Ronald Mondragón Linares
He terminado de leer con verdadero placer un artículo de Gilles Deleuze sobre Sartre titulado “Fue mi maestro”. Para este filósofo francés, vivimos una generación sin maestros; define al maestro como quien nos sorprende con una novedad radical, con un método o estrategia intelectual acorde con nuestra necesidad y con nuestro tiempo. Para Deleuze, realmente fue Jean-Paul Sartre quien supo decir algo nuevo.
Sartre, desde el punto de vista del hombre-intelectual, fue un coloso del siglo XX. No solamente porque dominó varios géneros literarios o participó en variados campos de la intelectualidad, sino porque -probablemente, a su pesar- se constituyó en un referente público de polendas, en una imagen estilística representativa; en un faro de potente luz, que alumbraba desde la orgullosa París de mediados del siglo; en un mito turbador en el cual se fundían el literato y el político, el filósofo y el simplemente humano.
Según Deleuze, Francia produjo intelectuales notables en el siglo que pasó: Merleau-Ponty, Camus, Foucault; pero ninguno como el autor de “El ser y la nada”, ninguno alcanzó esa devoción terrena, mística y legendaria al mismo tiempo.
Veamos. La novela de mayor impacto literario y representativa del existencialismo filosófico fue, qué duda cabe, “La náusea”. Esta es portadora de una soberbia propuesta estilística. El tono le encaja exclusiva y absolutamente a su autor. El protagonista, Antoine Roquentin, es el álter ego del autor: solitario, dueño de los cafés y de los paseos bajo la lluvia y el cielo plomizo de Bouville; asiduo de las grises bibliotecas, de una que otra taberna azulada por la luz mortecina y el humo de los cigarrillos…
El modus vivendi “existencialista” se difundió mundialmente; recuérdese que era la época de los hippyes y de los Beatles. Tal paradigma cultural de filo existencialista era evidentemente contestatario, rebelde e iconoclasta por naturaleza.
Sartre -continuador o más bien superador de Kierkegaard o de Heidegger, es decir, iconoclasta y abanderado del existencialismo ateo- se convirtió él mismo, otra vez, a su pesar, en un ícono.
Se manifestó contra su propio país, la venerable Francia republicana y democrática, y se opuso a la colonialista guerra de Argelia. Luego del triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, el brillante filósofo francés viajó a La Habana para estrechar la mano de Fidel Castro, en un gesto de abierta simpatía al primer gobierno comunista de América Latina.
En 1964, lo impensado y lo impensable tienen la firma sartreana: rechazó al Premio Nobel de Literatura, aduciendo, entre otras razones, que su actividad como escritor no debía tener como intermediación ese tipo de reconocimientos de parte de organismos o instituciones semejantes y que, además, “no quería dejarse recuperar por el sistema”. El mundo, no solo la gente de letras sino la opinión pública mundial, impávido, no atinaba a reaccionar ante tal impostura.
Cuando fue director de “Los tiempos modernos”, revista de gran solvencia y prestigio artístico, literario y cultural, rompió relaciones definitivamente con Albert Camus, a causa de insuperables desacuerdos ideológicos. Sartre, para esa época, ya se había adherido al marxismo (había escrito “El existencialismo es un humanismo” con el propósito de reconciliar ambas corrientes); mientras que Camus, a través de “El hombre rebelde”, había puesto de manifiesto su rechazo a los postulados marxistas y socialistas y su adhesión al nihilismo filosófico.
El gran Jean-Paul Sartre, como es de suponer, tuvo muchos detractores. Me acuerdo en este momento particularmente de dos de ellos.
George Steiner, uno de los más importantes críticos literarios del siglo XX, consideraba que Sartre, en filosofía, era de talla más bien mediocre, pues su obra era un apéndice de las ideas de Heidegger.
Por su parte Jorge Luis Borges fue mucho más lejos. En una oportunidad, cuando un periodista le preguntó: “¿Qué piensa de Sartre?”, solo atinó a responder: “Bueno, no suelo pensar en Sartre”. Con sus eternos lentes de miope y su eterna pipa, me imagino lo que Sartre hubiera dicho: “El hombre no es nada más que sus actos, no es nada más que lo que él se ha hecho a sí mismo”.



