GOODBYE, HUMBERTO

Jacobo Ramírez Mays

Hace algunos días atrás, se fue por el camino sin regreso nuestro común amigo y profesor Humberto Montenegro, más conocido por nosotros como el Tío Humbe. Cuando lo conocí, él me invitó a participar de la APLIJ (Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil), de la cual era presidente. Fue uno de mis primeros acercamientos a ese tipo de literatura.

Fue mi profesor de Lingüística General, único curso del cual tenía cuaderno, porque revisaba todo lo que nos dictaba desde un cuaderno con hojas amarillas que llevaba siempre consigo. Después de medio año, y de haber gastado más de dos lapiceros de tanto escribir, un grupo de compañeros decidió agarrar su cuaderno para fotocopiarlo, y así tener a mano todos sus temas; sin embargo, después de que el cuaderno comenzó a circular de mano en mano por el aula, este desapareció definitivamente. No sé en qué manos o en qué mochila se quedó, solo que después de ese momento, ya nunca más tuvimos clases de ese curso, y cuando el profesor entraba al aula nos contaba historias o experiencias de su labor como docente.

Después de algunos años, dejé de ser su alumno en las aulas de clase y nos convertimos en colegas. Un día, le vi de nuevo con un cuaderno parecido al que había desaparecido, y en el que estaban sus clases. En ese tiempo, a parte de revisar los cuadernos, también corregía la caligrafía y ortografía de sus discípulos, lo que estoy seguro ayudó a muchos a superar esas dos dificultades.

Un día se apareció en la universidad con la última de sus retoños, una niña pequeñita que correteaba de arriba abajo, y conocía todas las oficinas de la Unheval, contaba que, como la quería mucho, la llevaba para que esté a su lado y la acompañe en esos momentos en los que él se dedicaba a lo que más quería: enseñar.

Pasaron los años y compartimos experiencias académicas y extraacadémicas, incluso una que otra reunión social en la que se comportó siempre como el Tío Humbe que era. Años después, fruto tal vez de alguna enfermedad o del tiempo vivido, se lo notaba cansado, lo que hacía que, en cada reunión del pleno, se sentara cómodamente en cualquier asiento y en cuestión de segundos se quedara dormido; después, cuando se despertaba, la vida para él continuaba como si nada hubiera pasado. Seguramente eso le permitió estar en medio de nosotros mucho tiempo; no se estresaba por pequeñas o grandes cosas, todo lo tomaba con calma. Parecía que nada le importara y que había tomado en serio esa frase que dice: “Mañana ya chaparemos el pájaro”. Lo que no quita que casi siempre estuviese al día en los documentos que se le solicitaba.

Nunca dejó de estudiar, aprovechó al máximo su tiempo, y por eso se hizo abogado. Cuando alguna vez le pregunté si había ganado algún juicio, comenzó a enumerarme con los dedos de su mano los que había ganado, e incluso me dijo que, si necesitaba sus favores como abogado, estaba para servirme.

Hace unos meses atrás, publicó su libro Antología poética (el cual nunca me regaló, y que algún día le reclamaré cuando lo encuentre en el infierno o, quién sabe, en el cielo); por ese libro realizó un brindis con nosotros, sus colegas, y lo hizo con dos cervezas de trigo.

Ahora, tío Humbe, descansas en paz, ya duermes, y no tienes que despertarte para seguir dictando clases. Seguramente a tu lado estuvo esa tierna niña acompañándote en tu último suspiro, como corresponde. Te fuiste y, si es verdad que existe otro mundo, seguramente ya te enteraste quién fue el apóstata que se llevó tu cuaderno de clases, y lo estarás esperando para jalarle la oreja o, simplemente, para reírte de una anécdota más en tu vida. Descansa en paz, amigo.

 Las Pampas, 22 de agosto de 2019