Ronald Mondragón Linares
Las “Cartas a un joven poeta” de Rilke, constituye una verdadera joya de la Literatura Universal. Se trata de diez cartas escritas por el genial autor alemán a Franz Kappus, un joven poeta que le pide, a través de misivas, respuestas a sus inquietudes y reflexiones artísticas y humanas. Se publicaron en forma de libro recién en 1929, en Leipzig, Alemania, aunque fueron escritas entre 1903 y 1908.
Una de las fortalezas de la obra, -en realidad, a mi juicio, su columna vertebral-, es su carácter auténtico, como corresponde a toda genuina comunicación epistolar. Pero que, en el caso de Rilke, se potencia y adquiere su máxima dimensión en pureza y experiencia vívida y real de los más altos sentimientos del ser humano. Nada hay de preconcebido ni de predeterminado en las cartas que Rilke escribe a su joven destinatario; nada de afectación, ni de falaz en los modales ni en el afecto que destilan las palabras del maestro; nada de grandilocuencia ni ostentación intelectual ni el aire acomplejado de quien se cree frívolamente superior.
“Cartas a un joven poeta” es, por decirlo así, el libro sagrado en miniatura que todo aspirante a escritor está en la obligación de leer. Llama la atención, de entrada, la profundidad de las ideas y las consideraciones de Rilke, las cuales traspasan largamente el ámbito académico y se sitúan en el espacio privilegiado al que todo escritor aspira llegar: el espacio intrínseco y puramente humano, desde donde Rainer Maria Rilke construye, genialmente, un testimonio que es, al mismo tiempo, legado espiritual para los artistas (y para el mundo) y fundamento teórico de las creaciones estéticas. De manera que insumo teórico, experiencia de vida y experiencia estética se funden en un todo integral para brindarnos una “pequeña” obra maestra, plena de vitalidad y vigencia, como todos los clásicos.
No olvidemos que Mario Vargas Llosa, nuestro celebrado novelista y Premio Nobel , tomando esta obra como referencia y punto de partida, escribió –parafraseando el título de Rilke- “Cartas a un joven novelista”, en 1997.
A continuación, una breve reseña de las cartas del autor de “Elegías de Duino” y “Sonetos a Orfeo”:
CARTA I
“La mayor parte de lo que ocurre es inexpresable –dice Rilke-. Y más inexpresables aún son las obras de arte, existencias (…) con vida perdurable, al contrario de la nuestra, que es efímera”.
Así empieza Rilke su primera carta a Kappus, al poner de manifiesto su rechazo a la utilización de terminología crítica, tan ajeno al verdadero arte, que realmente es “inexpresable” en el sentido de que es imposible de expresar y explicar cabalmente en sentido lógico y racional. La racionalidad es apenas un pequeño intento de aproximarse al corazón mismo del arte.
Luego, el maestro le pide al joven poeta que abandone, por el momento los intentos de mostrarse y enviar sus escritos a las editoriales. Le aconseja no mirar afuera sino volver sobre sí mismo. Es decir, indagar en su interior más profundo y, específicamente, sobre los motivos más recónditos que tiene para escribir. Si alguien quiere ser escritor, pero llega a la conclusión de que podría vivir sin escribir, mejor sería abandonar el propósito. Porque el verdadero escritor no concibe su propia vida sin la necesidad de escribir; es más, hasta los aspectos más insignificantes de la vida deben fundarse en tal necesidad. El arraigo interior de los auténticos escritores es totalizador y de carácter excluyente. Nada, ni la familia, ni los hijos, ni el amor, ni las costumbres, nada debe sobrepasar la importancia de la experiencia vital del escritor.
Rilke le pide a Kappus volver y adentrarse en su interior. Y en el interior siempre, como una joya eterna, permanece la infancia. Según el gran poeta alemán, la infancia es una rica veta y fuente de poesía. Cuando el escritor vuelve a esta fuente y a la pureza de la infancia “su personalidad se fortalecerá, su soledad se poblará y convertirá en una morada de luz crepuscular”. En otra parte, dice Rilke sobre la infancia, que “es la verdadera patria del hombre”.



