El gran reto de la prensa

Jorge Farid Gabino González

Casi resulta un lugar común el sostener que la prensa cumple un rol preponderante en la generación de corrientes de opinión entre los ciudadanos. Resulta tan importante, de hecho, el papel que juega el periodismo independiente en toda sociedad moderna respecto de lo antedicho, que no son pocas las veces en que es este quien llega a establecer, a prefigurar, los caminos, las más de las veces tortuosos, que terminan siguiendo los acontecimientos que atañen, que afectan, a toda una comunidad, a toda una ciudad, a todo un país.

Es de tal envergadura el poder que la prensa ostenta hoy en día, a decir verdad, que en realidades como la nuestra (proclive, como se sabe, a la sobrevaloración de naderías) no es raro constatar a cada instante la facilidad con que cierto sector de esta puede llegar a encumbrar o a desbarrancar, a convertir en héroe o en villano, a quienquiera que se lo proponga. Y, por qué no decirlo, a hacer también que situaciones a todas luces intrascendentes, por decir lo menos, para el común de las gentes, para los verdaderos intereses del país, lleguen a adquirir una importancia de la que sin lugar a dudas carecen.

De ahí que, aun cuando la obviedad de lo señalado hasta aquí debería eximirnos, por ello mismo, de detenernos en su consideración, no resulte del todo fuera de lugar el que reparemos en la importancia de que la prensa informe no solo con arreglo a la imparcialidad, a la veracidad, a la responsabilidad, sino también y sobre todo, con arreglo a la pertinencia, a la lamentablemente pocas veces tenida en cuenta relevancia de la información. Lo que, como quedó dicho, raras veces sucede.

Viene a cuento lo anterior en virtud de lo suscitado en los últimos días en cuanto a lo revelado en las declaraciones realizadas por el señor Jorge Barata, como parte del acuerdo de colaboración eficaz suscrito entre las autoridades peruanas y la constructora brasileña Odebrecht; las ya conocidas delaciones premiadas en las que terminaron involucrados (aún más, si cabe) en supuestos actos de corrupción personajes políticos de la talla de expresidentes, como Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski; además de la exalcaldesa de Lima, Susana Villarán, y de algunas otras figuras de nuestra política, que no por menos relevantes que los mencionados, carecen, desde luego, de la respectiva importancia para las investigaciones, como es el caso de Jorge del Castillo, Luis Alva Castro o Luis Nava.  

Pues bien, ya todos sabemos de la enorme trascendencia que poseen las delaciones del señor Barata para el oportuno y total desvelamiento de los actos de corrupción en que habrían incurrido los presidentes que estuvieron a cargo de la conducción de nuestro país durante por lo menos los últimos veinte años. Hecho que debería hacer, naturalmente, que dichas declaraciones no solo reciban todo el interés y la cobertura periodística que amerita el caso, por lo menos en lo que toca a la prensa especializada en la materia, sino también toda la atención por parte de la ciudadanía en su conjunto. Lo ocurrido a raíz de la anulación realizada por el Tribunal Constitucional de la condena en contra de la cantante folclórica Abencia Meza, ha demostrado, sin embargo, que en nuestro país las cosas están lejos de funcionar como sería normal que funcionaran.

Decimos esto último porque, como lo han podido constatar todos cuantos estuvieron siguiendo de cerca los últimos acontecimientos, la noticia de la posible liberación de la señora Abencia Meza ha ocupado un gran número de titulares de los más importantes medios de prensa escrita, radial y televisiva (y ni que se diga de la que se desarrolla a través de la Internet), haciendo que la población (propensa, como es sabido, a la peliculina) deje prácticamente de lado todo lo concerniente a los ya referidos casos de corrupción, que deberían ser, por supuesto, nuestra primera preocupación.

Que es la gente la que, a fin de cuentas, decide lo que quiere ver, lo que quiere leer, lo que quiere escuchar, lo que, en definitiva, quiere enterarse, es una verdad a prueba de toda refutación. No menos cierto es, sin embargo, la importante función que le toca a la prensa respecto del establecimiento de sus “prioridades” que en materia de contenidos se debería plantear. Porque no puede ser posible que mientras el país se encuentra atravesando por la que es sin lugar a dudas la peor crisis política de toda su Historia Republicana, existan medios que lejos de contribuir a que la población conozca más y mejor los detalles de lo que significó esta suerte de festín de millones en que hoy se ven involucrados quienes fueron, y son, algunas de nuestras más altas autoridades, se dediquen, más bien, a la difusión de cuestiones completamente prescindibles, sobre todo en la coyuntura que vivimos. Saber estar a la altura de las circunstancias es, queramos aceptarlo o no, el gran reto de la prensa.