Jorge Farid Gabino González
Son los tiempos que vivimos, a no dudarlo, y aunque parezca mentira, tiempos de reivindicación social para la mujer. Sí, y por más que pueda resultar irónico, y de hecho lo resulta, es nuestro tiempo, sin lugar a dudas, aquel en el que la mujer ha logrado alcanzar muchísimas más cosas que a lo largo de toda la historia de la humanidad. Con todo y eso, por supuesto que no es suficiente. Y no lo es porque, aun cuando son varios los ámbitos en los que la figura femenina ha logrado alcanzar un sitial que antaño ni siquiera podría haber imaginado, todavía sigue siendo preocupante que haya personas, aparentemente pensantes, que se opongan, haciendo gala de una ignorancia de dimensiones tercermundistas, a que la mujer pueda desarrollarse en igualdad de condiciones que el varón, en aspectos tan elementales como, por ejemplo, el acceso a la educación.
Pues sí, es cierto; por más que sea, lo aceptamos, para no creer. En nuestro país existen personas a las que parece no importarles en lo más mínimo que tanto hombres como mujeres puedan desarrollarse en igual de condiciones. Y hablamos, no ya solo del ámbito educativo, que, dicho sea de paso, poca cosa no es. Nos referimos, también, a cuestiones igual de elementales como lo son el que la mujer pueda, por ejemplo, acceder a determinados puestos de trabajo, sin que ello implique que tengan que ganar menos por el hecho de ser mujeres. Que es lo que pasa en no pocos lugares de nuestro país, sin que nuestras autoridades, supuestamente llamadas a velar por que ello no ocurra, tomen una sola medida al respecto. Realidad nefasta que, además de avergonzarnos como sociedad, debería, cuando menos, llevarnos a considerar hasta qué punto dicha situación puede contribuir a que los hombres, los varones, los machos, se sientan, y con razón, a causa de la referida evidencia, muy por encima de las mujeres, con las consecuencias nefastas que ello implica, claro está.
Dichos individuos, dedicados las más de las veces a hablar de la igual del prójimo, son, en realidad, quienes con mayor ahínco parecen oponerse a que el mencionado estado de cosas pueda cambiar algún día en nuestro país. Pues no es, desde luego, que no exista voluntad desde el Gobierno para que dicha situación se revierta. Claro que la existe. Solo que, como suele ocurrir en este tipo de casos, no basta con que existan iniciativas destinadas a reivindicar los derechos de las mujeres. Hace falta, también, que tales iniciativas sean respaldadas por la sociedad en su conjunto, como sucede en países medianamente “normales”. Lo que aquí, claro, está lejos de suceder.
¿Cómo explicar, si no, que colectivos como el denominado “Con mis hijos no te metas” continúen oponiéndose a la implementación de la denominada “Igualdad de género” en las escuelas, a pesar de saber, como se sabe, que el principal objetivo de dicha implementación será el de buscar que tanto varones como mujeres tengan las mismas oportunidades en materia educativa? Así de mal andamos los peruanos.
Situación que por lo demás tampoco es que nos sorprenda tanto. De hecho, lo raro sería, más bien, que estuvieran a favor. Ello porque, bien vistas las cosas, es a este tipo de gente a la que parece gustarle (o deberíamos decir, más bien, convenirle) que las mujeres sigan dependiendo en absolutamente todo de los hombres. Pues, de lo contrario, correrían el “riesgo” de que se les insubordinaran, y de que, incluso, llegaran a negarse, por decir algo, a salir a vender tamales los domingos para recaudar más dinero para sus bolsillos; los de ellos, se entiende.
Ojalá que, triquiñuelas legales al margen, la implementación de la igualdad de género en las escuelas no se vea truncada por culpa de individuos que si algo han demostrado a lo largo del tiempo, es que les importa lo más mínimo que la mujer pueda estar, en todo el sentido de la palabra, a la misma altura que el varón, con las disculpas del caso por la comparación. No se puede esperar menos.



