EL INDEFINIBLE AMOR

Ronald Mondragón Linares

Quizás uno de los sentimientos más espeluznantemente tiernos -si se me permite la expresión- sea el amor. Recientemente, a propósito de su novela “La Perricholi”, Alonso Cueto afirma que tal sentimiento ha sido y es el centro de la atención de literatos de todos los tiempos debido a su carácter de impenetrable misterio, de maravilla alucinante que impide cualquier género de explicación racional y coherente. Cuenta la siguiente anécdota referida al famoso romance en el cual se enmarca el contexto de su novela: en una ocasión, ante la total falta de agua en la ciudad, Micaela Villegas, conocida popularmente como La Perricholi, le pide a su amante que le consiga agua, aunque tenga que traerla de la pileta de la Plaza Mayor de Lima, frente al edificio de Palacio de Gobierno. Muy grande debe de haber sido la sorpresa de algunos transeúntes al ver a la máxima autoridad del Virreinato del Perú, aún en camisón de dormir, dirigirse raudamente al surtidor de la plaza -recipiente en mano- y recoger el preciado elemento como el común de las gentes.

Vano sería intentar discutir la naturaleza amatoria de la relación entre los dos personajes aludidos: si era realmente amor, si no lo era. Porque si lo intentamos caeríamos en una trampa: ¿de qué estaríamos hablando, si en realidad nadie supo dilucidar nunca la naturaleza del amor pasional? Filósofos, intelectuales, novelistas, poetas que quisieron acercarse al borde de su abismo, solo han conseguido atisbar, perplejos, a través de un velo de sombra y niebla. A lo más, llegaron a especulaciones racionalmente sólidas, pero sin sustancia. Y, al transcurrir de los siglos, el misterio continúa.

No solo llanto ocasiona las cuitas de los amores dolientes; guerras, suicidios, crímenes, psicopatías, dramas familiares, han sido causados por este raro espécimen de la existencia humana. Lo que más asombra, a mi juicio, es esa proterva aniquilación interior, ese devastador poder que anula incluso el sentido común y la capacidad de respuestas racionales en quien lo sufre. En la Edad Media, se creía que el hombre enamorado estaba poseído por fuerzas diabólicas; en pleno siglo XXI, curiosamente, la persona sufriente de amor es vista como un ser ridículo o un tonto de capirote.

De lo que sí podemos estar seguros es que una relación marcada por el fuego del amor no deja de ocasionar conflicto. Sin intensas turbulencias, sin grandes contradicciones interiores, no se conoce el amor. Hay quienes, como hemos dicho, han intentado atisbar en lo profundo del pozo.

El amor está “más allá del bien y del mal”, dice Nietzsche, es decir, tiene un carácter superior y dionisíaco. Se aparta de lo racional, pero termina por dar ciertas explicaciones a la extraviada condición humana. Para Heidegger, el amor sería una respuesta al concepto de angustia existencial inherente al ser humano. Sartre considera, reforzando su tesis de lo absurdo de la existencia, que una relación verdaderamente amorosa no puede tener armonía, puesto que siempre, a través de ese doloroso camino, se llega a la relación sujeto-objeto entre los amantes. Se genera una especie de alienación, donde cada uno quiere ser, para reforzar el vínculo, lo que el otro quiere que sea, perdiendo su identidad y su propio ser auténtico. El amante o el amado se convierten, así, en un-ser-para-el–otro. En esa misma línea, Judith Butler -filósofa norteamericana influenciada por Simone de Beauvoir -, afirma que el amor es “convertirnos en algo que no somos…Uno conoce el amor cuando todas las ideas se destruyen”.

Finalmente, considero que, para tener una idea más aproximada sobre un sentimiento tan difícil de definir, debemos tener en cuenta al gran Jorge Luis Borges, quien distingue con precisión el amor de la amistad. “La amistad no necesita frecuencia. El amor sí…El amor está lleno de ansiedades, de dudas, un día ausente puede ser terrible; pero yo tengo tres o cuatro amigos a los que veo una o dos veces al año», nos dice con meridiana claridad el autor de “El Aleph”.