REGALOS DE NAVIDAD

Orlando Córdova Gómez

Qué equivocados que estamos si esperamos del hombre alguna muestra afectiva sin que en ella medien los regalos, el presente, algún obsequio que resuma, en cajas, moños y tarjetas dedicatorias, el “te quiero mucho y esta es la demostración”. Las palabras de felicitación, el espaldarazo o el abrazo fortísimo nos resultan pesados y monótonos. Carecemos de la sensibilidad por las frases románticas, hechas y rehechas para hacernos llorar y creer que el amor aún existe.

Contra esta “decadencia espiritual” se han levantado, y seguirán levantándose, voces de protesta, puesto que no podemos concebir que un animal razonable como el hombre se postre ante lo material y efímero, y menosprecie lo más valioso e imperecedero como es el cariño de sus seres queridos; más aún, si esto acontece en patéticas fechas como la Navidad. Ya conocerán las perogrulladas emotivas sobre esta celebración: “La navidad es compartir”, “La Navidad es un tiempo de reflexión”, “En Navidad se olvidan los problemas”, etc., y se habrán percatado de lo poco que esto le importa a la gente, pues mientras lo repite de memoria compra ropa nueva, juguetes, electrodomésticos, o se crea una nueva deuda que tendrá que pagar con el sudor de su frente después de la resaca de Noche Buena.

Preguntémonos, sin embargo, si amar lo material (dar y esperar recibir algo material) es en verdad una cuestión de carácter moral o tan solo la manifestación de nuestra naturaleza y cultura. ¿Estaremos cometiendo alguna falta si enfocamos nuestros esfuerzos en materializar –habrá quien diga, banalizar–el amor? ¿No será, más bien, que guiados por esa naturaleza competitiva y jerárquica busquemos expresar superioridad; y lo que muchos juzgan vitando sea, por el contrario, el mejor proceder?

Acaso en esta época tan llena de máquinas, nuestro afecto no haya menguado, sino tomado otro cariz, otra expresión; quizá, para el disgusto de muchos, nuestra nueva forma de amar –que no se puede catalogar de nueva para nada– no sea tan mala después de todo; quizá hasta sea la mejor. Un amor a base de pruebas, tan bueno y tan malo como lo podría ser un abrazo o una velada familiar. De aquí que debiéramos preguntarnos, ¿bajo qué estándares medimos la bondad o maldad de un afectuoso regalo o la desinteresada compañía de un amigo? No hay forma de saberlo; al menos no, en ese preciso momento.

Cuando acudimos al supermercado y competimos con otros Homo sapiens por el mejor regalo de Navidad, no nos mueve únicamente un afán egoísta: intentamos expresar cariño, preocupación; queremos decirle a nuestro prójimo lo que sentimos por él. Por eso dilatamos el tiempo de la compra. Sentimos que nada colma nuestras expectativas, que aquello no contiene, no cubre, tamaño amor. Y al final, cuando creemos haber encontrado algo, o nos resignamos con lo que hay en la tienda, lucimos el imperioso deleite de obtenerlo: comprar para el otro nos da dicha, le da sentido a la Navidad.

No es que nos venza el impulso por comprar, sino la satisfacción de poder hacerlo. El pobre también puede comprar, pero no lo que quiere ni lo que quieren los suyos; por eso lamentamos su condición, porque la capacidad de cubrir las carencias de la prole es una de las reglas fundamentales de la tribu humana. Nadie cree que una mesa vacía, niños tristes y adultos desesperanzados sean el ícono de la Navidad o cualquier otra festividad. Nadie lo cree y está bien. El respeto por la carencia, el hambre y la indigencia debería ser abolido, así como cualquier canonización de calamidades, si bien esto no significa que las soslayemos.

Nuestra naturaleza competitiva y recolectora, junto con la cultura de consumo que hoy regenta, permiten que nos sintamos conformes, saciados y optimistas. Entre otras cosas, porque al desempeñar libremente lo que nos es connatural vemos la vida con mejor perspectiva,  lo mismo que si estuviésemos en la sabana africana y compitiésemos por el fruto de los árboles. Aunque –reconozcámoslo–, en el paleolítico, a costa de los demás. En nuestros tiempos ya no podemos argumentar lo mismo, pues si hemos de creerle a Yuval Noah Harari, en la actualidad el humán goza de una vasta productividad de alimento, vestido y útiles para el hogar, en contraste con la precaria vida de nuestros antepasados. Hoy la vida es más acogedora y está al alcance de todos los bolsillos.

En nuestra modernidad, según el autor de Homo deus, no podemos juzgar al rico como sí se lo juzgaba otrora, porque la oportunidad de crecer económicamente es, o puede ser, la misma para el microempresario como para el macroempresario. Todo dependerá de la estrategia de ventas o de la suerte.

Es cierto, como señalaba Denegri, que una sociedad de consumo puede llegar a ser también una sociedad excrementicia, pues todo lo que se consume se excreta. No obstante, apelando a la intención del consumo, podría asegurar que toda adquisición con fines filiales y fraternos escapan a esta clasificación. Por lo tanto, no creo que ni Denegri ni el Niño Dios –a quien supuestamente rendimos homenaje esa noche– estén enojados si planeamos ir al mercado y gastamos nuestro dinero como bien nos parezca.