Tantamayo triste

Andrés Jara Maylle

 A media mañana y después de unas seis horas de viaje por fin se avista a lo lejos aquel hermoso pueblo. “Ese pueblito que está allá, en la hoyada, ese es Tantamayo”, nos dice el chofer rutero que nos ha traído hasta aquí.

Se ingresa por una carretera (angosta pero conservada) flanqueada por unos espectaculares bosques de alisos, arrayanes y eucaliptos que nos dan a esa hora un aroma a montaña andina. Antes de ingresar al pueblo, el auto se detiene porque la vía está bloqueada por casi un centenar de alumnos, muchos docentes y hasta banda de música.

Se trata de un comité de bienvenida encabezado por el director del Colegio de Tantamayo Víctor Raúl Mauricio, los profesores Elva Mallqui y Ever Peña, así como del mismísimo alcalde del distrito, don Eliseo Amante. Están allí para mostrarnos (sin decirnos) que Tantamayo es un pueblo de corazón grande y generoso y con unas enormes ansias de ser diferentes y mejores cada día.

Un rápido paseo por su principal calle acompañados por la banda que entona un ritmo marcial y ya estamos en su pequeña plaza en donde destacan nítidamente la antiquísima iglesia matriz y la moderna edificación de la municipalidad. Tantamayo abre sus puertas de par en par para que nosotros ingresemos como a nuestras propias casas.

Andrés Cloud, Mario Malpartida, Miguel Rivera, Jorge Cabanillas y este escriba hemos sido invitados al Primer Conversatorio de Literatura Huanuqueña, organizado por la institución educativa tantamayina, evento que llevó sobre sus hombros la profesora Elva y sus colegas con el apoyo de la municipalidad respectiva. En realidad fue una mañana exultante, lleno de descubrimientos, respirando optimismo puro, rodeándonos de júbilo y fe por los niños y jóvenes estudiantes. Sí, por esos niños y esos jóvenes que son el verdadero futuro de este “país de desconcertadas gentes”.

El auditorio del colegio está abarrotado de estudiantes y docentes. Luego del protocolo necesario el maestro de ceremonias anuncia la participación de cada uno de nosotros. Arranca la faena Andrés Cloud y la cierra Miguel Rivera. Todos incidimos básicamente en un tema: la toma de conciencia por la lectura y la revalorización del acto de aprender como fundamento para el desarrollo de un pueblo.

Particularmente, a lo largo de más de medio siglo de vida, he tenido la oportunidad de compartir en muchos auditorios; pero en honor a la verdad debo expresar mi sorpresa y satisfacción por la incisiva atención que prestaban ese nutrido grupo de estudiantes de diversos grados, ávidos por escucharnos, deseosos por aprender, sedientos de cultura.

Un espectáculo grato, no solo para nuestros ojos sino también para nuestros corazones, fue el final del evento cuando docenas de niños salían alegres y con libros entre sus manos, firmados por los autores, prometiendo que de ahora en adelante la lectura sería para ellos una ineludible prioridad.

Pero si la mañana fue un rotundo éxito académico, lo que nos esperaba en la tarde no lo olvidaremos jamás. Gracias a la iniciativa del alcalde, Eliseo Amante, del director y docentes del colegio, decidimos visitar el imponente Piruro, uno de los muchos sitios arqueológicos del distrito de Tantamayo, pueblo rico en vestigios de nuestro glorioso pasado, como no lo tiene ningún otro.

Piruro fue un asentamiento de los guerreros Yarowilcas, construido entre los siglos X y XIV de nuestra era en las faldas de una montaña sobre los 3 800 msnm. Apenas uno se acerca puede ver esa majestuosa construcción de piedra y barro que se erige, indomable, por casi mil años. Ingresar a los interiores y mirar con asombro esos edificios que aún desafían al tiempo y a la indiferencia humana es para quedarse absorto, con la boca abierta. Y si no fuera por el qué dirán, yo hubiese lanzado un grito de emoción hasta que se oiga al frente de la montaña, o me hubiese revolcado entre el pasto y la tierra sagrada que pisaba y hubiese lanzado maldiciones a la historia por la llegada infausta de unos europeos que, maldita la hora, nos cambiaron de costumbres, de ideología y de dioses. Pero sé que estamos en el presente y sé que el mejor homenaje que deberíamos hacer a nuestra antigua estirpe es cuidar, valorar y difundir todo lo que ellos nos han legado.

Y como si conocer Piruro fuera poco, aún faltaba la cereza de la torta: la laguna de Carpa. Una verdadera maravilla natural que debe y tiene que ser explotada como destino de un turismo de aventura único en su género.

Rodeada de altas montañas, ya casi al atardecer llegamos a la laguna, con su espectáculo de belleza y misterio inigualable. Carpa, según nos cuentan, es la segunda laguna más grande de Huánuco, después de Lauricocha. Y es cierto: con más de dos kilómetros de largo, sus aguas quietas y su cielo nublado dan un espectáculo mágico, hechizante, enigmático. Me dicen que siguiendo la quebrada por donde bajan las aguas de Carpa se llega a Monzón, la selva de Huamalíes. Eso es el Perú, eso es Huánuco, eso es Tantamayo…

Gracias a la profesora Elva Mallqui, nuestra Hada Madrina; gracias a los colegas Ever Peña y Víctor Raúl Mauricio, por su cariño y respeto, y gracias al alcalde,  Eliseo Amante, por su invalorable apoyo.

Seguro que volveremos. No nos podemos morir sin antes llegar a Japallán, a Celmín, a Susupillo…