Escrito por. Ronald Mondragón Linares
La problemática de la universidad peruana presenta varias dimensiones: académica, social, política, económica, jurídica. Sin embargo, pese a esas varias facetas, la esencia y la razón de ser de la universidad es ciertamente su esencia académica. Esta se realiza mediante el proceso de formación de profesionales y la generación de nuevos conocimientos, vale decir, la producción intelectual y científica. Ambos objetivos apuntan a un tercer eje central: el desarrollo social. Sería un sinsentido intentar comprender la institución universitaria sin insertar el aspecto académico con las necesidades del progreso de la sociedad.
Este artículo solo quiere dar una mirada panorámica del problema actual de la universidad peruana y acercarse, de manera introductoria, al problema específico que constituye la realidad académica universitaria.
Los logros de la universidad se miden en términos de eficiencia y competitividad, es decir, en logros de competencia en los aprendizajes y solvencia académica. Estos logros necesitan mecanismos de control apropiados; ahora se dan mediante la implementación del sistema de evaluación y acreditación de centros de estudios de nivel superior.
Al abordar el problema de la realidad académica de las universidades en nuestro país, vemos que hay, de entrada, un problema de heterogeneidad. Cada universidad tiene una problemática específica y, por consiguiente, procesos y desarrollos distintos. También se observa una falta de conexión e integración entre ellas, en términos reales y más allá de buenos deseos e intenciones individuales. La PUCP se conduce en base a otros estándares de calidad que una universidad de provincia e incluso que otras universidades limeñas. Esta desconexión esencial entre las universidades se reproduce en el ámbito internacional.
¿Cómo determinar, entonces, el nivel de eficiencia y calidad hablando estrictamente desde el desempeño académico universitario?
No se puede hacer abstracción del cuadro social y cultural de la realidad de nuestro país. El estudiante llega a la universidad con severas deficiencias y tareas académicas que arrastra desde la escuela y el colegio. Un alumno con pobres niveles de comprensión de lectura no puede reinventar significativamente esa competencia en las aulas universitarias. En la medida en que se comprenda que la educación es un todo con niveles realmente articulados, el conocimiento y los aprendizajes que se obtengan serán siempre parciales, inconexos y faltos de cohesión. Se requieren aquí estrategias globales como políticas de estado en materia educativa, estrategias que deben reunir la innovación pedagógica , el rediseño de la carrera magisterial, los estándares de calidad profesional, controles eficaces de certificación en el nivel superior y aspectos básicos de presupuesto e inversión pública.
Ahora bien, desde el lado de los docentes universitarios, en el proceso de enseñanza-aprendizaje los contenidos específicos deben tener, realmente, nivel superior. Este se hace notorio sobre todo con la profundidad, profundidad de ideas, en el análisis, en los estudios comparativos, en los textos y autores seleccionados, en el modelo pertinente de enseñanza, en la relación entre contenidos y competencias, etc. La falta de profundidad no solo es una debilidad intelectual; es un atentado contra la comprensión integral de los fenómenos del mundo y contra el perfil profesional que la visión de una universidad pretende para sus egresados. Así, la carencia de profundidad –que debe llevar de la mano la teoría y la práctica-no solamente compromete el futuro sino que habla negativamente de la situación presente de la institución universitaria.
La profundidad no pude entenderse de manera aislada. Por ello, debe ir acompañada de un aspecto igualmente importante: la actualización. Si no hay actualización, la profundidad por sí misma se convierte irremediablemente en escolástica, en principios repetitivos y dogmáticos. Actualizarse implica estar a tono con el grado de desarrollo de las ciencias, las humanidades y las artes. El docente universitario necesita actualizarse en contenidos (debería ser el principal interesado y actor de los programas curriculares), en métodos, estrategias cognitivas, didáctica, tecnología, bibliografías. Un esquema metodológico o de estudio social propuesto hace doscientos años probablemente deba verse bajo otra óptica y bajo otros instrumentos de análisis. El modelo lineal o secuencial de enseñanza tradicional debe dar paso a un modelo holístico o sistémico, en consonancia con los avances de la ciencia pedagógica actual.
La médula académica e intelectual de la universidad exige la producción de nuevos conocimientos. Estos se propagan en las redes y en el mundo de la virtualidad como reguero de pólvora, pero sin orden ni concierto. El profesor debe estar atento a los cambios y ser capaz de discriminar los contenidos de las abundantes informaciones y seleccionar aquellos que alimenten y aporten al proceso educativo. Sin embargo, debe trascender. Trascender, desde el espacio del docente, es generar conocimiento a partir de la investigación. La creación intelectual, entendida como el aporte al conocimiento de un sector de las disciplinas científicas o humanistas, es la instancia profesional más alta a la que debe aspirar todo docente universitario y la única garantía de aporte al desarrollo social, que es la razón de existir de las universidades. De esta manera, la universidad, a su vez, trasciende y pervive como institución incorporándose efectivamente en el proceso histórico de desarrollo de los pueblos. Este es, pues, otro aspecto fundamental de su esencia académica: la creación de más y nuevos conocimientos.




