Escrito por: JACOBO RAMÍREZ
Se dice, y con justa razón, que Huánuco es una ciudad de pillco mozos, de hombres de manos cruzadas, de bellas durmientes. Y lo cierto es que motivos los hay de sobra para afirmarlo. De hecho, algunos de quienes aspiran a ser nuestros gobernantes parecen tenerlo claro. Pues saben que nuestros reclamos, si los hacemos, son efímeros; nos duran lo que un balón de oxígeno, para usar una comparación que lamentablemente hoy nos es familiar. Nuestros berrinches no pasan de eso: de meras pataletas. Surgen por culpa de una obra detenida, por la liberación de algún maldito feminicida, porque se olvidaron de darnos el bono. Pero no sirven para maldita la cosa porque se quedan ahí. Nuestras autoridades, por supuesto, felices de la vida. Nos dan pan y circo, y con ello nos tienen adormecidos. Olvidamos incluso aquello que puede causarnos mucho daño. Como lo fue en su momento el corte de agua potable, durante aproximadamente una semana, de que fuimos víctimas, sin que aquí pasara nada.
Recuerdo que en aquel entonces se cortó el servicio de agua en toda la ciudad. Cientos de huanuqueños recorrían las calles con baldes, tinas, galoneras, solo faltaba que lo hicieran bacinicas en mano, buscando el vital elemento. Y de esa manera poder cocinar, lavar la ropa, limpiar el baño. De vecino en vecino rogando por un poco de agua, escuchaban la misma respuesta: «Agua no guay, no guay». Pero ¿qué era lo que había pasado? Pues que un camión cisterna se había despistado, cayendo a orillas de la quebrada de Mitocucho, la misma que desemboca en el río Higueras, abastecedor de agua potable para Huánuco.
Las quejas comenzaron a difundirse por las redes sociales, por los diferentes medios de comunicación. Mientras que nuestras autoridades, por su parte, juraban que ya se encontraban en busca de los culpables. Sin embargo, después de unas semanas, cuando muchos huanuqueños ya se habían bañado, comenzó a difundirse por algunos medios que la cisterna que había ocasionado tremendo caos estaba vacía, que solo habían caído al agua unas gotitas, de petróleo para algunos, de gasolina para otros, pero gotitas, al fin y al cabo. No faltaron los despistados que dijeron que lo que llevaba la cisterna era gas, y que por gusto reclamábamos. Recuerdo haber leído que, en vez de reclamar, deberíamos agradecer a la empresa proveedora del servicio de agua por el favor que nos hicieron al hacernos beber agua con combustible, porque demostrado está que, bebido en pocas cantidades, limpia nuestros intestinos. El caso es que las fotografías que se difundieron de las pozas en que se trata el agua lo único que producen es asco. Si de solo recordarlas hasta los pelos de mi shapra se ponen en punta. Esas paredes llenas de moho, ese suelo con barro y sabrá Dios con qué más, me hacen pensar en que, si muchos huanuqueños son panzoncitos, no es por las chelas, sino por los oxiuros, tenias y otros tipos de lombrices.
Y ya que hablamos de ello, vale la pena recordar lo que cierto amigo me contó alguna vez acerca de la expresión “agua potable”. Me dijo que en el antiguo Egipto el faraón era considerado Dios, y todo lo que él tocaba o usaba era bendito y purificaba. En tal sentido, cuando se bañaba, el agua que usaba era sagrada, por lo que la gente buscaba tomarla; ya que, según sus creencias, les purificaba el alma y el cuerpo. El tal dios se lavaba dos veces a la semana de la cintura para abajo, y esa agua con la que, literalmente hablando, se aseaba el poto, era la potable, y la más deseada por la población. Ahora que pienso en las pozas donde reposa el agua que tomamos, me imagino cuántos potos, no sagrados, habrá lavado esas aguas. Como sea, si alguna vez, queridos amigos, el agua potable les ocasiona un malestar estomacal, coman guayaba. Los atorará hasta que otra cisterna se vuelque en el río, y de nuevo limpien nuestros reservorios.
Las Pampas, 01 de abril de 2021




