Jorge Farid Gabino González
Para nadie era un secreto que las relaciones comerciales entre los Estados Unidos y China venían atravesando por su mayor crisis de todos los tiempos, y que lo hacían desde hace ya un buen número de meses (en julio se cumpliría un año desde el inicio de la crisis). Nada hacía presagiar, sin embargo, que esta alcanzaría la que es de lejos su cima más alta, su momento más álgido, como consecuencia precisamente de su afectación al ámbito de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación; área comercial que hasta el momento se había mantenido a buen recaudo, si cabe, de los mutuos ataques financieros suscitados entre los dos gigantes de la economía mundial.
Lo cierto es que quienquiera que haya sido el iluminado que en su momento afirmó que en un futuro no muy lejano las guerras ya no se pelearían necesariamente en los “tradicionales” campos de batalla, como había ocurrido desde siempre, sino en nuevos e inusitados escenarios, en inéditos e insólitos contextos, tenía total y absoluta razón. Y no, desde luego, porque lo asistiera el auxilio de algún providencial estado de clarividencia, ni mucho menos. Se trataba, simple y llanamente, de una cuestión de elemental y básico sentido común. Que el imperio de las nuevas tecnologías, que el predominio de la inteligencia artificial, acabarían por imponerse en el mundo entero más temprano que tarde, era una realidad contra la que ya nada ni nadie podría luchar.
Así las cosas, hoy China acusa a los Estados Unidos de haber desatado «la mayor guerra comercial de la Historia». Y la verdad es que no le falta razón. Pues, desde la noche del jueves, el gobierno de Donald Trump incrementó en más del doble los aranceles a los productos chinos, los mismos que llegaron a alcanzar la astronómica cifra de US$ 200 000 millones. Es importante no perder de vista que dicha medida se dio poco después de que desde Pekín se afirmara que asumirían las «contramedidas necesarias en caso de que Estados Unidos volviese a imponer nuevos aranceles sobre productos chinos». Con lo que el panorama que se ve venir para los próximos días no sería para nada halagüeño.
Por lo pronto, la primera batalla que al parecer habrían ganado ya los Estados Unidos al gigante asiático tiene que ver con la reciente inclusión de Huawei en la llamada “lista negra” de empresas cuestionadas por la administración Trump (en este caso, por supuestamente ayudar a Pekín en cuestiones de espionaje). Entre otras acciones, se sabe que Washington planteó que cualquier empresa estadounidense requerirá de una suerte de licencia especial para vender sus productos a Huawei, además de amenazar con suspender la provisión de suministros de software, necesarios para que la empresa china pudiera elaborar sus productos.
Si tenemos en cuenta que hoy por hoy es Huawei el mayor fabricante de equipos de redes del mundo y el segundo fabricante de teléfonos inteligentes más grande del mundo, no se necesita ser un experto para advertir el tamaño de la crisis que se avecina para el gigante asiático de las telecomunicaciones. Las primeras consecuencias, desde luego, ya se han hecho sentir, puesto que, desde lo anunciado por Trump, el pánico mundial ha sido de tales dimensiones, que miles de usuarios de móviles de la marca Huawei han comenzado a rematar sus equipos a través de Amazon y demás plataformas de venta similares, alertados de que de ahora en adelante ciertos servicios brindado en la actualidad por Google (Google Maps, Keep, Gmail) ya no serían compatibles con los dispositivos de la referida marca o, en el mejor de los casos, de seguir siéndolo, ya no podrían recibir las necesarias, las imprescindibles actualizaciones.
Y el Perú, por supuesto, no escapa a los efectos de esta nueva guerra comercial. Pues es nuestro país uno de los mayores consumidores en América Latina de la marca en cuestión; con lo que la incertidumbre pasa, fundamentalmente, por no saber si, como todo hace indicar, aquellos teléfonos con que cuentan hoy no pocos peruanos, muchos de los cuales habrían sido adquiridos a sumas verdaderamente altísimas, podrán seguir siendo de utilidad para sus usuarios o no. Ya que, como es bien sabido por estos lares, un teléfono sin los servicios de brinda Google es cualquier cosa, menos un teléfono inteligente. Esto es, no sirve para casi nada.
La cosa no es broma. Las guerras ahora serán (ahora son) decididamente de otra índole. La principal muestra nos la acaban de dar estos dos eternos rivales. Solo que ahora, los partidarios de uno y otro bando no solo serán quienes a dichos países pertenezcan, sino también, y fundamentalmente, todos aquellos que, sin formar parte de dichas naciones, hagan uso de los bienes y servicios que los aludidos provean. Son estos los nuevos escenarios bélicos, y hay que comenzar a acostumbrarnos a ellos.



