JOSÉ MARÍA ARGUEDAS, SIEMPRE

Escribe: Ronald Mondragón Linares

El pasado 2 de diciembre se han cumplido 50 años de la partida de nuestro entrañable escritor José María Arguedas, uno de los más altos exponentes de la literatura hispanoamericana en general y de la narrativa y la novela peruana en particular.

Muchos investigadores y críticos literarios se han ocupado ya, desde diversos ángulos, de los alcances de la obra literaria del insigne narrador peruano, lo cual constituye una señal de la capital importancia que tiene para nuestras letras el corpus literario de Arguedas.

La presente nota tiene por objeto solo señalar los aspectos que, a mi juicio, son los más relevantes que se desprenden del estudio de dicha obra.

En primer lugar, el foco de atención del discurso narrativo se traslada hacia la problemática indígena y hacia el problema de la tierra en particular. El engranaje de los problemas sociales de la novela realista tradicional –léase Dostoievski, Balzac, Pérez Galdós- se centra ahora en el indio y aquello que lo convierte en protagonista y realmente en “anti- héroe”: el mundo de la aberrante explotación de señoríos feudales sobre masas inermes de indígenas condenados, si no al exterminio, a la miseria y al despojo de sus tierras. De esta manera, José María Arguedas constituye un hito en el desarrollo y nacimiento del denominado neo-indigenismo en Latinoamérica.

En segundo lugar, uno de los aportes literarios de nuestro autor es el tratamiento que hace del indio como personaje. La mirada paternalista y por ello mismo cargada de aires de superioridad; y el simple punto de vista de la reivindicación económica dan paso a una mirada horizontal y por ello más auténtica, más honda, más humana: la gran penetración psicológica del indio en su mundo y en sus vivencias es un alto valor en la obra narrativa de Arguedas.

En tercer lugar, el descubrimiento y el redescubrimiento del mundo andino y de su cosmovisión. Este aspecto llega a su máxima expresión en su novela -considerada por los críticos como la obra maestra del autor y una de las piezas literarias fundamentales de la narrativa latinoamericana- “Los ríos profundos”. Aquí el novelista plasma, teniendo como telón de fondo el paisaje límpido e impresionante de la naturaleza andina, su gran conocimiento de dicho mundo en un notable fresco que retrata, al mismo tiempo, las vivencias psíquicas de un personaje -Ernesto, el álter ego de José María- presa de una crisis de identidad étnico-cultural; y las experiencias de una comunidad andina que se desata finalmente en una irrupción popular. Sin embargo, todo esto no tendría sentido si no se enhebra con una suerte de pensamiento mágico ancestral -que define nuestras raíces- y que tiene su manifestación en el mito: el “zumbayllu” de “Los ríos profundos”es una de las simbologías más acabadas que se registra en el regionalismo latinoamericano y que representa la mirada y el sentimiento mítico en la cosmovisión andina del mundo y de las cosas.

En cuarto lugar, el trabajo antropológico está estrechamente ligado al trabajo literario de Arguedas y por ello a su dimensión como un intelectual en toda la extensión de la palabra. En efecto, se reconoce en él no solo a un difusor de la cultura andina, sino a un autor de gran importancia en la investigación étnico y antropológica que nos permiten conocer, a través de un serio material documental, los distintos aspectos –religión, danzas, costumbres, arte- de la magnífica cultura nativa, muchas de cuyas manifestaciones se prolongan en el tiempo mediante la conciencia o la memoria colectiva. Vale agregar que el autor de “El zorro de arriba y el zorro de abajo” fue también recopilador de mitos y leyendas, así como de poesía oral andinos. Es muy conocido, por ejemplo, “El torito de la piel brillante”, recogido de la tradición oral, así como la traducción del quechua del soberbio “Apu Inka Atawallpaman”, que canta con dolor el súbito quiebre del mundo incaico.

Finalmente, no podría dejar de referirme a un rasgo tan asociado a mi experiencia personal como lector y como autor: el estilo literario. Pocos autores, en realidad muy pocos, producen en mí una especie de desazón y al mismo tiempo exaltación nerviosa, como cuando leo a José María Arguedas. Hay una especie de lamento, se diría de carácter milenario, que proviene de lo más profundo de la tierra y del agua, del aire y de las plantas, que trastoca lo gris y lo cotidiano, y lo convierten en energía sufriente, pero energía al fin. Basta con leer las primeras líneas de “Los ríos profundos” o “Todas las sangres” para empezar a sentir ese sordo rumor en todo mi ser, esa especie de furia y tristeza que parece venir desde los orígenes de nuestra raza y nuestra sangre, y que emerge con hondísima emoción a través de la pluma de Arguedas, un incomparable autor en la historia de la literatura peruana.