EL AYAYERO

Por: Andrés Jara Maylle

“Es un pobre ayayero, adulete y cachigasto”. Así hubiera dicho mi padre si hubiera conocido a ese innombrable vecino que tengo y que ahora ha convertido su casa en centro de reuniones para los “militantes” de Acción Popular. Flaco favor que le hace.

El ayayero es el adulador, el servil, el oficioso, casi casi el alcahuete. Y en estos tiempos electoreros hay ayayeros a montones.

Ellos mismos se presentan con frases relamidas “Cómo está usted, doctor. Lo felicito por su triunfo cantadito. Yo soy dirigente de este pueblo joven y todos me hacen caso: cuente conmigo doctorcito”. Y van también al otro bando, seguido de sus acompañantes, que siempre son los mismos. “Qué tal profesor, usted será nuestro próximo presidente regional. Yo personalmente se lo aseguro y haré, profesor, todo lo que pueda para su triunfo cantadito. Cuente conmigo y con todo este pueblo joven en donde soy su principal dirigente”.

“Por gente este, Huánuco está jodido, carajo” hubiese dicho mi padre viéndole al ayayero cargar banderitas por las calles de esta ciudad en escombros.

Como este vecino adulón hay muchos y andan por allí buscando algún espacio para medrar de las arcas del estado.

El ayayero tiene récords imbatibles. En su momento fue un furibundo kokogilista y en la fachada de su casa había dibujado un enorme corazón, símbolo del partido del exalcalde en aquella época. De la noche a la mañana su amorío partidario cambió de lado a lado. Un día se le vio borrando el enorme corazón, para inmediatamente, volver a dibujar la pelota, ese símbolo del partido que dirige un cuestionadísimo Picón.

Eso no es nada. Meses después se peleó por alguna razón con los peloteros, entonces volvió a repintar su fachada y dibujó esta vez el tractorcito amarillo, en su momento, símbolo de lo que fue el Mide.

Ahora, ha pintado una enorme pala de Acción Popular, y anda todo orondo con sus otros ayayeritos por arriba y por abajo. A veces se le ve cargando banderas acciopopulistas, repartiendo afiches con sus correligionarios; otras veces está dirigiendo reuniones en su casa, con un polo rojiblanco. Hace días, por ejemplo, se le veía insultador y gritón en las afueras de la Cámara de Comercio, en donde su patrón de turno debatía con su eventual contrincante.

¿Y por qué hace todo eso el ayayero?

Obviamente, no lo hace de puro patriota que dice ser. No lo hace por amor a la camiseta (esta vez, como queda dicho, la de Acción Popular). No lo hace porque tiene una formación política cuajada. Ni tampoco porque quiere el progreso de esta patria chica que por desgracia lo vio nacer. Nada de eso.

Simplemente se ha dado cuenta de que es un verdadero incompetente y la única forma de sobrevivir es adulando al gobernante de turno para que este le bote unas migajas, a través de un puestito público, o un contratito como proveedor de chucherías. No sabe ganarse la vida de otra forma y entonces siempre, en cada campaña electoral, él está siempre al acecho, a la caza de candidatos con posibilidades de triunfo. Porque el ayayero, es también sabidazo: no apoya a cualquier candidato, él solo se arrima a los punteros, a los que pasan a la segunda vuelta; él apunta a ganador. Cojudo tampoco es.

Cada vez que lo veo, me pregunto a quién apoyará mañana. Qué tal si yo, como me lo piden algunos amigos (o tal vez enemigos), me proclamo candidato en las próximas elecciones. Seguro que el ayayaero, vendría sin vergüenza alguna a ofrecerme su “desinteresado” apoyo. Ojalá nunca suceda, porque apenas verlo lo sacaría de mi casa de una patada certera en sus cuatro letras.

En todo caso mi padre tenía mucha razón. “Por gentes como este, estamos jodidos, carajo”.