Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Ahora que la cosecha de candidatos al Congreso es tan pero tan impresionante, que los vemos hasta en la sopa, que nos los encontramos a cada paso, al voltear, literalmente, cualquier esquina, viene a cuento preguntarnos si en medio de tanta propuesta descabellada, de tanto desatino camuflado de opinable iniciativa, de tanta barrabasada proferida a diestro y siniestro, convendría abandonar la tranquilidad en que de ordinario suele moverse nuestra vida, a efectos de sumarnos al despelote causado por esta sui generis campaña electoral que venimos sufriendo desde hace ya unas cuantas semanas, y con cada vez mayor intensidad, y que habrá de entregarnos, aún no terminamos de creérnoslo, al dizque nuevo y remozado Legislativo. Si en medio de tanta majadería, decíamos, convendría sumarnos a la lluvia de propuestas desatada por algunos de nuestros ilustrados candidatos.
Qué más da. Si, al final de cuentas, tanto aquellas como esta, que modestamente ponemos a su consideración, no pasan de ser meras figuraciones de gentes ociosas que, ilusas, una mañana se despertaron con ganas de jugar a que pueden cambiar el mundo. Nada más falso. A este mundo nuestro no lo cambia ya nadie. A no ser, claro está, que lo haga a punta de bombas atómicas, que ya es otra cosa. Pero no seamos fatalistas. Mejor volvamos a aquello en lo que nos encontrábamos, y dejemos parir a la marrana. Aquí la denominación de nuestra primera singular iniciativa legislativa: “Proyecto de Ley que prohíbe la colocación de nombres ridículos, estúpidos, imbéciles a los indefensos bebés, al momento de realizar su inscripción en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil”.
Naturalmente, dicha propuesta, como corresponde en este tipo de casos, encuentra su sustento en el hecho real y patente de que en nuestro país parece haberse hecho ya costumbre el que cualquier pendejo, el que cualquier pendeja, por el simple y circunstancial hecho de haber traído un hijo al mundo, se siente con el derecho inalienable de ponerle el nombre que mejor le parezca, por muy ridículo, estúpido, imbécil que este pudiera llegar a ser, y que en la mayoría de los casos vaya que lo es. Y es que ya no es extraño toparnos con joyas como Academia, Achis, Biólogo, Buda, Cachorro, Calcio, Chucky, Cine, Entel, Lucifer, Oxy, Porky, Pringles, Rector, Trigo, Turquesa, Twister, Ubers, Yoggi. Todos ellos nombres de pila de peruanos que, por la ignorancia, la estupidez o la reverenda puta gana de alguien, habrán de acompañar por el resto de sus días a quienes en modo alguno se tuvo en consideración al momento de signarlos de esa manera.
La cosa no es broma, por supuesto. Y no está de más apuntar, por supuesto, que la impasibilidad con que muchos de los registradores del Reniec proceden a asignar los susodichos nombres a estos pobres bebés como si con ellos no fuera la cosa. ¿Que los padres tienen el derecho de poner a sus hijos el nombre que les dé la gana? Quizá. Como sea, una cosa es cierta: si en lugar de “solo” limitarse a escribir en la partida de nacimiento del desgraciado infante la primera imbecilidad que le dicten los padres de este, hicieran algo tan simple pero efectivo como mentarle la madre a aquella sarta de pendejos por la estupidez que se encuentran a punto de cometer, el mundo tendría menos Circuncisiones, menos Elicseres, menos Pepsys.
Y como no hay primera sin segunda, aquí la denominación de nuestra otra también singular iniciativa legislativa: “Proyecto de Ley que prohíbe la reproducción de los imbéciles, ya sea que esta tenga lugar entre un imbécil y alguien que no lo es, y con mayor razón entre imbéciles entre sí, en cuyo caso la situación configuraría un agravante”. A diferencia del caso anterior, en esta oportunidad la rigurosidad de propuesta obedece a la comprensible intención de curar el mal de raíz, habida cuenta de que sabido es que idiotas siempre los va a haber. De modo que, si no podemos evitar que les pongan nombres imbéciles a sus hijos, por lo menos podríamos hacer algo para que estos no se reproduzcan. La lógica es simple: muerto el perro, acabada la rabia.
Pero tranquilos, imbéciles del Perú, que nada de ello pasará. Pues estos pobres proyectitos de ley nuestros jamás verán la luz. Y quiera Dios que los de muchos de nuestros actuales candidatos al Congreso tampoco lo hagan. Lo que no quita, desde luego, que las autoridades del Reniec deban toman pronto cartas en el asunto respecto de este singular problema de los nombres, en lugar de solo limitarse, previa sonrisa de por medio, a asumir como anécdota algo que en principio debería cuando menos escandalizarnos: que cada inicio de año tengamos que enterarnos de los ridículos nombres que nos dejó el año que acaba de pasar, como si de una gran cosa se tratara. No perdemos la esperanza. Aunque hay cosas sobre las que, debemos reconocerlo, parece ya no haber remedio. Que 4 265 niñas hayan sido registradas como “Keiko” en el 2019 es una de ellas.



