Escribe: Ronald Mondragón Linares
Este mes celebramos el natalicio del más importante cuentista peruano a lo largo de todos los tiempos y uno de los más representativos de habla hispana: el gran Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994). La editorial Seix Barral ha realizado este año una edición conmemorativa, con motivo del 90 aniversario de su nacimiento, de su diario personal, “La tentación del fracaso”, una de las piezas literarias poco conocidas del autor para el público masivo, aunque de gran singularidad y trascendencia en la historia de la literatura peruana.
Esta nota no quiere ser un mero homenaje formal a una de las figuras más sobresalientes de las letras peruanas. Muchos autores y críticos literarios han comentado ampliamente sobre su obra. En mi caso, puedo decir de entrada que es mi más apreciado y querido escritor peruano, después de José María Arguedas, y mi vínculo con él traspone las fronteras del muchas veces superfluo favoritismo literario y se sitúa en el estrecho y solitario ámbito de una verdadera comunión personal, de un lazo espiritual por ciertas coincidencias, opiniones y sensibilidades comunes; más aún en el espejo donde él, Ribeyro, se refleja como el referente siempre presente en mi ardua vocación de escribir. También no puedo dejar de decir, en consonancia con lo anterior, que sus “Prosas apátridas” son, hace mucho tiempo, mi libro de cabecera. Y que seguramente “La tentación del fracaso” también lo sería, a no ser porque nunca pude conseguir el ejemplar físico completo y que, para poder leerlo, hace algunos años, tuve que acudir con frecuencia a la Casa de la Literatura Peruana, cuando vivía en Lima.
Como fácilmente se comprenderá, mi acercamiento inicial a la obra de Ribeyro fue a través de su cuento archiconocido “Los gallinazos sin plumas”, y luego, a bandazos, con “La palabra del mudo”, volumen en el cual se recopilan todos sus cuentos. Me encantó esa manera decimonónica -cincelada, sin altibajos formales, casi perfecta- del estilo, la forma de perfilar los personajes, sobre todo su entraña psicológica; los ambientes y gentes taciturnas, donde –diríase- es posible percibir los olores del cigarrillo, el ron, la tinta en la oficina del augusto empleado o el café humoso de alguna taberna.
Pero es en “Prosas apátridas” donde ya no la pluma, el estilo, sino el pensamiento de Julio Ramón lo que me sobrecogió. Me sentí, a su lectura, invadido por una descarga de luz que empezó a recorrer y descubrir todos los rincones del alma. Luego, esa luz, a lo largo de los años, se fue suavizando para convertirse en un perenne alimento e impulso intelectual que modeló definitivamente mi actitud y mi sensibilidad en este accidentado oficio de escribir. Esta comunión literaria, humana e intelectual con Julio Ramón Ribeyro terminó de consolidarse con su magnífico diario -un libro de más de 700 páginas, en la edición de Seix Barral-, en el cual nuestro autor ahonda en la cotidianidad el ejercicio del escritor con la mirada sabia y profunda de los grandes maestros literarios.
Terminaré este modesto homenaje a Ribeyro diciendo que, fuera de sus grandes dotes como cuentista, tanto “Prosas apátridas” como “La tentación del fracaso” son casos sui generis en la Literatura Peruana. En nuestro país, respecto a la segunda obra, el diario íntimo como género autónomo y sistemático, prácticamente no ha sido abordado; en cuanto a “Prosas apátridas”, se trata aún de una obra inclasificable en ningún género (el título mismo así lo sugiere), pues no constituyen un diario en sí, tampoco son relatos propiamente dichos y mucho menos poesía hecha prosa. Se trata más bien, en general, de reflexiones breves donde el autor despliega con inusual sabiduría, a través de gran hondura de ideas e impresiones, su afán de conocer lo más profundo, lo más luminoso y, al mismo tiempo, lo más dramático de muchos aspectos de la condición humana.



