DÍAS DE LLUVIA

Andrés Jara Maylle

Desde que era niño, no sabría explicar por qué, a mí me encantan las lluvias. Y por eso, como cada año, mirando el alto horizonte de este mismo cielo que me cobija día a día, la espero con impaciencia.

Y hasta ahora, aunque con algunas demoras incomprensibles, la lluvia no me ha fallado.

Recuerdo, aún bastante joven, cuando leí por primera vez, Los perros hambrientos, esa novela de corte indigenista del extinto Ciro Alegría, en donde un pueblo entero, con hombres, animales y plantas esperaban descorazonados y abatidos a la lluvia bendita que no llegaba. Quedé conmovido por esas escenas de sequías que parecían eternas, esos campos por donde deambulaba la gente sedienta y hambrienta, implorando a la lluvia, implorando un poco de vida. Hasta que al final, un día de octubre, el cielo de aquel pueblo se encapotó de gris profundo y empezó a caer enormes goterones, anunciando que la lluvia, por fin, había vuelto de nuevo a enseñorearse de sus dominios.

La lluvia, por eso, para mí, siempre significará vida, resurrección, nacimiento,  brote, inicio; renovación total.

No hay olor incomparable como aquel que emana de la tierra humedecida por la lluvia. Era un verdadero encanto, por ejemplo, tomar trozos de tierra arada y olerla con fruición apenas la lluvia la humectaba. Era como si el suelo reseco de pronto cobrara vida y un movimiento invisible modificaba todos sus átomos, otorgándole un poder oculto que nunca comprenderíamos. Será por eso, que siempre cuando llueve pienso en Rebeca, esa niña de Cien años de soledad, que come ansiosamente la tierra, a escondidas de Úrsula, su madre adoptiva.

Por eso, yo siempre espero a la lluvia, y cada vez que viene me mojo adrede para sentir su honda presencia. Lo siento como si fuera un viejo amor (no al revés), que de pronto, ha llegado sin avisarme, sorprendiéndome gratamente. Entonces me empapo con sus aguas, la acaricio, la miro como quien descubre el mundo nuevamente. Levanto la cabeza y me quedo observándola cómo cae; cómo pertinaz y porfiadamente va cayendo parejo por todos lados, mojando cada rincón de este valle estrecho. Y cómo, sobre todo, va humedeciendo la tierra, haciéndola cambiar de olor, modificando su color y, de paso, dándonos un nuevo espectáculo vivificante.

Mi amigo Lucho, dice que tengo alma de campesino y por eso es que siempre intento relacionar cualquier cosa con la lluvia o con la tierra. Tal vez no le falte razón. Tal vez sea cierto. Tal vez, ello habrá nacido en mí cuando yo apenas era un niño que caminaba por los bordes de los campos de cultivo, de la mano con mi padre. Tal vez lo tomé de él, que era un labriego porfiado y amaba a la lluvia, y que hasta los últimos días de su vida los vivió en el campo, con su yugo, su arado, sus lampos y, por supuesto, también esperando a la lluvia para empezar sus faenas.

Quizás algunos odien a la lluvia, detesten a sus aguas que generan huaicos, inundaciones, crecientes, etc. Están en todo su derecho.

Pero yo soy testarudo y claro, también prevenido. Sé de su fuerza, sé del poder sin límites de sus aguas que al mismo tiempo nos pueden dar vida y nos pueden dar muerte. Así lo leí en la Biblia, en Los perros hambrientos, en Cien años de soledad, y en tantos otros libros más.

Pero aún así siempre declararé a los cuatro vientos mi amor irrevocable por la lluvia. Una lluvia que como estos días cae pertinazmente en nuestra ciudad, alegrando mi corazón, aliviándome de mis muchas tristezas, agobiando mis fatigas infinitas.

Solo tengo un deseo: ojalá algún día, o una tarde cualquiera, nuestro cielo huanuqueño se cubra de nubes, y comience por fin una lluvia si no interminable, por lo menos que dure cuarenta días y cuarenta noches, como en los tiempos del viejo Noé.

   Solo eso espero. Y ese día seré inmensamente feliz como nunca, lluvia amada.