LA VIGENCIA DE NIETZSCHE

Ronald Mondragón Linares

Vargas Llosa llama a nuestra época la “civilización del espectáculo”, aludiendo de esta manera al predominio de la imagen -fija o en movimiento, fotografía o video-, más aún si tiene motivos faranduleros o da pie al escándalo de ribetes íntimos o privados, como la forma más requerida y utilizada en los circuitos actuales de la comunicación social. Nietzsche, probablemente, la llamaría civilización de la mediocridad o de la estulticia.

En un mundo como el que nos ha tocado vivir, donde se da más importancia a los hechos y a las cosas absolutamente frívolas de la cotidianidad -desde la marca de calzados y la gama de celulares, hasta las últimas compras hechas en el supermercado-, antes que a los temas y experiencias esenciales de la existencia y de la vida, el pensamiento vigoroso y enérgico del gran filósofo alemán hoy cobra una inusitada vigencia.

Nietzsche pertenece al campo del pensamiento filosófico llamado irracionalismo. Lo cual no quiere decir, dígase de paso, que el pensamiento nietzcheano no tenga sentido o carezca de racionalidad, sino que se orienta a una tendencia cuyo eje no considera a la razón como la esencia del hombre y de la sociedad. No estaría lejos de la verdad afirmar, en este orden de ideas, que en la historia del pensamiento, los sistemas filosóficos que se han impuesto y han logrado mejor posicionamiento y prestigio, han sido las filosofías racionalistas (los griegos -Sócrates, Platón, Aristóteles-, el racionalismo de Tomás de Aquino, Descartes, Spinoza, Hegel, Marx, etc. ) sobre las filosofías “irracionalistas”, como las de Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger, Kierkegaard o Sartre.

Para Nietzsche, el sentido de la vida no se encuentra en la trascendencia ultraterrena o religiosa; mucho menos en los objetos banales y mundanos. La autenticidad de la existencia se ha de encontrar en la tierra misma y, más específicamente, en el hombre mismo. La salvación en este mundo donde persiste el caos y la hipocresía, debe estar a cargo del mismo hombre a través de una existencia y de actos heroicos, es decir no ordinarios ni vulgares, no importa que estos linden con el dramatismo y la tragedia.

En esta línea de pensamiento, el gran Nietzsche acuña el concepto “Ubermensch”, o el de Superhombre. Anuncia en su obra maestra “Así hablaba Zaratustra”, la muerte de Dios y el nacimiento de un nuevo tipo de hombre. Un hombre de distinto linaje moral, un hombre auténtico que cree y asume su propio sistema de valores y creencias en base a una genuina y fundamental “voluntad de poder”. El Superhombre, paradójicamente, tiene -debe tener- un absoluto control sobre sí mismo, pese a ser movido por las fuerzas del instinto y de la voluntad (las fuerzas básicas y motoras del ser humano, según Schopenhauer); su surgimiento es necesario para evitar el desmoronamiento del mundo. Zaratustra es el profeta que anuncia la aparición del Superhombre, pero las masas lo ridiculizan y se ríen de él.

“Yo os anuncio el Superhombre -dice Zaratustra-. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarle?”

Para Nietzsche, el hombre también debe seguir una cadena de evolución no solo biológica sino fundamentalmente moral.

“¿Qué es el mono para el hombre? Una carcajada o una vergüenza dolorosa.

Pues eso es lo que debe ser el hombre para el Superhombre: una carcajada o una vergüenza dolorosa”.

El ser humano tiene que superarse a sí mismo; y eso no lo entiende la multitud, la masa, sino cierto tipo de hombres. La ética fundada en el sentimiento más profundo y más auténtico del hombre, que sobrelleva y supera el dolor y la tragedia, liderando con energía y grandeza el destino humano. “El hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el Superhombre -dice Nietzsche-: una cuerda sobre un abismo (…) Lo grande del hombre es que es un puente y no una meta; lo que se puede amar en el hombre es un tránsito y no un acabamiento”.