Más sabe el diablo por viejo que por diablo

Los refranes condensan sabiduría popular basada en la experiencia; lo mismo ocurre con las frases célebres de ciudadanos paradigmáticos, cuya “verdad” puede ser cuestionable, pero sí posee una versión de la vida y las circunstancias. Los que presumen son los que menos hacen, tienen y saben. El maestro tiene poderosa influencia en niños, adolescentes y jóvenes. Muchos recordamos a nuestros maestros respetables no por las clases eruditas, divertidas y didácticas, sino por la actitud, el ejemplo viviente de coherencia, trabajo y responsabilidad con la educación de ciudadanos y vocación de servicio; los llevamos en la memoria por sus consejos, porque nos escuchó en el momento oportuno, cuando nadie estaba a nuestro lado, sus enseñanzas, su modo de actuar ante la vida y la historia. Una palabra del profesor puede alentar, paralizar, neutralizar, catapultar o sepultar. Una reflexión bien hecha puede corregir más que la amenaza, una extorsión emocional o un castigo físico.

Nada justifica el castigo ni la agresión verbal ni sicológica en la escuela. En la película El club del emperador (2002), que debe verla todo maestro que ejerce la docencia con el enfoque del aprendizaje significativo de David Paul Ausubel, el profesor William Hundert (Kevin Kline), que enseña historia antigua grecolatina, se enfrenta con autocontrol emocional y sabiduría a una insolencia en clases del estudiante Sedwidk Bell, hijo de un influyente senador de los Estados Unidos. Para neutralizar y dar una lección a la irreverencia cita al comediógrafo griego Aristófanes: “La juventud pasa, la inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez dura para siempre.» Hundert no ataca al estudiante, sino  la actitud reprochable de este.

El docente no puede caer en la provocación de un adolescente desafiante en proceso de conquistar su propia personalidad. El autocontrol es fundamental. ¿Qué posibilidades tenía Hundert ante la insolencia de Sedwidk? 1. Botarlo del aula autoritariamente y con violencia verbal. 2. Imponerle un castigo extorsionador o físico. 3. Llamar al director del colegio y decirle lo que estaba sucediendo en clases. 4. Amenazar con desaprobarlo por su indisciplina y citar a los padres para notificarle la clase de hijo que tiene. Cualquiera de las cuatro opciones hubiera reflejado ineptitud del docente para resolver un problema sicopedagógico durante las clases, donde los demás estudiantes están esperando con expectativa el desenlace. Hundert apela, inteligentemente, gracias a su conocimiento de la cultura grecolatina, al pensamiento de Aristófanes. No citó a Sócrates, Aristóteles, Marco Tulio Cicerón, Séneca, Virgilio o Julio César.  Se agarró de un comediógrafo clásico, poeta griego que convirtió el insulto cotidiano en crítica política y social. El borracho, el inmaduro y el ignorante, cualitativamente, tienen defectos menores que la estupidez. La borrachera pasa al día siguiente, la estupidez se incorpora a la personalidad y se pega como rémora. Hundert es un paradigma de cómo se resuelve la indisciplina con inteligencia y dominio de las emociones.

Aristófanes fue el más notable comediógrafo griego. Era un anárquico, un ciudadano que solo creía en lo que pensaba y hacía, vivió la crisis de la democracia atenienses, en plena guerra del Peloponeso, construcción del Partenón y el auge de los sofistas, falsos filósofos, que hoy son los demagogos. Utilizó la comedia (o sea la literatura) para combatir ideas, ridiculizar personajes y demostrar que no existe la verdad absoluta ni la perfección. Opositor de Sócrates y la mayéutica. Escribió Las nubes donde ponía en situación hilarante las enseñanzas de Sócrates, a quien acusaba de sofista, impostor, demagogo, incapaz de resolver problemas prácticos. Para Aristófanes, Sócrates vivía fuera y lejos de la realidad, por tanto, no merecía credibilidad ni confianza del pueblo.

El profesor sin paciencia, que no toma decisiones con prudencia y sabiduría, no ejerce el principio democrático de autoridad, no debe estar un segundo en un aula, donde los estudiantes se educan para la vida, estudian para el examen y aprende competencias útiles. No todos son iguales actitudinal ni académicamente. Aprenden con ritmos desiguales, proceden de realidades culturales y familiares distintas, tienen hábitos, costumbres, calidad de vida y alimentación diferentes. La actitud de Hundert es un referente para manejar una situación de conflicto y rebeldía: paciencia proverbial,  control emocional visible, discurso efectivo para neutralizar al irreverente, recuperación de tranquilidad y orden en el aula, continuidad de las clases. Lidiar con la indisciplina, el atrevimiento y el hostigamiento exige del docente una gestión inmediata para resolver conflictos. No se trata de defenestrar al estudiante, de ser tirano, sátrapa en un pequeño territorio, maltratador o seguir utilizando la “letra con sangre entra”, con el argumento que aún funciona para que los muchachos aprendan rápido y con responsabilidad.

El docente es la autoridad máxima en el aula. Actúa como facilitador de los aprendizajes. Es el estratega y líder pedagógico. Transmite cultura, actitudes, pasión por la lectura,  estudio, curiosidad e investigación. Es ejemplo de desempeño eficiente, responsabilidad social y vocación de servicio. El maestro es piedra angular de la sociedad y la historia.