Andrés Jara Maylle
Vaya suerte la de Huánuco. Parece que arrastramos alguna maldición antigua; alguna condena que aún no pagamos. De otro modo, no se puede entender tanta desgracia y vergüenza ajenas venidas de gentes que sin escrúpulos quieren aprovechar el “poder” que perentoriamente se les ha dado y convertir a las instituciones en su feudo o su chacra sin el menor desparpajo.
Ya no son suficientes las barrabasadas y los galimatías de la congresista Beteta; o el silencio ignaro y timorato de un tal Campos, dizque también congresista; o las posturas fosilizadas y supuestamente ideológicas de Rogelio Tucto, cuyo cargo le cayó del cielo. No: ni siquiera esos son suficientes.
Ahora tenía que aparecer un trío maravilloso. Un trío codicioso integrado por un “comprensivo” padre, por una hija “diligente” y por un director “pelele”. Los tres juntos, probablemente, no tienen la menor idea de la problemática de la agricultura en Huánuco; tal vez, nunca han cultivado una lechuga, menos aún un palto en el patio de su casa. Pero así son las cosas.
Huánuco (que no tiene las autoridades que se merece) eligió al padre como presidente y a nadie más: Ah, claro, también a un vicepresidente (un honorable profesional que no sabemos realmente cómo llegó allí teniendo mejores credenciales) y a unos consejeros menesterosos de ideas y sobre todo carentes de agallas para tomar al toro por las astas.
Decía, entonces, que fue el padre quien pidió los votos, quien pidió el mandato para tan alta investidura regional. Y el pueblo (que no es la voz de Dios y que casi siempre se equivoca) le dio la confianza a él, obviamente. Pero resulta que en vez de armar un equipo técnico y profesional competente; en vez de rodearse de expertos en cada materia, él ha preferido que sea la hija (y algunos más en las sombras) los que sean los titiriteros en esa subasta, en ese remate de puestos públicos en que se ha convertido la burocracia estatal que nos cuesta a todos nosotros.
El presidente, en su confusión, ha salido a dar unas declaraciones y unas explicaciones destempladas que mejor hubiera sido que se quedara callado. Pobre Huánuco.
La hija, después de haberse difundido esos audios vergonzosos en la que está involucrada, ha desaparecido, está en cura de silencio. No ha sido capaz de asumir con la valentía que esperamos de tantas mujeres las consecuencias de sus despropósitos.
Ella debe saber que nosotros no somos niños de pecho para tragarnos el cuento de que solo le lleva el desayuno a su padre, o que está allí porque desinteresadamente quiere ayudarle en la ardua tarea de sacar adelante a esta pobre y desafortunada región. No creo que la hija esté allí sensibilizada por la desventura y la desdicha en que se halla este pueblo. Todo parece indicar que ella está allí para redondear la faena electoral, colocando a sus incondicionales y a sus secuaces en puestos grandes y pequeños, claves o intrascendentes, pero puestos públicos, al fin y al cabo.
¿Y quiénes son los beneficiados y qué méritos tienen? No hay que practicar algún arte adivinatorio para dar en el clavo. Eso: los beneficiados, obviamente, son los que “colaboraron” en la campaña, los que pintaron paredes, los que marcharon por las calles, los que arengaron en los mítines. Eso son los mejores méritos que tienen. La misma hija lo insinúa por teléfono al director pelele.
Y hablando del director, cualquiera con un poquito de dignidad en la frente, ante una situación similar ya hubiese renunciado irrevocablemente. Qué humillante debió haber sido el momento en que contestaba por teléfono las imposiciones de la hija; el tono imperativo en que le ordenaba declarar desierta tal o cual plaza. El director contestaba básicamente con monosílabos, obedeciendo sumisamente los mandatos, sometido y subyugado a los pedidos de la hija a quien nadie había elegido nunca.
Me imagino la cara triste cuando contestaba el teléfono. Debió haberse sentido un director fantoche, un monigote que está allí solo para acatar las órdenes; en suma, debió, supongo, haberse sentido herido en su orgullo propio, sabiendo que en Agricultura él no manda. Es otra quien ordena, quien hace y deshace. Suficiente para renunciar si se tiene un poco de valentía.
Qué lástima que estas cosas sigan ocurriendo a vista y paciencia de la gente que prefiere el silencio. No habíamos perdido las esperanzas de que a Huánuco le vaya mejor, pero con las cosas así, seguro que no iremos a ningún lado. Seguiremos estancados en la mediocridad, en la vulgar componenda, pues ya sabemos que quienes están en cargos públicos, están nada más que para obedecer. Doble tristeza.



