Jorge Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Cuando el trabajo, la nostalgia o el inexplicable llamado de alguna voz misteriosa (terriblemente misteriosa, en realidad) nos llevan, de cuando en cuando, a abandonar el bullicio, el caos, el desorden de la ciudad, que cada vez soportamos menos, y a adentrarnos por aquellos rincones casi desconocidos de nuestro país, que en muchos de los casos no figuran ni siquiera en los más rigurosos tratados cartográficos; y nos topamos de pronto con algún poblador natural de esos lares, existe algo que nos ocurre casi sin excepción: que sin importar cómo nos presentemos ante él (si de traje y corbata o de jeans y zapatillas), el lugareño en cuestión, lejos de seguir su camino o de continuar ocupado en sus quehaceres, tomará algunos segundos de su valioso tiempo para saludarnos, las más de las veces con una cordialidad y una calidez que a duras penas encontraremos la manera de corresponder.
Dicho proceder, “extraño”, por decir lo menos, para quienes no estamos acostumbrados a tales muestras de “urbanidad”, llama todavía más nuestra atención, cuando comprobamos que las tradicionales formas de saludar (buenos días, buenas tardes y buenas noches), aquellas con las que durante siglos los hispanohablantes han venido demostrando su cortesía a los demás, y que las gentes en cuestión, por muy olvidadas por la sociedad que pudieran estar, utilizan, todavía, con total naturalidad, aún no han sido “contaminadas” por esa absurda tendencia actual, presente en un cada vez mayor número de personas, a decir barbaridades como “buena tarde” o “buena noche” (“buen día” merece comentario aparte, pues su uso, en ciertos casos, es perfectamente viable), en contextos en los que, se supone, quienes así se expresan deberían utilizar “buenas tardes” y “buenas noches”.
Pero vayamos por partes. El origen del problema, que, bien visto, tampoco es que sea poca cosa, radicaría en el hecho de que, al aceptarse la expresión “buen día” como equivalente de “buenos días”, esto es, como expresión utilizada “como fórmula de cortesía o para saludar”, según definición académica, se estaría dando por sentado, demás está decir que erróneamente, que “buena tarde” y “buena noche” serían, asimismo y respectivamente, equivalentes de “buenas tardes” y “buenas noches”. Por supuesto que no lo son.
Aquí la razón: al decir alguien “buenos días” (como se dice en el español general), lo que se está haciendo, a fin de cuentas, es emplear una fórmula de saludo que corresponde únicamente a la mañana, como se advierte en el siguiente ejemplo:
“Poco después apartó las manos del teclado, me miró, se puso de pie, me estiró su diestra ceremoniosa y respondió a mi saludo con una sentencia: -Para el arte no hay horario. Muy buenos días, mi amigo” (Vargas Llosa, Mario: La tía Julia y el escribidor).
No ocurre lo mismo, sin embargo, con el aludido “buen día”, que si bien, como quedó dicho, se tiende a utilizarlo con el mismo valor que “buenos días”, lo cierto es que no significa “exactamente” lo mismo. Ello porque “buen día” es expresión que posee una marcada connotación desiderativa, vale decir, “que expresa o indica deseo”. De ahí que sea perfectamente válido su empleo en textos como el siguiente:
“-¿Qué tal se porta Manolito? Espero que haga progresos. -Los hace, los hace. El chico tiene condiciones. Todavía es demasiado fogoso, pero a sus diecisiete años eso puede considerarse una virtud. El tiempo y la disciplina nos lo templarán. -En sus manos está, maestro. -Muy honrado, Excelencia. -Que tenga un buen día. -Igualmente. Mis respetos a la señora condesa” (Pérez-Reverte, Arturo: El maestro de esgrima).
El detalle, como ya se habrá podido advertir, está en que, al desearle a alguien que tenga “buen día”, no se le está deseando parabienes solo para el periodo comprendido por la mañana (lo que sería ridículo), sino para el día “entero”, esto es, para la mañana, la tarde y la noche, o para lo que quede de él al momento de proferir la antedicha expresión.
Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿de dónde carajos sacaron la huachafería esa de “buena tarde” y “buena noche” como fórmulas de saludo, sabiendo, como se sabe, que no sirven para saludar sino, y ello en el mejor de los casos, para desearle parabienes a alguien en contextos temporales relacionados con los referidos momentos del día? Pues de donde suele sacar la gente este tipo de cosas: de su “buen criterio”. ¡No jodan! Que “buena tarde” y “buena noche” no existen como fórmulas de saludo. Son solo humo. Pura majadería de quienes, por desconocimiento, ultracorrección o por lo que fuere, no hace más que echarnos a perder todavía más a este pobre idioma nuestro. Se dice “buenas tardes” y “buenas noches”, y punto.
Felizmente que aquellas gentes de hablábamos al principio de esta nota, cuyas vidas transcurren lejos de la mal llamada “civilización”, se encuentran todavía a salvo de caer en los desaseos verbales en que incurrimos a menudo quienes deberíamos tener un mejor manejo de la comunicación. Y ahora que lo vemos bien, tal vez sea mejor que, a diferencia de ellos, vallamos por la vida sin saludar a nadie, que es mejor a decir disparates como “buena tarde” o “buena noche”.



