Jorge Farid Gabino González
¡Qué se le va a hacer! No hay vuelta que darle. Acabó por ocurrir lo que ni en nuestras más delirantes pesadillas hubiéramos deseado que sucediera; aun cuando, ¡para qué negarlo!, en el fondo, muy en el fondo, éramos conscientes de que más temprano que tarde terminaría ocurriendo, y como resultado de la que es ya clara tendencia en gran parte de la región desde hace no poco tiempo: que el Perú pasaría a formar parte de la larga, de la larguísima, lista de países en los que sus ciudadanos, sean estos del sexo que fueren y pertenezcan a los estratos sociales a los que pertenecieren, se indignan, se irritan, se exacerban, por cuestiones que en la mayoría de los casos no pasan de ser solo anodinas y pueriles nimiedades, por situaciones que en principio no deberían merecer, si acaso, más que algún pequeño, y, a veces, hasta inmerecido, comentario aislado.
Pero no, tal cosa es hoy imposible en nuestros días. Desbordamos con tanta facilidad los diques de la mesura en materias que por un motivo u otro resultan opinables, y lo hacemos en virtud de nuestro dizque derecho a opinar, a pontificar, sobre todas las cosas habidas y por haber, que aquello de que “en boca cerrada no entran moscas” no parece tener ya más sentido para la mayoría de las personas que el meramente literal, pobre e insulso hasta la náusea, y en las antípodas mismas del que le correspondería si lo buscáramos en un estudio paremiológico serio. De hecho, nuestro enfermizo afán por asumirnos los abanderados de la frasecita de marras “esta boca es mía” es de tales dimensiones, que, si no nos pronunciamos sobre la que es la papa caliente del momento, caemos en crisis emocionales tan agudas y profundas, de las que no nos saca ni el Clonazepam, aún empleado en cantidades industriales.
Sufrimos de una suerte de hipersensibilidad tan a flor de piel, que, si alguien nos comparara, por poner un ejemplo, con gatos escaldados, pues que se quedaría corto. Nos tomamos tan a pecho los comentarios y las acciones de las gentes (que de ordinario no son lo que podríamos calificar necesariamente de malintencionadas), que, si estos difieren de nuestra manera de pensar, de ver las cosas, o, para hablar en términos “actuales”, de lo que es hoy políticamente correcto, pegamos inmediatamente el grito al cielo.
Que es lo que acaba de suceder durante la inauguración de la vigesimocuarta edición de la Feria Internacional del Libro de Lima, el mayor y más importante evento cultural y editorial del Perú, cuya organización recae en la Cámara Peruana del Libro. Como es de amplio conocimiento, la presente edición de la FIL Lima tiene a la vida y obra de Mario Vargas Llosa como sus merecidos protagonistas. Pues bien, todo marchaba sobre ruedas, o, al menos, era lo que parecía, hasta que alguien se dio cuenta de que en la mesa de personalidades que se disponían a participar de la inauguración del evento, no había, ¡por Dios!, ni una sola mujer. Todos, pero absolutamente todos, eran hombres, varones, machos.
Aquí los participantes: el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa (¡hombre!); el presidente Martín Vizcarra (¡hombre!); el alcalde de Lima, Jorge Muñoz (¡hombre!); el ministro de Cultura, Luis Jaime Castillo (¡hombre!); el presidente de la Cámara Peruana del Libro, José Carlos Alvariño (¡hombre!); el alcalde de Jesús María, Jorge Quintana (¡hombre!); el gerente de la Fundación BBVA, Nelson Alvarado (¡hombre!); el rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Carlos Garatea Grau (¡hombre!).
Como era previsible, aunque no justificable, de ninguna manera justificable, los comentarios en contra del “machismo descarado” de los organizadores no se hicieron esperar. Si los denuestos les llovieron hasta de parte de escritores (sí: ¡de escritores!), y ni que se diga de las escritoras (no de todas, claro está, pues las hay también muy inteligentes). Al punto de que a la Cámara Peruana del Libro no le quedó más remedio que pedir disculpas por lo que a juicio de su presidente fue una “una metida de pata”.
Metida de pata fue la del presidente de la Cámara, y de cuantos escritores y demás personalidades que se sumaron a la protesta, pero por condenar el supuesto machismo de los organizadores, que no lo hubo por ninguna parte. Pues es obvio que no se invitó a ninguno de los participantes, incluido Vargas Llosa, porque les pendiera un falo de entre las piernas, sino por sus méritos académicos, por sus cargos políticos o institucionales. ¿Es tan difícil de entender eso?
¿Que se pudo incluir a alguna mujer (a la ministra de Educación, por ejemplo) entre los invitados, a efectos de ir en consonancia con la política de igualdad de género?, por supuesto que sí. No se hizo, y fue un error. Pero de ahí a hacer un drama por el asunto, hay un verdadero abismo. ¿Feminismo de ocasión?



