Problema de faldas

Orlando Córdova Gómez

Cuando ingresé a cuarto de secundaria noté la tragedia que vivían a diario mis compañeras: desde el maldito lunes hasta el esperado viernes tenían que soportar la falda académica. A excepción de los días de Educación Física cuando se ponían buzos, no tenían, sino en las medias largas y molestas, protección alguna contra los irritantes mosquitos y los mañosos colegas que esperaban a que ellas subieran por las escaleras para verles la ropa interior.

Cada vez que intentábamos jugar vóley o  hacer cualquier otra cosa al aire libre, no faltaba una compañera que sujetara su falda para evitar que el viento se lo levantara. Cansadas, algunas se rebelaban y asistían a la institución con ropa deportiva, pero el auxiliar y los docentes gruñones, tan apegados a las normas internas –es decir, al anacronismo –, elevaban el grito al cielo y las recriminaban por su falta de “identidad”. En comparación, los varones la pasábamos lindo. Es más, podría asegurar que nosotros fuimos más felices en el colegio. No nos hacían falta las medias largas ni las escaramuzas contra el viento, y no había que hacer mucho esfuerzo para identificarnos con nuestra indumentaria, pues era cómoda y soportable. Seamos sinceros: la normativa interna de muchísimos planteles educativos nos es conveniente.

Las señoritas, por el contrario, tuvieron que finalizar el quinto de secundaria para por fin decidir con qué tipo de ropa ir a estudiar. Pero esta nueva etapa, la de la educación superior, no las exime de los estragos por haberlas privado de su libertad casi 15 años. Y de aquí tenemos que dentro de una década, o menos, esta generación femenina mal educada, educará mal a la siguiente, enseñándole a respetar reglas absurdas y descontextualizadas, y a identificarse con el estereotipo y el paradigma servilista-sexista que tanto daño les ha causado.

Si existiera una verdadera preocupación por nuestras estudiantes hace tiempo que hubiéramos descartado este reglamento absurdo y habríamos postulado a otro mejor. No sé si al extremo de aceptar lo que Russell, que según la leyenda dejaba que los alumnos de Beacon Hill estuvieran desnudos si es que así lo decidían[1], pero evidentemente pensaríamos en una reevaluación de nuestro tradicionalismo. Empero, la realidad nos demuestra que no percibimos esta necesidad y la indiferencia de la que somos partícipes es alarmante. Según Rohner, una de las formas de discriminación tomada menos en cuenta es la discriminación por omisión, la que incita a la gente a “olvidarse” del verdadero problema y a concentrarse en bagatelas. Aquella que no quiere ver lo evidente y se subleva contra lo superficial. ¿Padecemos de esta enfermedad? Por supuesto.

Conversando sobre este tema con alumnas de diversas instituciones he llegado a identificar dos actitudes: la primera de inconformidad, la menos adoptada, pero la más decidida a fomentar el cambio; la segunda de acatamiento, la más popular y la más dañina; esa actitud que las lleva a decir “son las reglas” o “las reglas están hechas para cumplirlas”, sin ser conscientes de lo que apañan. Sin embargo, tengo la impresión (ojalá el tiempo me contradiga) de que la enfermedad se contagiará de a poco, y las féminas del primer grupo pasarán al segundo. Es lo único que podrán hacer, formar parte del montón.

Óscar Wilde criticaba severamente la corbata masculina y el corsé femenino, pues desde su humilde punto de vista el esteticismo de la prenda no dependía tanto de los artificios que se le agregaran, sino de la comodidad que era capaz de brindar. De sobra está recordar que los directivos de las instituciones educativas en el Perú apenas conocen a Wilde, por lo tanto no debemos de esperar que con fineza artística y literaria juzguen qué es adecuado y qué no para sus educandos. En vista de esto, lo que podemos exigir es que acepten nuestras sugerencias, al menos las sugerencias de los que sí hemos leído a Wilde y a otros pensadores de la estética. Y estoy seguro que ninguno de los nuestros defenderá dicha demanda contra las mujeres.

Si comenzáramos por abandonar las faldas, tal vez lleguemos al día en que nuestros pequeños y pequeñas vayan a la escuela con la ropa que mejor les guste y así puedan concentrarse de veraz en el estudio y la recreación. Si comenzáramos por abandonar las faldas, tal vez algún día, el mejor de todos, consigamos que la violencia y la discriminación hacia la mujer se erradiquen.