DISOLVIÓ EL CONGRESO

Arlindo Luciano Guillermo

Sucedió lo que tenía que suceder. El último día de setiembre, el presidente Martín Vizcarra Cornejo disolvió el Congreso de la República. Mercedes Aráoz, en ese torbellino político, juramentó como presidenta del Perú, cargo codiciado por Keiko Fujimori en dos oportunidades. Por primera vez en el Perú, desde 1821, una mujer, economista de carrera, tendrá la oportunidad de gobernar temporalmente. Así hubiera sido si no renunciaba apenas pudo. Solo fue un cortísimo canto de sirena, una ilusión, una quimera. El 28 de julio de 2021 celebraremos el bicentenario de la independencia. Se fueron a su casa 103 congresistas, elegidos por voto popular. La coyuntura política del Perú se parece (la historia tiene un ciclo repetitivo, donde solo cambia el tiempo, los personajes y el escenario) mucho a las pugnas encarnizadas por el poder político y militar en la Roma de Tiberio, Calígula, Julio César, Pompeyo y Cómodo. La suerte del Perú está echada. ¿Cómo saldremos del atolladero?  

Era clamor popular el cierre del Congreso por su desaprobación y deslegitimidad. El fujimorismo no supo administrar la mayoría. Se unió al Apra de Mulder temerariamente. El resultado está ahí: Congreso disuelto. Las elecciones congresales serán el domingo 26 de enero de 2020. ¡Se vienen las elecciones! Elegiremos a 130 ciudadanos para que legislen, fiscalicen y representen. ¿Qué garantiza que sean mejores que los anteriores? ¿No será que el remedio resulte peor que la enfermedad? Los partidos políticos van a presentar candidatos, aunque no haya tiempo para las elecciones internas como manda la ley de partidos políticos. Si se repiten los mismos vicios, los vientres de alquiler, las dádivas en campaña, el despilfarro y la descalificación del contrincante con guerra sucia y vulnerando la privacidad y la intimidada no habremos cambiado nada. Así el Congreso que elegiremos solo se habrá lavado la cara; lo demás seguirá ileso, intacto, como si se hubiera cambiado mocos por babas.  

El 5 de abril de 1992, Alberto Fujimori cerró el congreso y fue aprobado por el pueblo. Martín Vizcarra disolvió el Congreso constitucionalmente, le dio en la yema del gusto al pueblo. Un Congreso que le hacía la vida a cuadritos al presidente y al Gabinete Ministerial, que interpela a gusto y capricho de la mayoría, como el caso del ministro de Educación Jaime Saavedra, busca afanosamente, aprovechándose de los errores y mezquinas oportunidades, intereses partidarios; jamás piensa en el Perú, la estabilidad institucional ni jurídica, en el crecimiento sostenible de la economía; mientras afuera del recinto congresal aumenta imparable el feminicidio, el embarazo de adolescentes, la anemia, la desnutrición crónica infantil, la xenofobia contra venezolanos.

En política nada es gratis, nada ocurre por inercia. La dinámica de la política se sustenta en la pugna por el poder, en el sometimiento de la minoría por la mayoría, pero respetándola, no ignorándola ni postrándola en un rincón. El poder y los cargos son efímeros. ¿Cómo apagar el incendio? No se gobierna de espaldas al pueblo. La corrupción enardece y encrespa los nervios de los ciudadanos de todos los segmentos sociales. No hay un peruano que deje de mostrar enojo cuando de corrupción se trate.   

De esta crisis política e inestabilidad jurídica debemos sacar lecciones de aprendizaje significativo, si queremos que la historia no se repita en el corto plazo con virulencia, con mayor devastación. En política hay que elegir el remedio idóneo para la enfermedad. El fármaco es el diálogo horizontal, sincero, sin zancadillas, sin medias tintas, con total despojo de intereses partidarios y personales, sin vivezas propias del folclor político. La discrepancia política acérrima tiene que convertirse en una oportunidad para replantear la actitud del ejecutivo y de la comisión permanente, frente a la urgencia de darle una salida política y jurídica al Perú. El congreso está disuelto, no hay marcha atrás; no es golpe de Estado, pues está dentro del marco legal y constitucional. Ahora viene el episodio de la concertación, del ablandamiento de la testarudez y la intransigencia de ambos contendores, del diálogo mirando a los ojos y con las manos sobre la mesa. ¿Quién da el primer paso? ¿Quién deja el ego político y propone mesa de diálogo amplia? Es momento de adecentar el ejercicio de la política, recuperar la confianza de los políticos y devolverle el verdadero sentido a la política: vocación de servicio, compromiso social y transparencia en el poder. Jamás las posiciones extremas van a generar desarrollo ni bienestar.

Después de la tormenta llega la calma y sale otra vez el sol. En esta coyuntura política solo hay que esperar que las aguas se calmen para sentarse a conversar y ver qué es lo mejor para más de 30 millones de peruanos. 

Para unos la disolución del Congreso es lamentable, un despropósito del presidente Vizcarra; otros celebran y muestran aprobación total. De los 3 congresistas por Huánuco, solo Karina Beteta queda en la comisión permanente; de los 4 apristas, únicamente Luciana León estará hasta que se elija otro congreso. Ningún interés debe estar por encima del Perú. Más vale tarde que nunca, presidente Vizcarra. El 30 de setiembre había dos presidentes: Martín Vizcarra y Mercedes Aráoz; en 1992, tres: el presidente Alberto Fujimori entronizado como dictador, el presidente Máximo San Román que había juramentado fuera del Congreso y el presidente Gonzalo que dirigiría el terror desde la clandestinidad. Cosas de la vida.