LOS AMIGOS

Jacobo Ramírez Mays

Subo al colectivo, el chofer me saluda y me pide que me ponga el cinturón de seguridad. Lo obedezco. Desde su equipo de sonido llega una canción de la década del 80. Avanza el carro, mientras siento el dolor de siempre en mi estómago. Me hago al cojudo, el puto dolor parece haberse propuesto doblegarme; pero dolores así a mí no me tumban. Del equipo de sonido sale la voz inconfundible de Viko, acompañado de su grupo Karicia, y las letras de su canción diciendo: «¿Dónde están mis amigos, que no los veo?» Entonces pienso en ellos. Sé que están por ahí, esparcidos, que son pocos, pero son; y que, con ellos, podré abrirme caminos y recorrerlos esquivando guijarros, lanzando pedrones, resbalándonos en las lajas. Sé que cuando me encuentre con el mayor de todos, me invitará desayuno.  «¿Dónde están, por qué no vienen?», sigue la canción. Ellos ya deben estar en nuestro centro de trabajo. Deben estar en la ciudad universitaria y, como es una gran ciudad, es difícil encontrarlos; pero, cuando los vea, nos saludaremos como si hiciera mucho tiempo no nos hubiésemos visto, nos daremos un abrazo, nos palmearemos nuestros lomos roídos por pesares, sonreiremos. «Nada tienes, nada vales, así es la vida», sentencia la canción. Mis amigos siempre han estado conmigo en las buenas y en las malas, y hasta creo que más en las malas. Para ellos no hay tiempo malo. Uno de ellos, siempre me repite que hay dos tipos de problemas: unos que se solucionan solos y otros que no tienen solución. Para el otro, que tiene el corazón grande como su barriga, la vida es alegría; con su sonrisa hace que uno vea a la vida desde otra dimensión, y me anima a vivir eternamente bebiendo. Para el otro, los problemas se solucionan mañana, porque dice que mañana ya chapará el pájaro. Para el flaco, con renegar un poco, se soluciona el problema. Mientras que Viko, con conocimiento de causa, canta: «Amigos solamente hay en las cantinas, siempre y cuando tengas dinero para invitar». El dolor en mi estómago se incrementa, y le respondo a Viko: «Mis amigos siempre han invitado, desde un suculento plato de comida hasta un simple caramelo, pasando por un marciano, unas chelas, unos cigarros, etc.».

Del cabezón, su abrazo fraterno hace que te sientas bien; de la flaca, su sonrisa, con sus ojos de trasnochada, te anima a seguir despierto; de la chiquitita, sus palabras alientan más que su baile; del capacitador (o, más bien, capachitador), quien tomaba solo para no tener que pelearse con nadie, su jode hace que quieras fregar a los demás. Está también el que lee mis artículos dos semanas después, y me busca para felicitarme como si recién lo hubiera publicado, poniéndome en el aprieto de no saber si agradecerle o carajearle. Y están, por supuesto, los innumerables escritores que hay ahora, y que con las historias de sus libros me hacen vivir mundos diferentes.   

Pero también están los que no trabajan en la universidad, y que cuando a veces me entra la ociosidad y no escribo nada, me reclaman y me dicen que han comprado el periódico por las huevas. Hay uno que, cada vez que me ve, me compra cigarrillos, porque piensa que así escribo mejor; y la verdad es que con el único con quien me quiero encontrar siempre es con él.

Están los curas, que ya entendieron mi situación, y ya no me reclaman por qué no voy a misa; están el negro y shap shap, ambos igual de sacos largos como mi cuñado, quien también me estima; está mi compadre, que chupa y canta como endemoniado; y están otros tantos con quienes he tomado, fumado, chacchado, reído, llorado…  

El carro sigue recorriendo, y de nuevo siento el dolor del estómago. Viko termina su canción repitiendo el coro: «cuánto tienes, cuánto vales, así es la vida; nada tienes, nada vales, todo es interés. Casi doblado por el dolor, le respondo: «Mis amigos no son así; al menos los que acabo de mencionar, creo que no son así».

Las Pampas, 19 de setiembre de 2019