Por Israel Tolentino
Antonio estira las manos y toma el pocillo de café humeante, está caliente, le quema y bruscamente apoya sus codos sobre la mediana mesa cubierta con un improvisado mantel tejido en telar, el cuenco ante el movimiento, derrama algo de café, Antonio pasa la mano como queriendo evitar que el líquido negro manche el mantel, en la acción se admira de la solidez de la mesa, sobre todo de la frialdad, le parece anormal el material y como quien curiosea, toca los bordes y encuentra un espesor inusitado, percibe una especie de laberinto hecho de relieves en aquella parte encubierta. Ante sus curiosas preguntas, la familia que le tiene por invitado, le cuenta que su mesa es una sola pieza de piedra encontrada muy cerca, en un lugar donde hay enterrados muchos otros restos antiguos. El invitado investigador es Antonio Raimondi y esa piedra que hacía las veces de tabla es un artefacto representativo de la cultura Chavín bautizado posteriormente como estela Raimondi.

Antonio García, es un artista visual, desde hace muchos años con afinidad por lo amazónico, ha encontrado en ese intercambio: smog por oxígeno, oxigenación para su vida y su arte, sus coqueteos con la yacumama le ha dado otras posibilidades de fructificar su visualidad, de encontrarse más allá de su ciudad de panza de burro, de saborear el verde de la clorofila, hallar los tintes naturales, adentrarse o descubrir otros campos de vigor. Transitar de Lima a la selva sin pasar por los andes es imposible, es en ese paso atrapado por el macizo andino, precisamente en uno de los espacios decisivos en el inicio de la civilización. Del Rimac al Ucayali y de este al Mosna y Huacheqsa, los linderos de Chavín, el complejo arqueológico arquetípico en el advenimiento de la civilización andina.
Cierta noche subiendo de Lima a Cusco, en la noche estrellada de la Pampa de Nazca, recordaba a su profesora de secundaria hablando de Antonio Raimondi, y diciéndose él: es mi tocayo. En esos años ni en la más extraña pesadilla vinculaba su vida con los andes, menos con el arte y remotamente con Raimondi. Los sueños como las pesadillas parecen persistentes. Antonio, “Toño” García cierta madrugada, desempolvando el rincón de sus bolsillos y auto descubrió inusitadas historias: los andes, el arte y su tocayo italiano.
Camina sonriendo mientras dibuja en el espejo de la boutique los rostros de sus hijos dándole besos, despidiendo a papá que deja el Cusco para volar al encuentro de su tocayo en Milán. Una íntima exposición hecha en dos años de encierros en su taller cusqueño, de idas y vueltas atravesando Challhuanca, Puquio, Nazca… Y ahora, viendo su rostro junto al de sus hijos en una vitrina en la Galería de Vittorio Emanuele II, entre el Duomo y la Scala de Milán.

La embajada de Perú en Italia ha llevado toda su obra expuesta hace poco, con el título de: “Diálogo diferido. Itinerarios de viaje” Antonio Raimondi, Antonio García. En la sala Inca Garcilaso de la Vega del Ministerio de relaciones exteriores en Perú a Italia. Como todo viaje, apertrechado de obras hasta en la sombra.
Hechas en serigrafía, tres estelas Raimondi de grandes dimensiones restablecen a la vista de muchos los relieves escondidos en la mesa de aquella familia convidando un pocillo de café al sabio Raimondi. “Toño” con su simpática elegancia ha logrado darle a la monstruosa divinidad un grado de asequible luminosidad, ello no mengua su significado, todo lo contrario, la actualiza y acerca a un público que tranquilamente podría confundir que esos iconos son ensoñaciones del artista luego de haber bebido San Pedro o Wachuma.

En otro lado de la sala, el lanzón Chavín y la Puya Raimondi realizados en un tinte negro sobre la tela teñida en un fondo nogal se actualizan de tal manera que en el recinto donde se encuentran, piedra y planta son la imagen sintética de dos íconos, la primera personifica a la deidad receptora de un sin número de ofrendas de corazones latiendo y la segunda expresa a esta planta que tarda cien años en mostrarnos su floración; muerte y vida, vida y muerte según el lado donde se ubique.
Seguir la ruta visual de su tocayo Raimondi le ha llevado a recorrer medio planeta, devolverle la visita, sobre todo mostrarle aquello que parecía secreto para los ojos, un conjunto de imágenes que vinculan dos tiempos y devuelven para el espectador el misterio subvertido en cada imagen de Antonio y “Toño” y Chavín (Pozuzo, mayo 2024).




