EDITORIAL. El precio de la responsabilidad

La muerte del director de la I. E. de Patay Rondos nos trae a una profunda reflexión, de cómo los maestros arriesgan sus vidas todos los días al desplazarse desde sus casas hacia sus centros de trabajo, para cumplir con su misión de educar, de formar nuevas personalidades que mañana se convertirán de autoridades y puedan trabajar por el desarrollo de sus pueblos.

La muerte del profesor Luciano Carrillo Manuel se suma a la de cientos de héroes anónimos que por educar dieron la vida, dejando en la orfandad a sus hijos y esposa, y un gran vacio en familiares y amigos. Esas muertes no solo ocurrieron recientemente en accidentes sino en diversos hechos como en la época del terrorismo en la que miles ofrendaron sus vidas en aras de la educación, bajo acusaciones inventadas, por venganza y por otros motivos.

Desde que un docente asume sus funciones, se compromete a trabajar por sus estudiantes, escuela y la comunidad. Realmente no importa dónde es, ni la distancia ni las dificultades, más aún en esta época de intensas lluvias que deterioran las carreteras, tienen que viajar bajo la lluvia, con sol o con frío para cumplir con su apostolado.

Miles de maestros se desplazan hacia sus escuelas, muchas de las cuales no tienen carreteras y tienen que llegar a pie, a lugares donde todavía no hay energía eléctrica, sin agua potable, y lo que es más, con una mala alimentación y ellos mismos se cocinan, y hay todavía lugares donde ni siquiera tienen una vivienda digna.

Esa es la labor del maestro, que entrega su vida para enseñar, que viaja horas para llevar instrucción a lejanos pueblos, y siguen mal pagados, casi ignorados. Bueno, así trabaja el verdadero maestro, el que por vocación escogió esta carrera para servir a sus semejantes; es un verdadero apostolado en el que no importa arriesgar la vida para enseñar.