numerosas aplicaciones más que interesantes de empleo de IA, ¿pero por donde empiezan las pymes? Un caso interesante para asimilar la cultura de la IA es el chatbot conversacional: un programa que basado en la IA y otros desarrollos informáticos es capaz de mantener una conversación o ejecutar acciones a demanda con una persona real.
Un chatbot puede canalizar toda la comunicación interna y externa de una empresa. Con un tamaño superior a 50 empleados la comunicación interna de la empresa requiere de estructuras costosas y poco eficaces para canalizar la información interna. Un chatbot, como ocurre con casi todas las tecnologías de inteligencia artificial, es una revolución en toda regla. Su volumen de datos generados permitiría identificar hasta el estado emocional positivo o negativo global de una empresa de 200.000 empleados y de una sucursal de menos de 50. Amén de la identificación de problemas, permite asimismo recoger los feedbacks de clientes, agilización de pedidos, dar una respuesta en cualquier momento, etc.
Sin embargo, hoy la comunicación externa a través de la tecnología chatbot es una revolución de una entidad todavía difícil de evaluar, pero muy fácil de intuir, y que tendrá una implicación importantísima en comercio online, en la asistencia telefónica y call centers, en la captación de leads… Un “vendedor” amable, capaz de dar un trato personalizado, que trabaja 24 horas los 7 días de la semana, que ejecuta peticiones de los clientes -una reserva, un pedido, una orden de compra- y que llega a atender una queja. Los “first adopters” ya tienen resultados concluyentes: los chatbots mejoran no sólo los costos, sino que además ya empiezan a vislumbrar los efectos positivos en la relación con los clientes, especialmente en las tasas de conversión y ventas.
Es necesario incidir en una imperiosa necesidad de desarrollar estrategias que potencien la IA en las economías. Sobre todo si comparamos la situación existente entre diferentes países, con bloques bien definidos donde Estados Unidos y China se confirman como potencias destacadas, y con una Unión Europea rezagada, que lejos de sumarse al carro se permite incidir en errores históricos que muestran preocupantes signos de debilidad, como la carencia de un mercado digital único, la inexistencia de unicornios digitales relevantes, estrategias aisladas de los países que no aprovechan el marco único europeo, restricciones a la explotación de datos, o el “Brexit”, que supone la salida de la economía digital por excelencia de la UE. De hecho, las primeras previsiones ya nos sitúan un escenario en el que la región Asia Pacífico liderará los rendimientos derivados de la IA, seguida de Norteamérica y, a mayor distancia, por Europa.
Si un país quiere ser relevante en este sector fundamental tiene que aspirar a crear su propio “ecosistema” en torno a la IA, muy integrado internacionalmente con los líderes en estos campos. Incluso China, que pretende liderar este campo a escala global, habla de “la necesidad de una colaboración global”. Pero, aun así, hay y habrá una competición brutal para la captación de talento, fundamental para la investigación, el desarrollo de capital humano, la generación de empresas relevantes, la generación de habilidades y educación o la rápida adopción de innovaciones y tecnologías IA en el sector público y privado… Además de, tener ideas claras sobre la ética e inclusión, normas y regulaciones, e infraestructura digital y de datos.




