Ronald Mondragón Linares
El asesinato del general iraní Qessam Soleimani, ocurrido la madrugada del viernes 02 de enero por fuerzas militares norteamericanas, en el aeropuerto de Bagdad, augura una escalada feroz de ataques a objetivos estadounidenses por parte del régimen islámico del ayatolá Jamenei, así como la exacerbación del conflicto en Medio Oriente, atravesado por diversas variables y muchos actores geopolíticos.
A partir de ese hecho, se puede predecir con cierta validez los movimientos a realizarse en el tablero internacional. De hecho, luego del atentado al poderoso jefe militar iraní, el precio del barril de crudo se incrementó en 4 %. En lo inmediato, Irak se convertirá en una tierra de nadie, pues prácticamente está entre dos fuegos: el de EE.UU, el abominable abusador-protector de filo imperial; y el de Irán, su aliado natural en que se ha convertido ahora, sobre todo por vínculos religiosos y étnicos, situación muy bien manejada por el extinto general Soleimani.
La guerra de Siria, por decirlo así, se había estabilizado principalmente gracias al concurso de Rusia en el conflicto y con un EE. UU. en retirada o, por lo menos, con derrota estratégica. El asesinato del alto militar islámico es un elemento disociador y en extremo peligroso en la región, secularmente salpicada de batallas y de sangre, en el escenario de una apetencia descomunal por una zona del planeta especialmente rica en petróleo, y en el de una gran pugna religiosa musulmana (chiítas y sunitas). Es probable que esta riesgosa jugada tenga la fría y mediocre maquinación de Trump en aras de granjearse simpatías electorales en cercanos comicios, aunque ha contado con el respaldo de la línea dura o los llamados “halcones” del Pentágono.
Por otro lado, hasta qué punto este hecho (del más puro estilo del terrorismo internacional) pueda influenciar sobre las consecuencias del acuerdo comercial recientemente suscrito por China y el gobierno de Washington, es muy difícil de precisar. Aguijoneado por el despunte y la victoria estratégica china en materia comercial a escala mundial, y por su propio forado financiero debido a una enorme deuda interna, recesión y a la mantención de costosísimas guerras en el exterior, EE.UU. se vio en la necesidad de negociar, por lo menos en términos generales, con sus pares del gigante asiático.
En el contexto de paridad y hegemonía bélica, Rusia se perfila como un Estado que va a adquirir cada vez mayor ascendencia en el espectro global y especialmente en el orden político y económico mundial. Hace unos días, presentó a la luz pública su novísimo misil hipersónico o Avantgard, armamento de altísima gama, capaz de superar la velocidad del sonido, así como de superar los más sofisticados sistemas antimisiles, de los cuales el propio gobierno de Trump se había jactado días antes.
En otro lado del mundo, aunque vinculada directamente a ellos, está Venezuela, la joya sudamericana productora principalmente de petróleo y tan cara por ahora a la voracidad leonina de los imperialistas norteamericanos. Si Trump no ha ordenado aún la invasión a territorio venezolano, ha sido porque el Pentágono tiene enfrente por lo menos dos factores de disuasión: la presencia militar rusa -por ahora más política y diplomática que efectiva y concreta- como aliado expreso del gobierno bolivariano; y la existencia de cientos de miles de fuerzas civiles armadas, que lo fueron desde la era de Chávez.
Siguiendo en el ámbito latinoamericano, Chile -que protagonizó una histórica movilización de masas el 2019- avizora un futuro incierto, sombreado por los nubarrones de un modelo económico en franco retroceso y declive; los cambios fundamentales solo se harán posible mediante la presión popular y deben iniciarse desde reformas sustanciales en la Constitución. El gobierno de facto de Bolivia, por su parte, apoyado sin rubor por EE.UU, de escasa representatividad y legitimidad internacional, tendrá su prueba de fuego en las próximas elecciones presidenciales. Los gobiernos de México y Argentina funcionarán como elementos de equilibrio ideológico político frente a regímenes fascistoides como el que dirige Bolsonaro, en Brasil, y frente a gobiernos francamente derechistas y derechizantes (Ecuador, Bolivia, Perú, Chile), como son los integrantes del Grupo de Lima, disciplinados peones de EE.UU. en el ajedrez político latinoamericano, dentro del cual se pierde el gobierno de Vizcarra en su insoportable medianía.



