Jorge Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Conocido como nuestra principal herramienta de comunicación, el lenguaje, esto es, las palabras de que se compone, es el único instrumento, de los innúmeros creados por el hombre para relacionarse con sus semejantes, capaz de organizar con coherencia, con precisión, con pertinencia aquello que pretendemos decir, y que, a pesar de nuestras muchas no siempre reconocidas limitaciones, acabamos diciendo con menor o mayor acierto, o eso creemos. No son pocas las veces, sin embargo, en que, lejos de emplear las palabras para señalar una determinada realidad (como cuando decimos, por ejemplo, la expresión “hijo de puta” para aludir a la condición de “mala persona”, característica de algunos de nuestros inefables congresistas), lo que hacemos, más bien, es utilizar determinados vocablos, en lugar de otros “proscritos” de la comunicación supuestamente alturada, para supuestamente también rehuir la mención de la realidad a la que estos aludirían; todo ello, dizque porque esta sería “desagradable” a los finos oídos de algunos, como si su sola pronunciación pudiera hacer que recayera sobre nuestras cabezas, por el mero hecho de realizarla, alguna oscura y siniestra maldición.
Así, recurso retórico de antigua data, el eufemismo, esto es, de la “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”, es empleado por las gentes con tanta, pero tanta, regularidad, que hemos llegado al extremo idiota de utilizarlo hasta para evitar la pronunciación de términos que, en principio, fueron también en su momento otros eufemismos. Como sea, no es hoy raro toparnos con expresiones, huachafas hasta la náusea, como “poco agraciado”, “inyectar liquidez a la banca” y “reajuste de precios” en lugar de “feo”, “dar dinero público a los bancos privados” y “subida de precios”. Como si el ser feo fuera delito; como si nadie se diera cuenta de lo cuestionable que resulta entregar los recursos del Estado a entidades privadas; como si alguien ignorara que por más que los “reajustes de precios” podrían indicar que estos pueden tanto subir como bajar, lo cierto es que nunca denotan su baja.
En cualquier caso, y aun aceptando que el uso de eufemismos sea necesario en determinadas circunstancias, lo que no parece tener explicación alguna es el hecho de que se dé por utilizarlo en casos en los que no tendríamos por qué hacerlo; habida cuenta de que las palabras a las que se estaría reemplazando mediante este recurso, no tendrían nada de “malo”. Es lo que sucede con la voz “trabajador”, que de un tiempo a esta parte ha comenzado a rehuirse con pasmosa regularidad; como si en lugar de significar “persona que tiene un trabajo retribuido”, según su tercera acepción académica, a lo que hiciera alusión más bien fuese a algo de lo que quienes lo fueran tuviesen que sentirse avergonzados. ¡Tiempos aquellos en que se decía, y se sentía, que el trabajo dignificaba al hombre!
Qué dignificación ni qué ocho cuartos. Si hoy ya nadie parece querer ser tenido por trabajador. Buscan trabajo hasta debajo de las piedras, y, cuando lo encuentran (claro: si es que lo encuentran), no quieren que los llamen trabajadores ¡Colaboradores es lo que quieren ser esta tira de pendejos! ¿Pero en qué momento la palabra “trabajador” se nos volvió sinónimo de “mierda”, que nadie la quiere llevar encima? Nunca, por supuesto. Pura huachafería nuestra. Huachafería y obcecación nuestra que nos lleva a incurrir en ridiculeces como la antedicha. Colaborador es el que “colabora”. Colaborador es uno, por ser “persona que escribe habitualmente en un periódico, sin pertenecer a la plantilla de redactores”.
La situación, por supuesto, no pasaría de ser solo una más de las muchas huachaferías en que de ordinario incurrimos algunos peruanos, si no fuera porque no faltan los empleadores que, amparados en el hecho de que cada vez hay más gentes deseosas de ser consideradas “colaboradoras” en lugar de “trabajadoras”, se aprovechan de ello, y desconocen los derechos laborales de estos pobres incautos. Con lo que el panorama se torna verdaderamente sombrío. Y no es exageración, que las peores desgracias que le pueden sobrevenir a uno son precisamente las que llega a sufrir como consecuencia de abrir la boca. Ahí está el pez para dar fe de ello.
El trabajo siempre dignifica al hombre, por muy elementales que este o aquel pudieran ser. Que no nos vengan a querer convencer de lo contrario. Y menos si detrás de dicha actitud hubiese oculta alguna cuestionable intención como la arriba descrita. Es más, aunque solo sea por una cuestión de buen gusto, quitémonos de la boca la ridiculez esa de “colaborador”. Y si tanto quiere alguien ser tenido por tal, pues que colabore, pero cerrando el hocico, que, para estar diciendo sandeces, mejor se queda uno callado. Eso: mejor se queda uno callado.



