LAS CARTAS DE RILKE (II)

Ronald Mondragón Linares

 CARTA II

“Precisamente, en las cosas más profundas e importantes, estamos indeciblemente solos”. Cuando haya ausencia de creatividad, cuando de pronto nos ataque la futilidad, la fatuidad o la “ironía” con respecto a nuestro trabajo, aconseja Rilke volver a la profundidad y a la seriedad de los grandes temas.

Luego, en esta breve carta, el maestro recuerda a su discípulo que él siempre lleva consigo dos libros indispensables: la Biblia y la obra del poeta danés Jens Peter Jacobsen. Sobre los libros de Jacobsen, dice: “Ámelos…Un mundo aparecerá ante usted: la felicidad”.

CARTA III

“Las obras de arte son de una infinita soledad y nada está más distante de ellas que la crítica”.

El escritor no puede vivir su oficio en función de la crìtica literaria. Debe vivirlo en función de sus más íntimas y profundas convicciones, y solo así obtendrá respuestas claras a sus inquietudes. Los dos más altos valores del escritor en su trabajo son dos: la humildad y la paciencia.

CARTA IV

En esta carta, el autor retoma un tema del cual había tratado, sin profundizar demasiado, en la parte final de la carta anterior: el sexo.

“El sexo es arduo”, dice Rilke, en el sentido de la dificultad para la comprensión de su esencia y su significado existencial.

El sexo, el goce corporal, constituye “una infinita experiencia, como un conocimiento del universo, de su plenitud y magnificencia”. Esta experiencia es incomprendida por la gran mayoría que no hace sino tomarla a la ligera, sin tomar en cuenta, por ello, de la gran importancia que tiene para la realización humana.

En la sexualidad, es decir, en la integralidad del sexo, se reúne el porvenir, el presente y el pasado del hombre, entendido este como una realización cultural a largo de las generaciones y no solo como mero acto de procreación y reproducción. “En un solo pensamiento creador reviven mil noches de amor, que lo engrandecen y subliman”, escribe Rilke.

CARTA V  Y VI

La carta V es una breve carta donde el poeta alemán expresa la soledad que siente durante su estadìa en Roma. Por eso, desarrolla este tema en la siguiente misiva a Kappus.

“Qué sería una soledad que no tuviera grandeza”, pregunta el gran Rilke. La soledad no es un estado físico, es preeminentemente un estado espiritual. De ahì que Rilke invita a su amigo ingresar a ese templo de grandeza que es la soledad interior. Y lo mejor y màs profundo de esa soledad interior es la infancia. “Únicamente el individuo en soledad està sometido a las leyes profundas” de la existencia. Esta es una condición básica del genuino escritor, adentrarse, pues, en las regiones de mayor profundidad del espíritu, que solo pueden ser halladas ante la maravillosa presencia de la soledad autèntica, verdadera, interior.

CARTA VII

Como el sexo, el amar es arduo, difícil. Se equivoca, según Rilke, quien piensa que el amar entregarse y fundirse en el otro. Absolutamente equivocado.

El amar supone un aprendizaje por el cual el individuo madura, se desarrolla y trabaja en pos de una realización común. Implica desarrollo individual, de ninguna manera dependencia alguna. La genialidad del pensamiento de Rilke lo define así: El amar es “convertirse un individuo en un mundo para sì en torno a otro”.

El genio rilkeano traspone épocas y se adelanta con rigor y lucidez notables a la actual discusión sobre el papel de la mujer en la relación amoroso-sentimental con el sexo opuesto y dentro de la familia:

“(La esencia humana ) de la mujer, madurada en los dolores y humillaciones, saldrá a luz cuando ella haya abandonado los convencionalismos de lo exclusivamente femenino y quiebre las cadenas de su condición social. Los hombres, que aùn hoy no presienten ese momento, se verán sorprendidos…Un dìa la joven será y será la mujer…no significarà tan solo lo contrario de lo masculino sino algo por sì mismo, no como complemento o lìmite sino como una forma completa de vida: el ser humano femenino”.