ANTONIO PAUCAR EN POZUZO

Por Israel Tolentino

Suena el teléfono, estoy en el aeropuerto con rumbo a Berlín me cuenta. Desplazarse es una constante en la vida de Antonio. Recuerdo una frase de la historiadora Doris von Drathen: “hoy en día alterna entre Europa y los Andes a donde regresa varios meses cada año para zambullirse en la cultura andina”. La llamada termina y una idea inversa me ocurre: Antonio alterna entre los Andes y Europa, va unos meses a zambullirse de cultura europea.

Cuando nos despedimos de Antonio la última tarde, quedó pendiente la promesa de un encuentro en Aza o Pozuzo, a parte del sonido seseante de los nombres, esta vez le tocó a él, junto con Mayu su pequeño hijo, bajar al verde de la Selva Alta. Llegar de Huancayo a Pozuzo son tranquilamente ocho horas con trasbordos y esperas.

Es víspera del día del padre, con un poco de lluvia desde el amanecer el día se ha mantenido fresco, entre las vueltas en el pequeño pueblo, un detalle importante fue el encuentro con la elegancia de una hoja de tonos rojos, Antonio la recogió y con unos pequeños cortes con la mano la transformó en máscara, luego de quitársela se la probó Mayu.

Hay artistas que se visten como tal cuando les encuentras en su taller, los observas trabajar, miras sus obras y, luego, cuando se paran y cuelgan su mandil y salen de su espacio de taller, se vuelven y confunden con los seres mortales; en el caso de Antonio Paucar sucede un encuentro contrario, por donde lo observes, el artista está presente en cada espacio; su taller es el lugar donde puede apreciarse laborando al artesano, en cambio fuera de ese espacio, continúa el artista en toda plenitud, desde todos los puntos de vista.

El taller y la obra son partes que se completan con su presencia, en ese intervalo entre esos dos espacios él se visibiliza como el creador, así mismo en las más inverosímiles estancias triangula esa experiencia: artista, obra y espacio. Cuando se lee sobre Piero Mazzoni: “aire de artista”, puede pensarse que estamos frente a una burla, y tal vez esa primera mirada y entuerto mental termine siendo cierto, pero luego, la inteligencia se sobrepone y empieza a encontrar detalles que se despojan de la rutina y se torna en hecho estético, artístico, en la capacidad humana de asir el momento e inmortalizarlo si no en todo, seguro en algunos casos.

La época es terrible, arte puede ser todo y ¿quién te dice esto es y esto no? La apreciación se vuelve un acto individual; el artista, en estos tiempos de poca fe intenta recuperar atisbos de magia, de aurea, de sacralidad, de magnetismo, términos opacados por la velocidad. No hay nada nuevo bajo el cielo, sin embargo, cada ser humano tiene una luz que rebota en las pupilas como el esplendor de una estrella.

Los pies del artista respiran la yerba húmeda de Pozuzo, cada paso se vuelve un encuentro con la tierra viva. Mira los rededores y medita en los años sucedidos a la migración en esta zona del país, en 1824 una joven república librando sus últimas batallas y en años siguientes, 1859, invitando a tiroleses y rennianos a colonizar su patria.

Andar por una ciudad pequeña, cruzar las pocas pistas, buscar una heladería, saludar a cada persona que pasa, es sentirla como la prolongación de tu casa. Una comunidad que se abre como uno a ella. La mirada de Antonio entona con la calma y el verde de los cerros, piensa en los peligros de la modernidad y por cuanto tiempo más se tendrá ese paisaje delante.

Hay algo importante en este encuentro, hacer silencio, ponerse a chacchar y dejar que los pies descubiertos respiren el aire tibio de la selva, la cotidianidad en este lar te junta a su ritmo, a la sencilla forma de llevar las horas, al respeto de la salida del sol y la llegada del canto de la fauna nocturna.

Es temporada de San Juan, conseguimos juanes en el restaurante de doña Maura. Terminamos la botella de “Patxaran Barañano” traída por Gina desde Madrid, abierta con Samuelito, luego continuada con Paco y María. Para no quebrar la continuación de las pócimas, abrimos un Agave Andino obsequiado por tío Nelson en Tomaykichwa.

Se oye el primer croar, la despedida torna el momento en compromiso para una nueva visita. Buen retorno querido Toño (Pozuzo, julio 2024).