Jorge Farid Gabino González
Desde que tenemos memoria, esto es, desde hace ya un buen número de lustros, jamás hemos sabido de un Congreso de la República que haya gozado nunca de una real y patente popularidad entre la población. Ni siquiera, si nos ponemos condescendientes, de la que podríamos tildar de una mediana, moderada, aceptación. Es esta nuestra lamentable realidad, y todos aquí lo sabemos. Y si lo mencionamos no es, claro, porque ella sea en sí misma novedad ninguna, sino porque nos da pie a destacar lo sintomático que resulta, no obstante, el que, aun cuando un buen número de nuestras autoridades congresales son como son (y vienen siendo de esa manera, como quedó dicho, desde hace ya una punta de años), los continuemos eligiendo (si bien con distintos rostros y nombres, pero en el fondo las mismas personas) comicios tras comicios. Inexplicable desde todo punto de vista.
Y es que, valgan verdades, tratar de comprender el porqué de este fenómeno no es tarea fácil; misión que se le pueda encargar a cualquiera. No perdemos la esperanza, sin embargo, de que, algún día, la singularidad de nuestra política peruana será materia de sesudos e iluminadores estudios que, esperamos, habrán de erigirse cuando esta deprimente actualidad nuestra no sea más que un triste y ya lejano mal recuerdo; que, deseamos, habrán de salir a la palestra a iluminar lo que, al menos de momento, es todavía tinieblas, total y absoluto misterio.
Porque ¿de qué otra forma podría calificarse si no es de “total y absoluto misterio” a la propensión de un gran número de peruanos, léase millones de personas, a darle su voto a cada sabandija, a cada detestable, a cada execrable, cada vez que se convoca a elecciones? Y no solo hablamos, por supuesto, de lo que ocurre en las de tipo congresal y presidencial, que por sí mismas constituyen un buen ejemplo de lo que venimos diciendo; pues están, también, las locales y regionales, que, si bien no son materia directa del presente comentario, tampoco es que se caractericen precisamente por ser la excepción a la regla. Otra cosa es que nadie, o casi nadie, se ocupe de ellas. Pero ya les llegará su momento. Ya les llegará.
En cualquier caso, y para limitarnos solo a lo que toca a nuestro inefable Congreso, no hemos sido los peruanos, como se venía diciendo, bendecidos con la tenencia de autoridades competentes; gobernantes que sepan, cuando menos, ponerse a la altura de las circunstancias. Lo que no quiere decir, ¡faltaba más!, que no haya surgido de vez en cuando entre los sucesivos pintorescos integrantes del Legislativo, alguna que otra figura cuyas valía y probidad, digamos que a prueba de todo cuestionamiento, las hubiese eximido de que se la incluyera entre tanto impresentable, entre tanta majadera, entre tanto hijo de puta. Desde luego que personas que, con su recto proceder, contribuyeron a limpiar, cuando menos en la medida de lo posible, la reputación del Congreso a lo largo del tiempo, las ha habido también. Pocas, pero las hemos tenido.
Lo que no se podría afirmar de la casi totalidad de nuestros actuales legisladores, caracterizados por cargar con el estigma de haber convertido al Congreso en poco menos que en una verdadera cueva de ladrones o, en el mejor de los casos, de protectores, de defensores de ladrones. Y ello, en gran medida, por gobernar solo en función de sus propios intereses, y no de los del país; por hallarse, para decirlo con una frase que ellos mismos acuñaron, de espaldas a la población. De ahí que el pedido casi generalizado del pueblo peruano sea el de la disolución del Congreso, el de su inmediato cierre. Que, como es ya de amplio conocimiento, corresponde al presidente de la República, que legal, que constitucionalmente, por supuesto que lo puede hacer.
Con todo, no se comprende que aún no lo haya hecho; a pesar de tener, como tiene, argumentos de sobra para proceder en tal sentido. La verdad es que comenzamos a sospechar que, si no se ha animado a hacerlo hasta ahora, es simple y sencillamente porque le faltan las agallas para ello. Una verdadera lástima, en realidad. Para todos los peruanos y para sí mismo. Siendo él tan joven, en términos políticos, y con tantas posibilidades de postular a la presidencia más adelante.
Se dirá, quizá, que el adelanto de elecciones propuesto durante su mensaje del 28 de Julio es la mejor manera de acabar de una vez por todas con el problema. Solo que lo que el presidente no parece tener en cuenta es que al proponer que se vayan “todos”, incluido él, se pone al mismo nivel de quienes la población rechaza unánimemente. ¿Lo dijo para dar muestras de desprendimiento, de no estar aferrado al cargo? ¿Será Martín Vizcarra harina del mismo costal?



